Cuando el Abajismo Resulta ser una Falta de Respeto

El fenómeno abajista en Chile tuvo su gran apogeo de fines de la década pasada. La PSU como instrumento de selección (de segregación, las estadísticas lo confirman) dejó a las universidades del CRUCH con una masa más alta (demográficamente hablando) de estudiantes provenientes de estratos sociales más altos, o bien, culturalmente y económicamente aspiracionales. Sin embargo, la enorme tradición política de izquierda que ha (sobre)vivido en las universidades estatales y otras privadas, donde se pudo replicar con relativa facilidad, ha configurado contextos donde se puede conocer y comprender aspectos de la consciencia social que pueden ser trabajados con otros compañeros que, por lo general, son de estratos sociales más bajos.

A raíz del aumento más notorio de estudiantes económicamente más aventajados, muchas de esas personas provenientes de la clase media-alta/alta que llegaron a estudiar a estas universidades por su prestigio o tradición tuvieron que también adaptarse al contexto o bien lograron despertar una suficiente consciencia social que servía sobre todo para salir del paso en conversaciones y carretes. Luego se configuró en algo que rodeaba la vida en común de estas personas y mutó simbólicamente en aspectos como la ropa, la música, las preferencias a la hora de ver televisión (decir “no veo tele” es el colmo de lo pedante), el lugar donde uno aloja, etc. Es así que, esta persona que vivía en el barrio alto de sus ciudades (Santiago, ahí se configuró todo) comienza a sentir culpa del estilo de vida que se estaba configurando anteriormente y su culpogenia lo insta a tener que abrazar todo lo que rodea al pobre y a su cultura, además de todos los aspectos donde este se moviliza y realiza su vida (el “Habitus” de Pierre Bourdieu) para copiarlas y hacerlas suyas también (como una redención, como una defensa incluso a la segregación) pero irónicamente de manera superficial, o por lo menos a un nivel suficiente para pasar piola en la universidad. A estas personas son a las que peroyativamente llamamos (yo también, me cargan) abajistas.

De pronto, cambiamos la Corona por la Baltiloca, a Dj Tiesto por la Bachata y el Reggeatón Old School (y no puede ser el actual, no puede ser Ñengo Flow), a Skins (pa los más viejos) o a GoT por las teleseries de TVN de los 90-principios del 2000 de Vicente Sabatini (década a la que también vanaglorian por haber sido la última en tener la autenticidad de pueblo que tanto vanaglorian también) como Sucupira o El Circo de las Montini, al carrete en Algarrobo por el carrete en Valpo (el cual hay que alumbrar por sobre todas las cosas) y así se va configurando un cambio de habitus, el cual uno no pensaría que fuera nocivo.
Es más, cuando uno se refiere a un abajista, lo primero que salta a la luz luego de tal acción es un intento moral por defender el derecho de cada uno de ser como es y tolerarse unos con otros y no amargarse por ello. Lo cual no es malo, de hecho, no nos debería importar si su pará es superficial o no…

Pero cuando esto se configura como una hegemonía, cuando esto comienza a desplazar a las personas que viven en los barrios periféricos que esperan ansioso al abajista (hablamos desde el egocentrismo) para darle el título de “tení calle”, cuando se hace del pobre un ideal de “noble salvaje” y se comienza a farandulizar cualquier demanda social, como si tuvieran que estar condenados a ver de por vida teleseries y chismes que dejaron de ser algo malo y, por tanto, deben dicotómicamente ser considerados como necesarios por aquellos con mayor acceso a la educación o al poder que ellos sin ningún sentido crítico (lo cual es paternalista), cuando se hace de la vida del pobre una industria cultural que la cosifica y la vuelve un cuadro en la pared (no es irónico que toda esta búsqueda de aspectos culturales se realice profundizando en la televisión, en lo que los grupos más aventajados fenomenológicamente construyen sobre los pobres y no los pobres mismos), ahí, ahí sí que se convierte en un problema.

Es ahí cuando el abajismo resulta ser una falta de respeto.

Y no lo digo defendiendo al otro sector que se jura más auténtico con sus frases diarias de Julio Cortazar en Facebook o sus poleritas del Che Guevara y sus cánticos revolucionarios que no salen aun de las cuatro paredes de sus universidades, hablo desde el corazón de alguien que vivió y convivió en un barrio que sin embargo tiene que mamarse toda la gentrificación porque de a poco llegan estas personas a vivir con sus ideales santos a purificarse de la cuiqueria anterior de sus vidas, subiendo el valor de las casas, atrayendo a otros como ellos y destruyendo la anterior configuración cultural que se resistió a los nocivos cambios del presente que la erigieron como “vida de barrio” por la que ellos traen de vuelta de las aulas, sin conocer un carajo de la realidad pero ansiosos por descubrirla para ostentarla después piolamente.

Pero eso es solo una arista

El abajismo es una falta de respeto porque es como un despotismo ilustrado, un “con el pueblo pero sin el pueblo”. Su carácter, como dije antes, es superficial, toma del habitus de los sectores sociales bajos que ellos seleccionan (como el sector norte o San Bernardo) lo que ellos consumen y lo consumen ellos también perdiendo de vista cómo esto se desarrolló como una búsqueda cognitiva de ellos mismos para construir sus costumbres de manera que fuera significativo en sus vidas (y que el arribismo, la contraparte, siempre quiere negar y desaparecer). Algunos, sin embargo, sí logran comprenderlo pero no deconstruyen, hacen de su propiedad la contienda en el sentido de tener y no de ser.

Por eso, cuando algún abajista diga con orgullo que “es periférico”, desconfía y di en tu cabeza que en realidad “tiene periferia” como quién tiene un celular o una camiseta. Es mejor ínstalo a que con humildad reconozca que puede hacer apreciaciones beneficiosas para su comunidad, de maneras mucho más trascendentes que acongojándose de cada uno de ellos por tener un cuadro de Felipe Camiroaga en la pared del living de sus casas.

 

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Los pobres suburbanos existen, probablemente vivan al lado tuyo.

La gran mayoría de los habitantes de este país tiene un mapa mental bien optimista cuando se les menciona a esos preciosos y brillantes parques residenciales, lejos de las desgracias urbanas, lejos del crimen y supuestamente lejos de las características que vuelven “indeseable” a las personas, como el hacinamiento, la pobreza y la brecha cultural.

Generalmente la idea de todo joven profesional aspiracionista es llegar a una casa pareada de 1000 uf o más, de 3 pisos con tejas de asfalto, tratando de comenzar una vida que le podrá en 10 años duplicar el tamaño de esa casa, o derechamente tener esas preciadas vans donde viajarán sus hijos al colegio con nombre anglosajon. Pero lejos de entrar en detalles sobre los nuevos y supuestos ricos, quiero detenerme en la clase de pobre que vive prácticamente en las mismas casas que ellos pero sin atreverse a salir a conversarles, hablo de los pobres suburbanos, tipos que fueron quedando atrás del porvenir social que se vivió a comienzos de los 90 y 2000.
Son personas que, en su momento, gozaron de trabajos que les daban la posibilidad de abstraerse de la vida urbana -al menos de una parte de ella- al decidir vivir en los condominios y parques residenciales que estaban a las afueras de las grandes ciudades, relativamente cercanas a ellas a través de las autopistas o caminos exclusivamente construidos para ellos. Toda esa facilidad atrajo un boom de compradores quienes deseaban en poco tiempo poder establecer una familia con 2 hijos, un auto del año y un perro que les recordara lo buena ondas que llegaron a ser los primeros años, antes de las crisis económicas y la flexibilidad laboral que terminaron por dejar a muchos profesionales al margen del progreso que vendían los políticos de aquel entonces, comenzando el fenómeno de los “cesantes ilustrados”.
Cesantes como esos abundan, en especial en lugares donde el foco económico está deprimido y solo se requieren trabajadores técnicos a los cuales igual se les pagará poco, pero que gozarán de las mismas regalías que esos trabajadores tuvieron, en mayor o menor medida, y que les permitieron despreocuparse un poco de cosas como la previsión de salud, las isapres, las afp y diversas asuntos que tienen que ver con que otro weon por otro lado les termine administrando cosas a su pinta y sin poder exigir más de lo que la letra chica soporta, claro atentado contra la libertad que sin embargo, gracias a la ignorancia de la gente, no se manifestaba hasta que las necesidades económicas obligaban a estrujar más y más estos beneficios, con tal de aminorar los gastos que pudieran definitivamente sacarlos de las lindas villas donde viven o vivían.
Paulatinamente la movilidad social descendente se encargó de dejar a sus hijos fuera de los colegios particulares para ir dejándolos matriculados desde los subvencionados hasta los colegios municipalizados que tuvieran alguna política de educación decente, los que valga decir, estan muy lejos de sus hogares suburbanos, teniendo que gastar mucho en transporte, cosa que por ejemplo en otros países se trata de aminorar compartiendo los autos. Antes tampoco se tenían muchas necesidades de conseguir becas para su educación superior, lo cual fue continuamente reestructurándose hasta ser considerados por las fichas de los trabajadores sociales como “económicamente pobres” tratando de acceder a buena parte del financiamiento estatal sin poder encontrar muchas soluciones debido a las trabas que significa vivir en un suburbio, quedando descartados de beneficio alguno.
Generalmente estos sectores no se caracterizan por tener servicios sociales que ofrezcan apoyo y algo de solvencia económica para los pobres… como haberlo si técnicamente son lugares donde NO DEBERÍA haber ningún pobre, lamentablemente el pobre suburbano tiene que soportar vivir sin estos servicios que pudieran darle algo de aliento a sus vidas. El otro detalle característico es que gracias a esta carencia de servicios dentro de todo ese bloque de cuadras con casas repetidas, hace inevitable el uso del automóvil, y a estas alturas un pobre suburbano ya habrá vendido su van o su 4×4 de antaño al darse cuenta que no podía estar pagando las cuotas de este o el combustible cada vez más caro, realmente se puede decir que los pobres dentro de los condominios están prácticamente condenados a no salir de ahí, estando anclado a trabajos mal pagados en los hipermercados cercanos y a las miradas inquisidoras y algo altaneras de algunos de los vecinos quienes no se vieron afectados por esa repentina y brusca baja en la demanda laboral. En lugares como Estados Unidos se contratan guardias para evitar que los trabajadores molesten a los vecinos y en general todo aquel afectado por este fenómeno está condenado a un apartheid cada vez mas notorio, conforme siga el miedo a los declives económicos. El desarrollo inmobiliario, siempre especulativo, impondrá más de esas casitas de ensueño por todos lados y atraerá mas gente que pueda pagarlas de alguna manera u otra, aumentando aun más la brecha y garantizando su retroceso social de una forma muy cruel.
Lo raro es que estas personas, afectadas mas o menos dependiendo, se aventuran a exigir cambios sociales pero sin desechar las ideas económicas que tenían cuando no eran pobres y que por cierto, estipulaban políticas que los harían mas ricos a ellos a costa de los pobres en general. Ya no tenemos weones pobres que sean partidarios de la udi por sus creencias religiosas, acá hubo un proceso real, que les puso los pies en la tierra a un montón de adultos gozosos de la clase media acomodada, quienes ahora tienen que lidiar con todos los trámites burocráticos que tienen que soportar los simples mortales. Aun falta tiempo para que se vayan desprendiendo de sus antiguas ideologías pasando a colindar más y más con un pensamiento de centro que toma prestadas ideas de la izquierda, el perjuicio social de ser un simpatizante del socialismo le cierra las puertas a miles de padres que tienen que ver cada día como el sistema que apoyaron y le dieron tanto hoy les da la espalda y los deja encerrados en una cárcel de casas estilo francocanadience y coloniales, ese prejuicio wn se irá ablandando a medida que el problema se haga más visible y ya deje de ser la vergüenza que se trata de esconder para que sus familiares no los martiricen en sus reuniones.
Pero mientras tanto, tendremos que ver como cada vez más personas ingresen a este círculo que no tendrá análisis sociológicos decentes que lo expliquen hasta que el problema se vuelva una realidad que ni los medios de comunicación de este país puedan contener.