El Tao del Educador Revolucionario (parte 1: definiciones ecológicas)

Comenzaremos el post con algo bien simple.

Cuando hablamos de “revolucionario” tenemos que primero hacer el alcance de que tal palabra, en estos días, ha adquirido una fama perniciosa. Y no es (solo) el fascismo el mayor de los problemas, sino los aspectos más blanqueados y antisépticos de los grupos “ciudadanistas” los que han trasladado el concepto de “revolucionario” a un continuo desdén por su uso en el lenguaje oficial.

Pero sabemos que las acciones que atacan el fondo de los problemas sociales no necesariamente son dichas y hechas bajo el lenguaje, la nomenclatura, oficial. Lejos de expectativas comunicativas superficiales, los cambios que como individuos provistos de una consciencia popular en desarrollo logramos crear pueden pasar por pequeños ante esta mirada constante por hacer de lo macro lo único visible, por sobre todo lo demás, pero no por ello dejan de existir.
Es más, su definición de “existente” tiene directa relación, en mi opinión, al grado de significancia que adquiere en la vida popular (quienes conviven en ellas) y eso puede estar acotado a las demografías que sean.

Por eso, en tanto somos capaces de crear trabajo territorial, nuestras acciones pueden caer de cajón en la definición de actos revolucionarios.

Quien elije como camino de vida (incluso si no logra ser permanente) la creación de actos revolucionarios no puede negar que, en si mismo, está realizando actos conducentes a una revolución en el sistema de gestión de la vida de las personas; los que pueden convertirse en una alternativa sólida a las formas de vivir que terminan tomándose por únicas y ciertas bajo los preceptos del capitalismo (o de quienes dependen únicamente de aprovechar individualmente unos pocos recursos por sobre los demás). Somos mucho más en términos de creatividad que lo que comúnmente termina siendo enajenado y mucho más también que aquella visión reduccionista de participación ciudadana predominante en la izquierda mainstream actual.

En tanto ese camino crece y la persona que lo toma adquiere instrucción y aprendizaje tiene la oportunidad de entrar en el conflicto por el aprovechamiento de los recursos de manera más consciente hasta que, por fuera de todos los sistemas de dominación, es capaz de hacer frente a sus viejos hábitos y lograr la plena autonomía. Cuando eso ocurre, es innegable que desee (desde un punto de vista de especie social) asociar esa autonomía a una búsqueda de tipo ecológica, cuyo fin se expanda para otras personas que conviven con ella y que pueden, en conjunto, lograr mucho más incluso que el mero poder individual (aún plenamente autónomo). Tal búsqueda requiere capacidad de penetración del vivir en común, empatía y, sobre todo, entender que todo trabajo territorial tiene tras de sí un propósito multifactorial (como en cualquier sistema ecológico).

Si tomamos en cuenta este aspecto, tras la formación de nuevos esquemas existe tras de sí una nueva figura: la del educador revolucionario.

Entonces, comenzaremos.


Primer aspecto del educador revolucionario: la aceptación de su papel como agente revolucionario. 

Lo primero que debe entender cualquier persona que se embarque en la aventura de efectuar un cambio profundo en la comunidad en la que vive es que, de ahora en adelante, todas las rutas y tareas cognitivas que realice tendrán un posible efecto de cambio en ella. Tomar la vanguardia significa pasar a tomar un papel activo y como su nombre lo indica, la actividad significa un continuo movimiento que predisponen siempre hacia la construcción de algo nuevo. Ese “algo nuevo” no puede germinar si dentro de ella no existiese un deseo político, en tanto ese deseo pretende mantenerse estable históricamente hablando.

Hablemos por ejemplo del medio ambiente. Supongamos que un problema grave que me afecta a mí y a mi barrio es la continua contaminación ambiental que tengo que soportar por vivir en un sector demográfico condenado a priori a recibir los desperdicios y los efectos del “progreso” industrial en mis narices y que, además de eso, se tenga que convivir con otro problema: los microbasurales. O sea, ecologicamente soporto 2 desamparos: el de la sociedad hacia mí, y la de mi propia comunidad hacia todos los que viven en ella. ¿Qué es lo más urgente? ¿por dónde puedo comenzar? ¿no sería mejor que en vez de continuar con la tradición de joder al más desamparado y de ser cómplice de todo ese estilo de vida se comience por cuestionar que estamos repitiendo el mismo patrón y que, aún peor, no repercute en ningún beneficio?.

¿Que es peor que exista un otro que unilateralmente ostente el orden de los discursos? el silencio de las comunidades que no solo repiten, sino que también replican los mismos actos y sin siquiera obtener un beneficio sino perjuicios hacia su propio ambiente. La gente no lo cuestiona, los demás solo repiten el patrón y el deterioro que ya se tolera crece como un ejemplo vivo de despreocupación y educación: ¿para qué debo preocuparme si ya estoy siendo contaminado?.

Por eso el trabajo revolucionario aquí tiene un fuerte componente educacional: restituir un mejor hábito político es luchar contra actitudes hegemónicas, difíciles de cambiar y pasar un buen tiempo estudiándolas y actuando para que logren cambiarse y signifiquen algo en la ya deteriorada forma de concebir la comunidad. Quien acude a ese cambio debe aguantar, sin embargo, sus deseos de culpar al otro por su intento de adaptación que, si bien son negativos, ejemplifican un proceso psicosocial de desapego que jamás logra explicarse 100% como culpa individual sino que obedece a un proceso de enfrentamiento contra el dictamen político actual y que fracasó.


Ese es otro punto que el educador social debe enfrentar. el coping o proceso de enfrentamiento.
Hasta el próximo post!

 

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¿Necesitamos Lucir Nuestra Solidaridad?

Hacer del voluntariado un escaparate, un pasatiempo de ricos o una oportunidad de hacer currículo jamás acabará, ha sido una constante por décadas y quizás jamás desaparezca.

Al respecto, cuando se trata de un mega incendio como el que afecta a Chile en estos momentos, las ganas de ayudar y visualizarlo a los demás para ganar atención, respeto o estatus pienso están de más, aunque entiendo su función en una generación que depende mucho de su relacionador público interior para mantener sus comunicaciones en alza y su vida de superficie llenas de emojis positivos y frases hechas. La verdad, es que no me atrevo ahora a juzgar que, siendo el fin discutible, los medios llegan y las familias pueden verse beneficiadas…

Pero es la cosificación la que termina por justificar un intento por construir una nueva moralidad de la ayuda, como si la moneda de cambio exigida fuera exponer la imagen de los ayudados (como los nuevos nobles salvajes) para fines completamente narcisistas y así recuperar lo que se pierde (económicamente hablando) realizando voluntariado. Hoy mi imagen es una inversión que se gana a través de las experiencias que gano, “ayudando”. No es mi ascetismo el que gana, sino mi cartera de “amistades” o mi “respeto público”.

Eso quebranta la dignidad de la gente.

No porque aquello ocurra, porque el respeto o el estatus llegan de alguna forma igual, no somos ilusos para pensar en una vida de caridad forzada. Pero la diferencia está en que aquella actitud anteriormente mencionada es deliberada. El fin de la ayuda es el respeto o el estatus en sí mismo, corremos el riesgo de cosificar a otros mediante ese trato, que se expresa y se externaliza hacia los ayudados. Aquellos lo notan, pero por educación o pragmática guardan el silencio respectivo para no parecer malagradecidos, convirtiéndose es una situación más bien forzada. Nadie se siente bien notando que existe un interés de por medio en explotar una situación de emergencia (tu vivencia y tu grado de poder como referente, como “damnificado”, para provecho propio).

Lo puedo ver en los políticos que aprovechan sus descargas para potenciar referentes.
Lo puedo ver en comunicadores sociales que quieren rol y protagonismo a toda costa
Lo puedo ver en supuestos disidentes con actitud pasivo-agresiva, que le dicen “no” a toda propuesta pero no elaboran las suyas propias.
Lo puedo ver en aquellos que filman sin pudor las lágrimas de quienes perdieron todo con fines morbosos

Pero lo veo en nosotros, la sociedad, quienes en una buena porción cometemos el error de convertir en un zoológico al otro bajo pretexto de visualizarlo en la contingencia. Eso es lo más preocupante.

Aun así no necesitamos estampitas para asegurarnos un poco de humildad, a medida que compartan espacios mutuos de conocimiento, de realidad, podremos notar que existe un potencial de cambio social palpable al cual no podemos darle la espalda pero que no justifica su explotación.El conocer la realidad lejana de un grupo de población el cual tuvo que arreglárselas solos por años es el sentido más digno de lo que hoy conocemos como construcción de comunidad. Evitemos alumbrar la solidaridad como fin en sí mismo y evitaremos también escupir en la cara de quienes merecen una construcción digna de comunidad.