El Tao del Educador Revolucionario (parte 2: relaciones humanas)

Las relaciones humanas como parte de un proceso educativo revolucionario…

Hablar de relaciones humanas, a pesar de lo poco consideradas que son, hoy en día es común. Siempre está en boga de un sistema que depende mucho de ellas para su pleno desarrollo (a costa de los que son siempre menospreciados) porque es ahí donde se construyen las ideas, donde se pone en terreno la microfísica del poder, porque es ahí donde pueden ocurrir los cambios más significativos. Controlar eso con el silencio, el desdén o la imposibilidad de efectuar un trabajo político de contra a través de la coerción es imperativo para que ninguno de los discursos que aplican sea posible de ser modificado y es por eso mismo que haré un apartado sobre relaciones humanas.

Comencemos con el hecho de que es trillado.

Enfrentar las relaciones humanas es enfrentar también una industria cultural que crea consumo a partir de ella, a través de estrategias que mantienen a la gente dentro de su casilla pero aliviándola intermitentemente de roces y problemas domésticos que la estresan. (ejemplos: libros de autoayuda, énfasis constante de las habilidades blandas sin analizar el contexto ecológico, fármacos psicotrópicos, etc). Eso también significa explotar términos que se repiten constantemente en el ambiente (a través de los medios de comunicación, a través de las relaciones laborales, etc) con lo que se pierde el sentido de novedad al momento de apelar a ellas.

Ese sentimiento de vacío o superficialidad que uno experimenta a la larga también crea un obstáculo, un hartazgo. Es en ese campo donde uno tiene que modificar.

¿Cómo? cambiando la conducta asociada a la comunicación de esas estrategias.

Las anteriormente dichas enfatizan órdenes verbales cuasi textuales, siempre directas e imperativas (como si de órdenes se tratase) y lo podemos graficar acá en una lista:
– “sé más positivo”
– “si trabajas en grupo, entonces tu productividad mejorará
– “toma la pastilla para que te sientas mejor

Cuando se trata de libros, por ejemplo, la cosa cambia un poco:
” Pero, por más que entonces anhelemos desconectar, lo que realmente necesitamos es una visión más positiva ” (Goleman, 2014 p.93)
” El hombre es infeliz porque no sabe que es feliz. Sólo por eso” (Dostoievski, 1875 ; citado por Watzlawick, 1988).
Primero procure comprender y después ser comprendido” (Covey, 1993 p.46)

Aquí hay diversas visiones sobre lo que es más apropiado: uno enfatiza el discurso actual de “positividad por sobre todo”, el otro cita a un autor famoso para dejar en claro nuestra “intrínseca incapacidad” de nosotros mismos encontrar modelos apropiados y el último, en un tono corporativista, enfatiza siempre subordinarnos (¿a quién?) para luego expresar nuestras quejas (a un sistema comunicativo desigual, donde nuestra petición no tendrá el mismo impacto o se aplazará, teniendo que comprender siempre y no solo una vez para luego ver la posibilidad si se me comprende o no, al menos una vez).

Injusto, ¿no?

Sin embargo, a la larga este pequeño análisis no basta porque, en realidad, lo mejor es hacer un análisis del discurso de todos estos textos para que fuera más seria nuestra conclusión (que la podemos, eso sí, dilucidar). Sacar frases de un extracto que en realidad es más largo puede conducirnos a ideas prejuiciosas sobre el sentido que tenían estos autores. Lo que realmente importa acá es decir ¿qué estamos haciendo con los consejos que podemos acceder para mejorar nuestras relaciones humanas? ¿atacamos el fondo del problema?

Y ese fondo del problema son las actitudes que sustentan el sistema de producción económica. Los cambios sociales más marcados tienen que ver con la forma individualista en la que estamos llevando nuestras relaciones en base a los preceptos que hemos estado adquiriendo de una cultura consumista, individualista y perseguidora del éxito por sobre cualquier cosa. El otro que no puede se encuentra en la duda de sumarse a pretensiones sociales que lo atan a deudas, lo estresan y lo deterioran aún incluso sabiendo estas consecuencias (en comparación a quien tiene el poder adquisitivo o el privilegio). Hay algo más importante que obtener (a pesar del costo) que es la sensación de estar bien constituido en el juego, en este juego en que se convirtió vivir en la sociedad actual.

En vez de trazar un plan educativo revolucionario que se sume a esta unidimensionalización del discurso de las relaciones humanas, comencemos entonces por ir en aquellos lugares donde existen dificultades para establecer relaciones humanas sanas y que han sido ignorados por la hegemonía (personas en situación de discapacidad, colectivos de género, adultos mayores, etc) y desde la vivencia, desde la experimentación de un refuerzo social que siempre lo veré puesto que ya no lo estoy ignorando, está ahí en el escenario, es como puedo trasladar un esfuerzo por construir relaciones humanas que funcionen, pero que no funcionen para el mismo sistema que nos enferma sino para una nueva comunidad.


Bibliografía Citada

Covey, S. R. (1993). El liderazgo centrado en principios. México, D.F.: Paidós

Goleman, D. (2014). Focus: El motor oculto de la excelencia. México: Ediciones B

Watzlawick, P. (1988). El arte de amargarse la vida. Barcelona: Herder.


 

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El Tao del Educador Revolucionario (parte 1: definiciones ecológicas)

Comenzaremos el post con algo bien simple.

Cuando hablamos de “revolucionario” tenemos que primero hacer el alcance de que tal palabra, en estos días, ha adquirido una fama perniciosa. Y no es (solo) el fascismo el mayor de los problemas, sino los aspectos más blanqueados y antisépticos de los grupos “ciudadanistas” los que han trasladado el concepto de “revolucionario” a un continuo desdén por su uso en el lenguaje oficial.

Pero sabemos que las acciones que atacan el fondo de los problemas sociales no necesariamente son dichas y hechas bajo el lenguaje, la nomenclatura, oficial. Lejos de expectativas comunicativas superficiales, los cambios que como individuos provistos de una consciencia popular en desarrollo logramos crear pueden pasar por pequeños ante esta mirada constante por hacer de lo macro lo único visible, por sobre todo lo demás, pero no por ello dejan de existir.
Es más, su definición de “existente” tiene directa relación, en mi opinión, al grado de significancia que adquiere en la vida popular (quienes conviven en ellas) y eso puede estar acotado a las demografías que sean.

Por eso, en tanto somos capaces de crear trabajo territorial, nuestras acciones pueden caer de cajón en la definición de actos revolucionarios.

Quien elije como camino de vida (incluso si no logra ser permanente) la creación de actos revolucionarios no puede negar que, en si mismo, está realizando actos conducentes a una revolución en el sistema de gestión de la vida de las personas; los que pueden convertirse en una alternativa sólida a las formas de vivir que terminan tomándose por únicas y ciertas bajo los preceptos del capitalismo (o de quienes dependen únicamente de aprovechar individualmente unos pocos recursos por sobre los demás). Somos mucho más en términos de creatividad que lo que comúnmente termina siendo enajenado y mucho más también que aquella visión reduccionista de participación ciudadana predominante en la izquierda mainstream actual.

En tanto ese camino crece y la persona que lo toma adquiere instrucción y aprendizaje tiene la oportunidad de entrar en el conflicto por el aprovechamiento de los recursos de manera más consciente hasta que, por fuera de todos los sistemas de dominación, es capaz de hacer frente a sus viejos hábitos y lograr la plena autonomía. Cuando eso ocurre, es innegable que desee (desde un punto de vista de especie social) asociar esa autonomía a una búsqueda de tipo ecológica, cuyo fin se expanda para otras personas que conviven con ella y que pueden, en conjunto, lograr mucho más incluso que el mero poder individual (aún plenamente autónomo). Tal búsqueda requiere capacidad de penetración del vivir en común, empatía y, sobre todo, entender que todo trabajo territorial tiene tras de sí un propósito multifactorial (como en cualquier sistema ecológico).

Si tomamos en cuenta este aspecto, tras la formación de nuevos esquemas existe tras de sí una nueva figura: la del educador revolucionario.

Entonces, comenzaremos.


Primer aspecto del educador revolucionario: la aceptación de su papel como agente revolucionario. 

Lo primero que debe entender cualquier persona que se embarque en la aventura de efectuar un cambio profundo en la comunidad en la que vive es que, de ahora en adelante, todas las rutas y tareas cognitivas que realice tendrán un posible efecto de cambio en ella. Tomar la vanguardia significa pasar a tomar un papel activo y como su nombre lo indica, la actividad significa un continuo movimiento que predisponen siempre hacia la construcción de algo nuevo. Ese “algo nuevo” no puede germinar si dentro de ella no existiese un deseo político, en tanto ese deseo pretende mantenerse estable históricamente hablando.

Hablemos por ejemplo del medio ambiente. Supongamos que un problema grave que me afecta a mí y a mi barrio es la continua contaminación ambiental que tengo que soportar por vivir en un sector demográfico condenado a priori a recibir los desperdicios y los efectos del “progreso” industrial en mis narices y que, además de eso, se tenga que convivir con otro problema: los microbasurales. O sea, ecologicamente soporto 2 desamparos: el de la sociedad hacia mí, y la de mi propia comunidad hacia todos los que viven en ella. ¿Qué es lo más urgente? ¿por dónde puedo comenzar? ¿no sería mejor que en vez de continuar con la tradición de joder al más desamparado y de ser cómplice de todo ese estilo de vida se comience por cuestionar que estamos repitiendo el mismo patrón y que, aún peor, no repercute en ningún beneficio?.

¿Que es peor que exista un otro que unilateralmente ostente el orden de los discursos? el silencio de las comunidades que no solo repiten, sino que también replican los mismos actos y sin siquiera obtener un beneficio sino perjuicios hacia su propio ambiente. La gente no lo cuestiona, los demás solo repiten el patrón y el deterioro que ya se tolera crece como un ejemplo vivo de despreocupación y educación: ¿para qué debo preocuparme si ya estoy siendo contaminado?.

Por eso el trabajo revolucionario aquí tiene un fuerte componente educacional: restituir un mejor hábito político es luchar contra actitudes hegemónicas, difíciles de cambiar y pasar un buen tiempo estudiándolas y actuando para que logren cambiarse y signifiquen algo en la ya deteriorada forma de concebir la comunidad. Quien acude a ese cambio debe aguantar, sin embargo, sus deseos de culpar al otro por su intento de adaptación que, si bien son negativos, ejemplifican un proceso psicosocial de desapego que jamás logra explicarse 100% como culpa individual sino que obedece a un proceso de enfrentamiento contra el dictamen político actual y que fracasó.


Ese es otro punto que el educador social debe enfrentar. el coping o proceso de enfrentamiento.
Hasta el próximo post!

 

Autocrítica de los jóvenes revolucionarios.

Los jóvenes revolucionarios…

A veces son hijos de los cada vez menos obreros, aun no se desligan de los términos marxistas… de los días de Marx

Otras veces eran hijos de papá, que se dieron cuenta de lo triste que es pertenecer a sus clases sociales, algunos lograron salir de ella, otros intentan en vano hacerlo, Hablaban más de lo que actuaban.

Otros reniegan de toda clase social y tratan en vano de llegar a la marginalidad, denostan a otros jóvenes revolucionarios mientras se reclutan para la guerra social

Otros se la pasan estudiando, y dan un matiz positivista, o al revés, postmoderna, a su visión de la lucha.

Algunos también, se cambian de sexo, dejan de comer carne o dejan la vida urbana y se establecen en el bosque, cual Unabomber.

Y algunos otros, siguen a las ideologías para hacerse carrera política.

Hay cientos de arquetipos más para todos y todas las jóvenes revolucionarias, algunos acusan más lucha y calle que el otro, otros se desentienden, las peleas de egos son notables entre dirigentes, entre activistas y simpatizantes. Las ideas se polarizan a la par que la gente comienza a decantarse por una manera de hacer las cosas. Muchas veces se dice que se deben respetar todas las opciones, pero aquellas palabras de buena crianza se deshacen con los choques entre estos mismos, nunca llegan a unirse en pos de combatir el enemigo común, quien se ríe en lo alto por su ineficacia.

Que triste es, que un puñado de jóvenes revolucionarios no conozca sus límites, es que ser joven no se trata de fijar límites… sería extraño entonces abogar por un poco de razón sabiendo de esto, la autocrítica eso si, no requiere tanta racionalidad, a veces es una cosa del corazón. Muchos de estos se petrifican, ya no sienten el calor del humanismo, se decantan en consignas para ellos mismos y toman a las personas como lienzos en blanco, cual empiristas. Cometer ese error está en los planes de cualquier vida política de cualquier joven revolucionario dispuesta a experimentar la lucha en todos sus ámbitos. Negar eso, demonizarlo, sería un error.

Pero no esperaría que un joven revolucionario se excusase con semejante argumento, no es menester vivir en el país de los que siempre tienen la razón. La debilidad es muy mal entendida, pero bueno, eso también es parte de las etapas del joven revolucionario.

La capacidad de autocrítica siempre es una habilidad apreciada en todas partes, no de forma arbitraria, pero apreciable de todas formas en cualquier contexto social, el principio de mejora constante capitalista acá se deforma, se convierte en una habilidad metacognitiva, al servicio del pueblo, sin los términos new age, sin los adornos publicitarios. Es una herramienta excelsa, que otorga más inteligencia a quien la toma como hábito. Un joven revolucionario, me atrevería a decir, con capacidad de autocrítica, jamás dejará de ser revolucionario.

Después de todo, revolucionar es volver a crear.