Cuando el Abajismo Resulta ser una Falta de Respeto

El fenómeno abajista en Chile tuvo su gran apogeo de fines de la década pasada. La PSU como instrumento de selección (de segregación, las estadísticas lo confirman) dejó a las universidades del CRUCH con una masa más alta (demográficamente hablando) de estudiantes provenientes de estratos sociales más altos, o bien, culturalmente y económicamente aspiracionales. Sin embargo, la enorme tradición política de izquierda que ha (sobre)vivido en las universidades estatales y otras privadas, donde se pudo replicar con relativa facilidad, ha configurado contextos donde se puede conocer y comprender aspectos de la consciencia social que pueden ser trabajados con otros compañeros que, por lo general, son de estratos sociales más bajos.

A raíz del aumento más notorio de estudiantes económicamente más aventajados, muchas de esas personas provenientes de la clase media-alta/alta que llegaron a estudiar a estas universidades por su prestigio o tradición tuvieron que también adaptarse al contexto o bien lograron despertar una suficiente consciencia social que servía sobre todo para salir del paso en conversaciones y carretes. Luego se configuró en algo que rodeaba la vida en común de estas personas y mutó simbólicamente en aspectos como la ropa, la música, las preferencias a la hora de ver televisión (decir “no veo tele” es el colmo de lo pedante), el lugar donde uno aloja, etc. Es así que, esta persona que vivía en el barrio alto de sus ciudades (Santiago, ahí se configuró todo) comienza a sentir culpa del estilo de vida que se estaba configurando anteriormente y su culpogenia lo insta a tener que abrazar todo lo que rodea al pobre y a su cultura, además de todos los aspectos donde este se moviliza y realiza su vida (el “Habitus” de Pierre Bourdieu) para copiarlas y hacerlas suyas también (como una redención, como una defensa incluso a la segregación) pero irónicamente de manera superficial, o por lo menos a un nivel suficiente para pasar piola en la universidad. A estas personas son a las que peroyativamente llamamos (yo también, me cargan) abajistas.

De pronto, cambiamos la Corona por la Baltiloca, a Dj Tiesto por la Bachata y el Reggeatón Old School (y no puede ser el actual, no puede ser Ñengo Flow), a Skins (pa los más viejos) o a GoT por las teleseries de TVN de los 90-principios del 2000 de Vicente Sabatini (década a la que también vanaglorian por haber sido la última en tener la autenticidad de pueblo que tanto vanaglorian también) como Sucupira o El Circo de las Montini, al carrete en Algarrobo por el carrete en Valpo (el cual hay que alumbrar por sobre todas las cosas) y así se va configurando un cambio de habitus, el cual uno no pensaría que fuera nocivo.
Es más, cuando uno se refiere a un abajista, lo primero que salta a la luz luego de tal acción es un intento moral por defender el derecho de cada uno de ser como es y tolerarse unos con otros y no amargarse por ello. Lo cual no es malo, de hecho, no nos debería importar si su pará es superficial o no…

Pero cuando esto se configura como una hegemonía, cuando esto comienza a desplazar a las personas que viven en los barrios periféricos que esperan ansioso al abajista (hablamos desde el egocentrismo) para darle el título de “tení calle”, cuando se hace del pobre un ideal de “noble salvaje” y se comienza a farandulizar cualquier demanda social, como si tuvieran que estar condenados a ver de por vida teleseries y chismes que dejaron de ser algo malo y, por tanto, deben dicotómicamente ser considerados como necesarios por aquellos con mayor acceso a la educación o al poder que ellos sin ningún sentido crítico (lo cual es paternalista), cuando se hace de la vida del pobre una industria cultural que la cosifica y la vuelve un cuadro en la pared (no es irónico que toda esta búsqueda de aspectos culturales se realice profundizando en la televisión, en lo que los grupos más aventajados fenomenológicamente construyen sobre los pobres y no los pobres mismos), ahí, ahí sí que se convierte en un problema.

Es ahí cuando el abajismo resulta ser una falta de respeto.

Y no lo digo defendiendo al otro sector que se jura más auténtico con sus frases diarias de Julio Cortazar en Facebook o sus poleritas del Che Guevara y sus cánticos revolucionarios que no salen aun de las cuatro paredes de sus universidades, hablo desde el corazón de alguien que vivió y convivió en un barrio que sin embargo tiene que mamarse toda la gentrificación porque de a poco llegan estas personas a vivir con sus ideales santos a purificarse de la cuiqueria anterior de sus vidas, subiendo el valor de las casas, atrayendo a otros como ellos y destruyendo la anterior configuración cultural que se resistió a los nocivos cambios del presente que la erigieron como “vida de barrio” por la que ellos traen de vuelta de las aulas, sin conocer un carajo de la realidad pero ansiosos por descubrirla para ostentarla después piolamente.

Pero eso es solo una arista

El abajismo es una falta de respeto porque es como un despotismo ilustrado, un “con el pueblo pero sin el pueblo”. Su carácter, como dije antes, es superficial, toma del habitus de los sectores sociales bajos que ellos seleccionan (como el sector norte o San Bernardo) lo que ellos consumen y lo consumen ellos también perdiendo de vista cómo esto se desarrolló como una búsqueda cognitiva de ellos mismos para construir sus costumbres de manera que fuera significativo en sus vidas (y que el arribismo, la contraparte, siempre quiere negar y desaparecer). Algunos, sin embargo, sí logran comprenderlo pero no deconstruyen, hacen de su propiedad la contienda en el sentido de tener y no de ser.

Por eso, cuando algún abajista diga con orgullo que “es periférico”, desconfía y di en tu cabeza que en realidad “tiene periferia” como quién tiene un celular o una camiseta. Es mejor ínstalo a que con humildad reconozca que puede hacer apreciaciones beneficiosas para su comunidad, de maneras mucho más trascendentes que acongojándose de cada uno de ellos por tener un cuadro de Felipe Camiroaga en la pared del living de sus casas.

 

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¿Por qué Las Habilidades Sociales?: Una Visión Crítica Sobre su Papel en la Cultura y en los que Producen Cultura

Introducción

Hoy quiero cocinar un banquete de ideas y declarar con ímpetu el menú del día forjando este trabajo que tenía pensado hacer por años, pero con el que siempre me topaba con ideas y concepciones nuevas atascadas unas a las otras, las cuales eran menester tomar en consideración para no dar con la sensación que estaba descuidando sus aspectos esenciales, bueno, el tema es en sí mismo muy grande, de gran impacto en nuestras vidas pero de percepción simple, blanda y positiva en sí misma. Hablo de las Habilidades Sociales, muy en moda hoy en día y diseminada como objetivo dentro de un montón de disciplinas, motivo de evaluación de personas, culturas y subculturas, tópico de estudio para cuanto hombre moderno decida hacerse con cierto éxito en la vida y gratificación por conseguirse un lugar y sentirse realizado (algo en lo cual coopera también la sociedad, exigiéndote ciertos niveles para hacerte de su gracia). También ha sido un móvil importantísimo en la evolución del ser humano como tal a lo largo de su homínida historia y sin embargo, el uso social que este concepto trae para sí muchas veces esconde intenciones y propuestas que son irónicamente opuestas a la imagen positiva que se tiene de lo que se toma por lumbrera de la nueva época. Veamos un poco porqué las Habilidades Sociales arrastran un sin fin de fenómenos que vale la pena analizar para poder dar con eso que a mi, por ejemplo, no me deja indiferente.

Cuando se habla de habilidades sociales, se imaginan muchas cosas. Aparecen los textos de autoayuda de John Maxwell, los libros de Programación Neurolingüística, la imagen publicitaria de los jóvenes cool conversando con sus smartphones a través de Facebook o Whatssapp, el desarrollo curricular de los profesores en un aula llena de niños recién enfrentados a la rutina escolar, en fin, son muchas las imágenes que se evocan tras la palabra pero lo que encierra es interesante, se ha vuelto cada vez más importante y “decisivo”. Quién las tiene y quién no son motivos de discernimiento y de un llamativo control por parte de las estructuras sociales y cada vez siento que se explota  más como imagen y como concepto. Las habilidades sociales han venido a reemplazar como “deseable” a otros aspectos del carácter como el trabajo duro, la honestidad y la intelectualidad (la cual desde mediados del siglo XX ha sido puesta en tela de juicio filosóficamente hablando pero cada vez más es el público en general quien la enfrenta). Los individuos “cuadrados de mente”, los “nerds” los “antisociales” los “introvertidos” y las denominaciones hacia los grupos sociales que no acusan un dominio “suficiente” o “esperable” de habilidades sociales (que siempre van cambiando como cambia también la historia) han sido abordadas en películas, series e historias narradas para un público que se ve enfrentado y a la vez desea mostrarse al mundo y demostrar que está apegado a él lo suficiente, aunque cuando se les pregunte siempre digamos que no somos demasiado apegados a la idea. Teniéndolo en consideración, aun así, es hoy cuando invaden las mallas curriculares de las universidades y sus carreras; es hoy cuando las empresas capacitan a sus empleados y en sus manifiestos explicitan la importancia de contar con “personas que demuestren domino de las habilidades sociales”; es hoy donde es posible objetar al intelectual de su Olimpo con una frase de Cohelo o acusarlo de una supuesta “falta de empatía”.

Es hoy donde las Habilidades Sociales son tu pase de acceso, tu pasaporte y es posible seguir con la analogía y encontrar refugiados, exiliados y prisioneros listos a por un análisis, una crítica y un programa de trabajo listo para ellos cosa que puedan ingresar sin detenernos por un momento ante ese frenesí de ilustracionismo (ironicamente, el más “blando” de ellos) que se expresa como capacitación, como autoayuda, como terapia y como tratamiento. Y con esto me refiero a que las “habilidades sociales” se hacen parte ya de las estructuras sociales más altas jerarquicamente y se erige en tanto logra una simbiosis con ellas y sus mecanismo de control y formación de un tipo “ideal” de personas.

Un niño introvertido en nuestros días no la tiene para nada fácil, es cosa de contar cuantas veces se insiste en sacarlo de su espacio.

Un niño introvertido en nuestros días no la tiene para nada fácil, es cosa de contar cuantas veces se insiste en sacarlo de su espacio.

Ese tipo ideal de persona descansa bajo la aprobación de una nueva ilustración. Una nueva visión que nace de tomar las “habilidades sociales” como un ideal que se yuxtapone a los anteriores valores y los enfrenta: ya no se urge de gente talentosa intelectualmente o de gente lógica, sino de personas empáticas, resilientes, proactivas. Se erigen nuevas características para quien enfrenta la necesidad de buscar un empleo, un puesto o una oportunidad administrativa y lo que hoy se propone es asegurar la integridad de las organizaciones buscando que las personas que las conforman, actúen en consecuencia y sean lo suficientemente funcionales socialmente hablando. Se acusan evidencias que favorecen esta visión, se erigen nuevas investigaciones y por tanto, programas de investigación para fundamentar estas prácticas y proponerlas como una mejora disponible para su uso por las personas. ¿Es esto malo?, no, las habilidades sociales como había mencionado antes son un pilar fundamental de nuestro modo de vida, nos permiten ser lo que somos como humanos insertos en una sociedad y también con ellas logramos prevalecer este constructo para perfeccionarnos. A eso quiero yo llegar pues este concepto va de la mano con el de “ilustración”, la actitud de promover su transformación de idea a objeto y a los demás como modelos de la idea.

Sin embargo, ¿que ocurre con quienes no manifiestan interés en pertenecer? ¿o bien sin las capacidades necesarias? ¿cuales son los mecanismos de control que ejerce la sociedad sobre el introvertido?

Ya desde pequeños, los niños que no disponen deseo de buscar grandes grupos con los cuales conversar y pasar parte importante de sus vidas en descubrimiento son puestos en escrutinio, son rechazados, son vistos en menos. La ciencia ofrece alternativas para que nuestros hijos dejen de ser “ensimismados” y salgan al exterior (no a un exterior físico, hablo de ser parte de los otros). Para ello es necesario un punto de comparación: el niño que siempre sonríe, travieso y móvil motormente hablando; que sale a jugar con todos sus vecinos y que goza de popularidad en la escuela. El niño típico y difundido como tal. Aunque esta idea más estadística tiene que convivir también con otros puntos de vista relacionados, que se enfocan más en estereotipar ese tipo de niño como objeto deseable o ideal alcanzable a través del consumo, a veces confrontando la visión científica. No hay duda alguna que este ejemplo existe y muchas veces parece que son la mayoría y por tanto, no deja de haber un sentimiento de “normalidad” cuando queremos hacer realmente un punto de comparación con otros niños que actúan de manera diferente. La cosa comienza ya a volverse más compleja cuando ese niño al cual estamos haciendo imagen actúa ya no como comparación sino como material hegemónico de “formas ideales de ser”. Los científicos producen material cultural para evaluar, buscar falencias desde diversos ámbitos (lo social-comunicativo, lo social-cognitivo, lo social-emocional) y de pronto, la comparación alcanza el estatus de “vital” y es preciso adaptar los currículos escolares y pediátricos para formar niños socialmente inteligentes para la sociedad pero también los otros puntos de vista relacionados analizan la introversión desde otras ópticas relacionadas con la moda, los juguetes, las normas de comportamiento, el vestir, lo religioso, los videojuegos y los modelos adultos para seguir. A veces se abraza el anti-positivismo y se pone en duda la pertinencia científica “excesiva” sobre la infancia de los introvertidos para “dejarlos ser” o mencionar que son un problema espiritual, un dejo parental que puede ser solucionado consumiendo, buscando tranquilidad espiritual, acudiendo a lo natural como tratamiento, etc. Aun con todas estas diferencias, acá ya parten los “de lo contrario” (como una tal vez molesta actitud de advertencia) y se expone ya una predestinación (en base material que no siempre necesita de evidencias) el futuro para quien no atiende la norma y prefiere observar en vez de hablar. Comienza por tanto, el desarrollo de las “habilidades sociales” como discurso por parte de estructuras diferentes, pero que abrazan el mismo fin pragmatista en cuanto son en sí mismas hegemónicas.

¿hasta que punto uno puede disponer de una autonomía de trabajo para sí mismo sin que exista una norma moral que dispone a acusar, a tomar por anómalo o poco deseable un aspecto de la personalidad? pues cuando existe una apreciación significativa del concepto a nivel de sociedad  se dispone a ser comunicativamente intencionados con quienes demuestran salir de esta tangente. Lo que si, esta intención no es que descanse coartando u obligando a los niños a desarrollar sus habilidades sociales a manera dictatorial sino que actúa de maneras sutiles o implícitas  fuera como sugerencias, exigencias laborales o pre-requisitos a través de situaciones y juegos que reflejan las diversas interacciones que las estructuras sociales tienen con los niños o adultos en pos de diversos cánones que guardan relación con las habilidades sociales tales como el éxito en la vida, la fluidez comunicativa, la oportunidad de un ascenso social y la inteligencia. Son las personas quienes ante este trato social tienen la oportunidad de seguir esto o no (nadie te pone la pistola en la sien para que vayas a una fiesta) pero no siempre se cuida que esta oportunidad sea igual para elegir ser parte de esta dinámica, por lo que no desaparece por completo esa sensación que podemos experimentar cuando, por ejemplo, vamos a una fiesta pero “obligados” y sentimos que no somos parte de ella ni de los que participan en ella.

Me explico, por ejemplo cuando hacías un trabajo en grupo en la escuela y en cierto momento manifestaste disconformidad con el grupo asignado por tu profesor, normalmente te explicaban que durante el transcurso de la vida trabajarás con personas muy distintas y que aprender a tolerarlas es fundamental para poder integrarse, aunque en realidad eso se traducía en obligarte a enfrentar esa situación de antemano como un designio. Es esta característica de predestinación lo que hace de las habilidades sociales una estructuración puesto que las personas en algún momento de sus vidas requieren de ellas pero para lograrlo, deben aceptar un contrato social (en la línea de Jacques Rousseau), aceptar las reglas del juego las cuales hoy, disparadas constantemente por los medios de comunicación son “se sociable” “ten un montón de amigos” “no causes conflictos con el grupo” “adáptate al contexto”

Y cuando me refiero a “estructura” no lo hago de forma antojadiza.

Puesto que las estructuras sociales basan su existencia en su transmisión como icono y lenguaje (y con ello se toma también en cuenta los niveles del lenguaje como la semántica y la pragmática) formando parte de los sistemas que se nutren de ellas como los medios de comunicación, la publicidad, la tecnología. Ya se está apelando a la pragmática cuando se les pide “adaptarse al contexto” y por tanto, se establece una arbitrariedad con fines comunicativos. Necesita también que se aprendan, necesita de las escuelas y universidades o los centros de formación laboral. No sirve de nada sistematizar una economía sin personas que se comporten de forma sistemática y aseguren por tanto el ritmo y vida de ella. Por eso, si ocurre una carencia se dispone de material cultural masivo para que todos tengan la oportunidad de buscar enmendar el camino y comportarse de la manera más efectiva y eso significa asegurar un lugar en la industria cultural: la autoayuda y la terapeútica son dos grandes ejemplos de producción e intervención de aquella idea.


Cuando no se trata solo de “pedir por favor y gracias”…

Sheldon-Cooper

Con la “inteligencia emocional” socialmente se abre la oportunidad de apuntar a “tontos emocionales” y por tanto al uso de mecanismos como el estereotipo, aunque no fuese el objetivo de este concepto. (En la imagen: Sheldon Cooper de TBBT)

Desde Daniel Goleman que las habilidades sociales cobraron importancia académica y lograron encontrar un nicho dentro de las ciencias humanas y duras. Junto con Howard Gardner y su “inteligencia extrapersonal” (extrapolar a la “inteligencia emocional” de Goleman) estas ideas tomaron en consideración las demandas por un desarrollo más humano del talento humano aduciendo una mejora en las relaciones sociales dentro de las empresas, de la calidad de vida y de la efectividad de la comunicación. Así rezan semánticamente hablando los prólogos de sus libros y así lo pienso yo también, aunque claro, no puedo eso si pensar ingenuamente sobre el concepto de “inteligencia”. No lo digo desde el sentido de buscar un constructo psicológico basado en evidencias, sino más bien en cómo la sociedad ocupa estos constructos con fines segregatorios o distanciadores. Cuando hablamos de “inteligencia”, hablaremos tarde o temprano también de “inteligentes” y “poco inteligentes” (no es que la crítica apunte al hecho de buscar mas y menos, sino la falta de un uso ético de estas cualidades). El estereotipo, por ejemplo, reduce la carga cognitiva que las personas tienen que hacer por tratar de dilucidar aquellos grupos de personas particulares, aduciendo cualidades preestablecidas en ellos. Ocurre también que el concepto de “inteligentes emocionales” puede prestarse también para añadir cualidades adicionales a estas personas relacionandolos con comportamientos y recompensas (materiales o no) de la misma manera que se hace con las etiquetas de “deseable” y “no deseable”. Un “inteligente emocional” sabe como reconocer el dolor ajeno, sabe como construir su vida y ayuda a otros a hacerlo con las suyas y disfruta el momento; esta misma definición en vez de ser una mera descripción psicológica puede ser representada semióticamente como un musculoso jugador de rugby que arenga a su equipo o un fotógrafo cuidando la proxémica tras apuntar su objetivo con la cámara o un feliz terapeuta saliendo del trabajo con su van recorriendo los suburbios en donde vive armónicamente. Nosotros, al ver estas imágenes podremos evocar ese sentimiento y asociar ese significado a diversos hábitos y formas de ser que acompañarán entonces a ese concepto de “inteligente emocional” que ahora democráticamente se erige y se promociona a sí mismo como derecho para todos quienes deseen alcanzar un “pleno desarrollo” en sus vidas. Esta idea la aprovecha la economía, la administración, la publicidad. También las modas buscan en algún momento habilidades sociales como saber disfrutar el momento, leer los estados de los demás pero también incurren en posturas disruptivas moralmente hablando como promover la manipulación de las personas con fines narcisistas, tener el mayor número de relaciones sexuales posibles o anticipar las jugadas de los demás dentro de un contexto específico. Desprendiéndome de los dilemas morales, estos comportamientos requieren también de “habilidades sociales” y aunque algunos sean calificados como “malos” por los demás, han demostrado ser fundamentales para no quebrantar normas sociales y arriesgarse a sanciones peores que el remordimiento (como el alejamiento social por ejemplo, nadie quiere decirle a su pareja que se ve gord@)

Entonces, hablar de “habilidades sociales” no significa para nada referirnos solamente a saber “pedir por favor y gracias”; no son solo normas de etiqueta ni intentos por leer el estado de los demás para evitar pasarlos a llevar. Se trata de ser aptos, preparados para enfrentar los “juegos del lenguaje” (que tanto hablaba Wittgenstein) que son inherentes a la convivencia del ser humano, que están ahí y que debemos enfrentarlos con gracia, con ahorro cognitivo (ojo, ahí también hay un intento hegemónico por adecuar los demás a lo típico y de un tipo más complejo pues involucra lo científico, tema que desarrollaré más adelante con la idea de terapeútica), con soltura y flexibilidad sin sacrificar tanto lo moral a su vez. Todo esto lo habla, por ejemplo, Paul Grice (si lo complementamos con Wittgenstein, Paul Grice se enfoca más en la pragmática mientras que Wittgenstein habla del proceso de manera más pragmatista, dos conceptos en el fondo diferentes).

Entonces, lo inherente positivo encierra a su vez aspectos controversiales que igualmente deben de ser manejados. Estos conviven con los positivos y muchas veces, a su vez, tratan de buscar frenarlos o ponerlos entre dicho como puede ser, por ejemplo, prevenir en una empresa el favoritismo aduciendo conceptos como el “ganar-ganar” de Stephen Covey aunque lamentablemente esto no ocurra en la práctica. La manera de manejar las habilidades sociales en la sociedad es dialéctica, aprovecha sus pro y sus contras de manera que un puede buscar una retroalimentación, pero esto ocurre normalmente fuera de lo oficial, si existen personas que ponen entre dicho lo adecuado de esta dinámica arriesgan a ser escrutinados o ser vistos como “demasiado complejos” y de nuevo se presupone la liviandad de estas en pos de dejar al margen a organizadores críticos que denuncien estas dinámicas (aun si cumplen con los preceptos de las habilidades sociales, que irónico, no?).

¿Qué ocurre con los niños típicos y no típicos? ( o Hasta qué punto las Habilidades Sociales deben suponer una obligación)

El tópico de las habilidades sociales, como mencionábamos antes, reviste de un amplio uso desde diferentes disciplinas. Cognitivamente hablando, las habilidades sociales tienen un correlato con diversas funciones psicológicas que permiten al ser humano adecuarse al medio y le disponen de herramientas para desarrollarse y vivir. Nos permiten ponernos en el lugar de otros, nos permite comunicarnos (efectivamente), nos permite ingresar en dinámicas sociales con un importante valor enriquecedor del aprendizaje, de lo motor, etc. Vygotsky menciona acerca del “aprendizaje mediado” donde los niños acceden a los códigos y signos que rigen la cultura con el fin de aprender junto a un guía (con más conocimiento de base que ellos) en todo un proceso de construcción social, entonces, las habilidades sociales (ya no referidas inequívocamente como manuales de autoayuda) pueden ser entendidas de este modo como importantes para muchos de los procesos cognitivos del ser humano,. En específico, los procesos cognitivos superiores según Vygotsky se adquieren primero en un contexto social para luego interiorizarse como relaciones entre los seres humanos.

Sin embargo, no todos los niños manifiestan intereses sociales muy marcados, muchos tienden también a la introspección. Cuando se habla de currículum en las salas de clases,  estos se estructuran buscando no perder de vista lo constructivista aunque eso signifique acoplar lo más posible en la sala de clases un método que parta con ese presunto modelo conductual de construcción epistemológica como una máxima, por lo tanto, menos personalizado a las necesidades de otros niños que aprenden de manera diferente. Actuar así podría significar perderlos de vista, no considerar potenciar otros procesos cognitivos más individualistas que pueden ser desde ignorados, hasta ser considerados “malos”. Aquí la actitud de promulgar las habilidades sociales como motor de aprendizaje debe tener detrás una buena fundamentación ética que no pierda de vista al ser humano que está adelante tuyo, o de lo contrario, podríamos estar aseverando de que solo existe un modo inequívoco de aprender válido, lo cual es inverosímil. 

Susan Cain en su libro “Quiet”(callado) habla también de este fenómeno como desmoralizador de la imagen del introvertido, llegando a extremos como, por ejemplo, en una escuela de aplicar una política de aula donde no se le puede pedir ayuda al profesor a menos que todo el grupo tenga la misma pregunta” (imperativo es ver su charla TED sobre el tema)

Y así podríamos también abordar el tema desde los sujetos no típicos. ¿Qué ocurre con las personas con trastornos del espectro autista?

Como individuos que presentan variadas dificultades en las habilidades sociales, las personas con autismo/Asperger/TGD pasan un buen tiempo de sus vidas en tratamientos de tipo rehabilitatorio ligados a las relaciones sociales . Hay que recordar que con esto también se establece una dinámica que gira en torno a las habilidades sociales como objetivo meritorio, lo que podría significar una vida entera escuchando reproches sobre su forma de ser y, sin embargo, no molestarnos una vez siquiera de valorar aspectos de la personalidad autista que si pueden legitimamente ser respetadas y valoradas como por ejemplo ser metódico, honesto, estructurado, etc. En casos de autismo de no alto funcionamiento, donde los padres tienen que esforzarse notablemente más por conseguir progresos en sus hijos, a veces hablar de habilidades sociales con tanta propiedad pudiera suponer una superioridad moral encubierta, que bien puede sumir en culpas innecesarias a las familias y adicionarles un estrés dentro de tantos por demostrar que sus hijos merecen incluirse en la sociedad como cualquier otro niño, y claro, una batalla que no se admite y que sin embargo prevalece es que la frase insignia de la inclusión “todos somos iguales” puede ser tomada desde ángulos demasiado formalistas para construirse sesgos cognitivos relacionados con extender las verdaderas habilidades de los niños a límites que sobrepasan la (a veces dura) realidad. Eso tiene que ver también con una exigencia social, es un sesgo que se retroalimenta entre el deseo jurídico de asegurar plena autonomía y derechos a un sector menos favorecido de la población y la creación de una imagen ficticia y homogénea de las personas con discapacidad pero positiva a su vez para un fácil manejo de esta comunicacionalmente e intencionalmente hablando. Y de nuevo caemos en los estereotipos: es más fácil querer o tolerar a un niño con síndrome de Asperger cuando se piensa que son genios o personas sumamente inteligentes y sin embargo, al menor error relacionado con desobedecer el canon de las “habilidades sociales” esta virtud se convierte en un defecto por el cual sacar en cara. En el caso de los padres, el derecho de ser visualizados como iguales puede ser también deducido desde la inocencia de minimizar estas dificultades (más allá de cuidar no exagerarlas o condenarlas) y mostrar al mundo a un niño “tan normal como los demás”, aun con los posteriores conflictos que nacen de la interacción que ocurrirá ahí. No los culpo y tampoco debiésemos ser duros con las familias que hacen todo lo que está a su alcance para no sucumbir en una sociedad que a ojos nuestros solo pone exigencias pero cada vez menos se compromete a cumplirlas para nosotros.

La inclusión de personas con discapacidades apunta, según la ley 20.422 a promover el disfrute de sus derechos e impedir cualquier tipo de discriminación a través de la creación de la SENADIS. Aquí, sin embargo, chocamos con un paradigma. La discriminación puede comenzar ya desde el momento en que se cataloga cierta forma de ser como patológica (aspecto que afortunadamente no persigue la SENADIS); es cierto que existen aspectos del espectro autista que impiden que la persona por si misma pueda lograr plena autonomía de sus funciones, pero al momento que logra disponer de herramientas para mitigar esta situación, ¿su condición seguirá siendo tachada como patológica? ¿ellos necesitan siempre verse como pacientes para recién ser incluido en la sociedad?, ¿es acaso un requisito para respetar la ley que el niño cause poco o nada de conflictos a sabiendas que no será fácil? ese aspecto hipócrita del área educativa en los Proyectos de Integración Escolar lo vienen acusando desde hace mucho tiempo en Chile: aun siquiera existe una ley específica que trate el tema.

Es por eso que el término reviste una ambigüedad: no es solo que necesiten aprender habilidades sociales para poder (indicamos capacidad para) incluirse en la sociedad, sino que es la sociedad también la que pone el requisito en aspectos que no tienen que ver fundamentalmente con alteraciones orgánicas de la sociabilidad sino en restringir formas de ser,  estilos cognitivos. De ahí que nazca el concepto de “neurodiversidad” para promover el respeto por otros estilos de pensamiento que traspasan la barrera de lo “patológico” impuesta por el modelo biomédico y de la clínica, del que tanto hablaba Michel Foucault cuando se refiere a ellas como mecanismos de control social.

Y así pasa en las habilidades sociales, pasa en otros modelos de exigencia cognitiva como la atención, la obediencia, el sentimiento de soledad, etc.

El advenimiento de la “inteligencia” emocional como una nueva dialéctica de la ilustración

Nuevos conceptos de “ingeniería” que hace 40 años solo hubieran estado en la mente de Gregory Bateson

El “lado izquierdo” del cerebro como he mencionado al comienzo ha sido constantemente criticado esta década. Mucho de lo que se plantea en estudios organizacionales enfatiza en cambio el uso del “lado derecho” del cerebro: Más sintético, más globalista e intuitivo. La parte racional y analítica no encuentra hoy un punto del cual afirmarse como lo hacía hace décadas pasadas puesto que se ha construido una imagen de persona que insta a desarrollar “esa otra parte del cerebro” (hablando como si estuviéramos haciéndole una callosotomía), para evitar ser en demasía lógico y perderse en un mundo que te pone a prueba como ser social, como persona que no solamente se la pasa calculando. Incluso, algunos van más allá: Teorizan acerca de la “culpa” de un sistema que cosifica a los demás representándolos como números y cosas, en vez de acotarse a este lado que vendría siendo el bueno y el que “nunca se tomó seriamente”.

En sí, esto vendría siendo una herramienta para la construcción del progreso del ser humano, esta nueva inteligencia vendría a ser la luz de una ilustración que no está embebida de propósitos jurídicos o densamente filosóficos y que viene de la mano con la idea de desarrollo humano que tanto se vende con la imagen del hombre de corbata con su tablet en la mano.

Aquello es muestra que el maniqueísmo que caracterizó al ilustracionismo no se ha superado, o se ha recurrido a él como se hizo a finales del siglo XIX, el cual originó muchos de los esfuerzos positivistas por argumentar la idea de progreso de la humanidad, lo que a la larga terminó en algo totalmente opuesto a lo que se buscaba y materializándose en los horrores de las dos primeras guerras mundiales. ¿Teodor Adorno y Max Horkheimer hoy podrían crear otra “Dialéctica de la Ilustración”?, a mi juicio pienso que sí, puesto que la idea del progreso de la humanidad es un metarrelato que aparece siempre como una proyección de los alcances del avance del pensamiento y así como puede mutar en formas o discursos, también se podrán hacer análisis para cada uno de ellos. Si ayer fue el racionalismo, hoy puede hacerse en base a este sociocognitivismo que puede dividirse y simplificarse en capas más próximas a los deseos y proyecciones de los seres humanos y sus culturas.

Pues entonces, no cabrían dudas que las “habilidades sociales” pueden ser también un ejemplo de inteligencia, entendida desde el punto de vista sociológico. Aquella concepción puede que le cause un montón de dolores de cabeza a aquellos científicos que no quieren ocupar la palabra “inteligencia” en sectores cognitivos más acotados, como si la lógica no fuera también una parte de todo el crisol de características de la cognición humana pero en fin, para que aquello resulte como metarrelato tiene que ir en contra de algo que está declarado “malo” u “obsoleto” o “incompleto” por consenso o arbitrariedad y es entonces que la imagen de lo introvertido, lo analítico, lo racional se ve puesta en entredicho para un discurso de bienestar que pudiera estar manejado por aquellas facciones de la sociedad que siempre han ostentado el poder y sin que nadie se tome la molestia de pensar en ello. En vez de eso, preferimos consumir la cultura del “lado derecho” sin prestar mucha atención a quien la produce y en qué reglas se basa. Es como lo que hablaba Thomas Kuhn acerca de que los científicos no tenían idea de epistemología aunque supieran ocupar el método científico al revés y al derecho, acá es lo mismo, aducimos ventajas y valores positivos a un discurso que se muta para propósitos muchas veces tomados a la ligera como intervenir la introversión de un niño de por sí y sin una base más sólida que el “sentido común” que dictan tiempos como estos. Pero es lo que se toma por importante a la hora de trabajar, a la hora de proyectarnos hacia las personas, es como un libro rojo de Mao pero para quien asume el desafío de trabajar en la sociedad de redes actual.

No diré que lleguemos al ejemplo de las guerras mundiales, en realidad, esto podría producir cambios y un impacto bien fuerte en aquellos quienes por dificultades físicas, geográficas, psicológicas o psiquiátricas o teológicas inclusive no pueden calzar con las expectativas y se les toma por antemano como sujetos lejos de lo que nos hace “buenos”. El impacto por tanto, es interno. Por esta y otras razones hay que ver siempre lo que es aparentemente bueno desde un punto de vista deconstructivo, para no caer en cosificaciones y es así que el”¿porqué las habilidades sociales?”nace como un análisis que intenta evitar los abusos de una sociedad que se jacta de ser más social y sin embargo se ve más ensimismada y encerrada en sus propios asuntos, compitiendo a destajo por tratar de sacar a otros del camino y glorificando aspectos culturales que apelan a la propia individualidad pero que tienen que convivir también con el menester de no ser un ermitaño fuera de onda o un incapaz, o, por lo menos, que sepa usar el Facebook o Whatsapp.