La Desgracia de ser niña/niño en Chile

El perdón genuino no niega el enojo sino que lo enfrenta de frente
(Alice Miller)

Hoy procesarán al autor de uno de los más brutales casos de violencia y violación ejercidas a una menor en Chile; el caso de Ámbar Lazcano en Rinconada de los Andes nos demuestra una vez más el proceso histórico que no ha parado desde que Chile se constituyó como nación. En manos de una violencia estructurada y enfocada principalmente en aquellos más débiles, la infancia chilena ha sido blanco de incontables abusos y tragedias desde que, irónicamente, un “guacho” nos alzara como país independiente hace más de 200 años, mientras que la élite criolla abrazó, a través de las épocas, diversas pedagogías que han mantenido a los niños como objetos de incontables vejaciones.

Esa violencia directa, negligente o anclada en el desdén hacia el otro han provocado que se desarrollen hábitos de desconsideración hacia las vivencias extremas que los niños y niñas (y sobre todo ellas) experimentan, haciéndolas parecer como normales e inevitables. El peor destino que puede ceñirse hacia la infancia es el de una fuerza que nos parece imparable y de la cual solo podemos ejercer justicia cuando las consecuencias acontecen y nunca antes.

Comenzando con el hecho de que los medios de comunicación, en su afán de estar en la contingencia, han publicado diversas noticias con el rótulo de la “pequeña Ámbar” sin siquiera mencionar su apellido, sin hacer el ejercicio de mostrarla como una ciudadana (como tod@s nosotr@s) en vez de una niña más que apareció de la nada (porque esa es la sensación que da, sobre todo entendiendo que así de brutal es la desensibilización de la infancia en Chile: los niños y sus problemas están en la nada). Una ciudadana que fue violada y golpeada hasta la muerte por un hombre, un político, que también deliberadamente pasó a constituir el aparataje político macro que mantiene en la desgracia a nuestra infancia a través de organismos negligentes (a priori) que descuidan cada aspecto del ciclo vital del niño y de su cuidado. La historia de Ámbar llega a ser, desgraciadamente, en una crónica de la muerte anunciada que se ciñe en aquellas y aquellos que tuvieron (una vez más) la desgracia de nacer en una familia disfuncional, pobre y aquejada de un desplazamiento social notoriamente deliberado, por todo lo dicho acá.

Y así pasa en la más conmovedora de las miserias, en los segmentos medios y altos la violencia también persiste en conductas cada vez más elaboradas y sutiles, que mantienen a la infancia en la desgracia de experimentar abusos socialmente bien vistos (como el maltrato psicológico, el estrés permanente por hacerlos destacar por sobre cualquier ámbito, los regalos constantes para suplir el cariño que nunca tienen, etc). Vivencias aún más silenciadas e ignoradas por una sociedad exitista que los quiere como nuevos referentes de la misma maquinaria que generará, a su vez, nuevos ciclos de violencia.

En respuesta a cuando las cosas se salen de control y terminan por penetrar de manera chocante en nuestras vidas, la solución que se pide a gritos parecen ser grados aún mayores de violencia: la pena de muerte, como pretensión de la restitución del estado de derecho perdido, no toca absolutamente nada de los puntos que están generando actualmente niños abusados y adultos que a la larga abusarán también de niños. Solo ahoga en su impacto mediático a otras demandas que tratan de ir al punto del asunto y, que por ser contrarias a la hegemonía actual de la crianza infantil, son despreciadas y anuladas.

Sin embargo, parece ser que el rol de aquellos y aquellas que han estado de acuerdo en no considerar la pena de muerte ha sido, por lo menos, circunstancialista: cada vez que ocurre un caso como el de Ámbar vienen los repudios, vienen los llamados a no salirnos del rol civilizador que el poder judicial tiene como objetivo, vienen las comparaciones políticas a puntos de vista más conservadores y más ligados a la misma violencia ejemplificada aquí para calmar el ímpetu vengativo, pero esos llamados, esas citas a las fotocopias de ciencias sociales son hechos principalmente de momento. Lamentablemente, el trabajo territorial necesario no se condice con la cantidad de discursos elaborados cuando el desastre llegó. Los niños no solo son violentados directamente como objetos pretendidos sin derecho sino que también son, a su vez, un objeto de comtemplación: del burócrata que ahoga las posibles soluciones, de l@s activistas cobardes que no aplican sus conocimientos suficientemente, del(a) intelectual que prefiere el espacio seguro de su universidad a salir a enfrentar la realidad, de nosotr@s que preferimos seguir siendo egoístas y seguir viviendo nuestra vida de la forma más hedonista e ingenua que podamos para así no estar siempre metido en disonancias cognitivas. En vez de eso, el asunto es seguir sin deconstruir lo que nosotros conocemos como estado de derecho: defender el civismo de un sistema perverso es una contradicción tan fácil de entender que incluso aquella furibundia tachada como bárbara es capaz de entenderla y de considerarla cínica: para ellos significa una razón más para evidenciarlos y considerarlos obsoletos de toda consideración.

Estas disonancias enojan, enfurecen pero su efecto es momentáneo, tanto como los esfuerzos que parecen difuminarse como una acuarela que no logra pintar suficientemente el lienzo de lo que nosotros conocemos como “crianza respetuosa”. El enojo, sin embargo, perduró en la historia para recordarnos que hemos estado dando demasiados palos de ciego porque eso sigue siendo resultado de años y años de desconsideración. La rabia inunda, nubla pero también existe, negarla sería seguir utilizando la misma táctica que ha originado este problema para meterse debajo de la alfombra. Los niños se han llenado demasiado de ese polvo como para seguir cometiendo los mismos errores.

Tal vez, una solución sea considerar ir al origen de la palabra “des-gracia”: aquella virtud ausente de la cual sentimos pena al referenciar a una persona o grupo en particular tiene un correlato demografico, ese ausente, somos nosotros. ¿cuánto más estaremos dispuestos a estarlo?.

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El Tao del Educador Revolucionario (parte 1: definiciones ecológicas)

Comenzaremos el post con algo bien simple.

Cuando hablamos de “revolucionario” tenemos que primero hacer el alcance de que tal palabra, en estos días, ha adquirido una fama perniciosa. Y no es (solo) el fascismo el mayor de los problemas, sino los aspectos más blanqueados y antisépticos de los grupos “ciudadanistas” los que han trasladado el concepto de “revolucionario” a un continuo desdén por su uso en el lenguaje oficial.

Pero sabemos que las acciones que atacan el fondo de los problemas sociales no necesariamente son dichas y hechas bajo el lenguaje, la nomenclatura, oficial. Lejos de expectativas comunicativas superficiales, los cambios que como individuos provistos de una consciencia popular en desarrollo logramos crear pueden pasar por pequeños ante esta mirada constante por hacer de lo macro lo único visible, por sobre todo lo demás, pero no por ello dejan de existir.
Es más, su definición de “existente” tiene directa relación, en mi opinión, al grado de significancia que adquiere en la vida popular (quienes conviven en ellas) y eso puede estar acotado a las demografías que sean.

Por eso, en tanto somos capaces de crear trabajo territorial, nuestras acciones pueden caer de cajón en la definición de actos revolucionarios.

Quien elije como camino de vida (incluso si no logra ser permanente) la creación de actos revolucionarios no puede negar que, en si mismo, está realizando actos conducentes a una revolución en el sistema de gestión de la vida de las personas; los que pueden convertirse en una alternativa sólida a las formas de vivir que terminan tomándose por únicas y ciertas bajo los preceptos del capitalismo (o de quienes dependen únicamente de aprovechar individualmente unos pocos recursos por sobre los demás). Somos mucho más en términos de creatividad que lo que comúnmente termina siendo enajenado y mucho más también que aquella visión reduccionista de participación ciudadana predominante en la izquierda mainstream actual.

En tanto ese camino crece y la persona que lo toma adquiere instrucción y aprendizaje tiene la oportunidad de entrar en el conflicto por el aprovechamiento de los recursos de manera más consciente hasta que, por fuera de todos los sistemas de dominación, es capaz de hacer frente a sus viejos hábitos y lograr la plena autonomía. Cuando eso ocurre, es innegable que desee (desde un punto de vista de especie social) asociar esa autonomía a una búsqueda de tipo ecológica, cuyo fin se expanda para otras personas que conviven con ella y que pueden, en conjunto, lograr mucho más incluso que el mero poder individual (aún plenamente autónomo). Tal búsqueda requiere capacidad de penetración del vivir en común, empatía y, sobre todo, entender que todo trabajo territorial tiene tras de sí un propósito multifactorial (como en cualquier sistema ecológico).

Si tomamos en cuenta este aspecto, tras la formación de nuevos esquemas existe tras de sí una nueva figura: la del educador revolucionario.

Entonces, comenzaremos.


Primer aspecto del educador revolucionario: la aceptación de su papel como agente revolucionario. 

Lo primero que debe entender cualquier persona que se embarque en la aventura de efectuar un cambio profundo en la comunidad en la que vive es que, de ahora en adelante, todas las rutas y tareas cognitivas que realice tendrán un posible efecto de cambio en ella. Tomar la vanguardia significa pasar a tomar un papel activo y como su nombre lo indica, la actividad significa un continuo movimiento que predisponen siempre hacia la construcción de algo nuevo. Ese “algo nuevo” no puede germinar si dentro de ella no existiese un deseo político, en tanto ese deseo pretende mantenerse estable históricamente hablando.

Hablemos por ejemplo del medio ambiente. Supongamos que un problema grave que me afecta a mí y a mi barrio es la continua contaminación ambiental que tengo que soportar por vivir en un sector demográfico condenado a priori a recibir los desperdicios y los efectos del “progreso” industrial en mis narices y que, además de eso, se tenga que convivir con otro problema: los microbasurales. O sea, ecologicamente soporto 2 desamparos: el de la sociedad hacia mí, y la de mi propia comunidad hacia todos los que viven en ella. ¿Qué es lo más urgente? ¿por dónde puedo comenzar? ¿no sería mejor que en vez de continuar con la tradición de joder al más desamparado y de ser cómplice de todo ese estilo de vida se comience por cuestionar que estamos repitiendo el mismo patrón y que, aún peor, no repercute en ningún beneficio?.

¿Que es peor que exista un otro que unilateralmente ostente el orden de los discursos? el silencio de las comunidades que no solo repiten, sino que también replican los mismos actos y sin siquiera obtener un beneficio sino perjuicios hacia su propio ambiente. La gente no lo cuestiona, los demás solo repiten el patrón y el deterioro que ya se tolera crece como un ejemplo vivo de despreocupación y educación: ¿para qué debo preocuparme si ya estoy siendo contaminado?.

Por eso el trabajo revolucionario aquí tiene un fuerte componente educacional: restituir un mejor hábito político es luchar contra actitudes hegemónicas, difíciles de cambiar y pasar un buen tiempo estudiándolas y actuando para que logren cambiarse y signifiquen algo en la ya deteriorada forma de concebir la comunidad. Quien acude a ese cambio debe aguantar, sin embargo, sus deseos de culpar al otro por su intento de adaptación que, si bien son negativos, ejemplifican un proceso psicosocial de desapego que jamás logra explicarse 100% como culpa individual sino que obedece a un proceso de enfrentamiento contra el dictamen político actual y que fracasó.


Ese es otro punto que el educador social debe enfrentar. el coping o proceso de enfrentamiento.
Hasta el próximo post!

 

El “Tener y Ser” de Erich Fromm Aplicado a La Búsqueda de Igualdad Social

Erich Fromm no era un mal filósofo

Era algo así como la cara más amable de la Escuela de Frankfurt antes de salirse de ahí, era la segunda referencia luego de Marcuse para relacionar marxismo con psicoanálisis, de prosa abierta y fácil de leer sus temas no eran tan simples como a veces pensamos que ocurre al compararlo con el resto de sus colegas judeoalemanes, e incluso tiene un libro re contra conocido por todos (no diré cuál es) donde pone en práctica una visión dialéctica del amor, desprovisto del ideal de ego tan común en aquel entonces  gracias a lo que nosotros conocemos como “sociedad industrial contemporánea”.

En este caso, cuando hablamos de “Tener y Ser” (una de sus obras) nos referimos a un sistema donde nosotros extrapolarizamos las conductas cotidianas heredadas de los patrones económicos (Weber daría una cátedra entera sobre eso) a cosas demasiado delicadas éticamente para ser tratadas como cosas. Pero se hace, se nos enseña a obtener un montón de cosas cosificándolas (no importando si son sentimientos, emociones, opiniones, visiones de justicia, etc) o bien nuestras conductas asociadas a “querer tener” son recompensadas y mejor valoradas por los aparatos industriales contemporáneos que refuerzan el sistema (como la comunicación de masas, por ejemplo) y las desarrollamos para luego fetichizarlas como objetos de mero y solo placer instrumental. Todo esta comprensión pasa por sobre cualquier marco utilitarista que pretenda ver con inocuidad tal aspecto del ser humano contemporáneo y es por su complejidad que deberíamos tomarnos la molestia de pensar un poco sobre esta idea.

Somos adoctrinados la mayor parte del tiempo y desde la más temprana infancia bajo sistemas educativos que privilegian el almacenamiento pasivo de conocimientos, luego, cuando vamos ganando más autonomía, tratamos de obtener más conocimiento como los seres humanos que somos a través de representaciones cognitivas que configuran la realidad en la que vivimos y la manipulamos de distintas formas (simbólicamente, enactivamente, etc), pero en tanto este proceso cognitivo se tiñe de una lógica de razonamiento instrumental y se extrapolariza en aquellos aspectos donde no existe un diálogo de comprensión ética necesario (como en el género o en los roles parentales, por ejemplo) en tanto va cosificando aquello que nos es intangible, pero que necesitamos manipular para ejercer poder o disponer de él fácilmente y de forma socialmente adecuada (con todo lo que esto implica).

En el caso de los conocimientos, si estos corresponden a áreas deseadas o con estatus social (como la ingeniería o la medicina) el hecho de poseer el conocimiento adquiere un simbolismo poderoso por sí mismo y refleja poder hacia los demás, muchas veces, aplicado de forma déspota y cínica para mantener lo que fue otorgado (o ganado, o invertido). De eso se trata la educación del tener, las personas conocen los conceptos pero su aplicación se basa principalmente en el grado de contenido que almacenan de memoria (o en una cuenta bancaria) y pueda ser medido, probado por fórmulas, certificados u organismos que corroboren el poder y orden del discurso de quién “tiene” el conocimiento. Y por lo general, quienes “tienen” el conocimiento más valorado son quienes pueden pagar más por ello y sin necesariamente coincidir con ser un contenido intelectualmente de calidad, aunque en la realidad se trate de convencer a todos de que es lo contrario y sea lo que pese en situaciones clave de la vida (sobre todo en países occidentales).

En cambio, la educación del ser significa que el contenido que has aprendido no es una mera ostentación sino que penetró y es parte inconsciente del propio conocimiento, manifestándose de forma fluida en las situaciones que uno quiera y sin una importante carga cognitiva de costo para quien la manipula. Por lo general, corresponde a un conocimiento enactivo o también procedimental. En el caso de Fromm, este conocimiento es más metafísico y menos vinculado al ego (y de sus fetiches y trastornos sociales), es más, desde un punto de vista budista, aquel conocimiento se vuelve así como decirlo,  en “una parte de uno mismo”. Un concepto parecido y más profundo es el de “Dasein” o (ser en la existencia) de Martin Heidegger. Como ejemplo, podemos reconocer a una persona que sabe ocupar fórmulas matemáticas para crear edificios como un gran matemático, sobre todo si sabe calcular muy rápido, pero por otra parte, cuando conocemos a una persona que es capaz de aplicar el conocimiento matemático en situaciones creativas e inesperadas y sin necesidad de plantearse problemas hipotéticos instrumentales rebuscados, entonces lo consideramos un genio. El construye su realidad de una manera no dependiente en su totalidad de lo instrumental.

Por lo general, el sistema, sabiendo que “ser” implica aplicar el conocimiento de formas más impactantes y eficientes, trata de lograr la transición de “tener a ser” a través de la instauración de hábitos, fórmula que implica afortunadamente para ellos no redundar necesariamente en los aspectos más humanos de la gente, ya que deposita su poder en la implantación constante de una conducta deseada a través de la instrucción (institucionaliza, maquinizada), muchas veces repitiendo hasta que se obtiene la espontaneidad generalizada (de conducta meramente) o bien observando a los demás hacerlo para aprender de forma vicaria y, si el niño es lo suficientemente inteligente, con motivación intrínseca de por medio.

Es ahí donde ocurre un problema, el proceso de “ser”, implica el reconocimiento de una postura ética importante hacia el respeto de las demás personas y seres vivos que no pueden ser visualizados como meros objetos. Sin la ética humanista de Fromm, su concepto no podría visualizarse adecuadamente, la lucha es hacia el concepto mismo de “tener” como requisito fundamental de ser algo de valor para la sociedad, quien instaura el fetiche para propiciar el consumo de cosas que muchas veces son innecesarias o vagas racionalmente hablando o simbólicamente hablando, o bien, en camino a una aplicación del poder neurótico, cosificamos a otros grupos de seres humanos para servirnos del sistema como es la cosificación hacia la mujer, hacia los niños, hacia los inmigrantes o la gente pobre.

La búsqueda de igualdad social, por tanto, no puede traducirse en buscar “tener calle”, buscar “tener la razón”, buscar “tener un poco más de igualdad que el otro”, tener “olor a pobre”, tener “la cultura de otros”. No se trata de creerse periférico, no se trata de buscar el reconocimiento social como agente político que quiere que los demás lo erijan como líder o saciar el sentimiento de culpa por pertenecer a una clase social dominante o privilegiada . No se trata de etiquetas, no se trata de buscar lo “único y verdadero”, no se trata de buscar “tener la fórmula”, no se trata de tener el léxico de los oprimidos para luego hablar de que “el lenguaje crea realidades” y salvar tu alma de la responsabilidad.

Es un asunto más complejo que simplemente tener, poseer.

 

Cuando el Abajismo Resulta ser una Falta de Respeto

El fenómeno abajista en Chile tuvo su gran apogeo de fines de la década pasada. La PSU como instrumento de selección (de segregación, las estadísticas lo confirman) dejó a las universidades del CRUCH con una masa más alta (demográficamente hablando) de estudiantes provenientes de estratos sociales más altos, o bien, culturalmente y económicamente aspiracionales. Sin embargo, la enorme tradición política de izquierda que ha (sobre)vivido en las universidades estatales y otras privadas, donde se pudo replicar con relativa facilidad, ha configurado contextos donde se puede conocer y comprender aspectos de la consciencia social que pueden ser trabajados con otros compañeros que, por lo general, son de estratos sociales más bajos.

A raíz del aumento más notorio de estudiantes económicamente más aventajados, muchas de esas personas provenientes de la clase media-alta/alta que llegaron a estudiar a estas universidades por su prestigio o tradición tuvieron que también adaptarse al contexto o bien lograron despertar una suficiente consciencia social que servía sobre todo para salir del paso en conversaciones y carretes. Luego se configuró en algo que rodeaba la vida en común de estas personas y mutó simbólicamente en aspectos como la ropa, la música, las preferencias a la hora de ver televisión (decir “no veo tele” es el colmo de lo pedante), el lugar donde uno aloja, etc. Es así que, esta persona que vivía en el barrio alto de sus ciudades (Santiago, ahí se configuró todo) comienza a sentir culpa del estilo de vida que se estaba configurando anteriormente y su culpogenia lo insta a tener que abrazar todo lo que rodea al pobre y a su cultura, además de todos los aspectos donde este se moviliza y realiza su vida (el “Habitus” de Pierre Bourdieu) para copiarlas y hacerlas suyas también (como una redención, como una defensa incluso a la segregación) pero irónicamente de manera superficial, o por lo menos a un nivel suficiente para pasar piola en la universidad. A estas personas son a las que peroyativamente llamamos (yo también, me cargan) abajistas.

De pronto, cambiamos la Corona por la Baltiloca, a Dj Tiesto por la Bachata y el Reggeatón Old School (y no puede ser el actual, no puede ser Ñengo Flow), a Skins (pa los más viejos) o a GoT por las teleseries de TVN de los 90-principios del 2000 de Vicente Sabatini (década a la que también vanaglorian por haber sido la última en tener la autenticidad de pueblo que tanto vanaglorian también) como Sucupira o El Circo de las Montini, al carrete en Algarrobo por el carrete en Valpo (el cual hay que alumbrar por sobre todas las cosas) y así se va configurando un cambio de habitus, el cual uno no pensaría que fuera nocivo.
Es más, cuando uno se refiere a un abajista, lo primero que salta a la luz luego de tal acción es un intento moral por defender el derecho de cada uno de ser como es y tolerarse unos con otros y no amargarse por ello. Lo cual no es malo, de hecho, no nos debería importar si su pará es superficial o no…

Pero cuando esto se configura como una hegemonía, cuando esto comienza a desplazar a las personas que viven en los barrios periféricos que esperan ansioso al abajista (hablamos desde el egocentrismo) para darle el título de “tení calle”, cuando se hace del pobre un ideal de “noble salvaje” y se comienza a farandulizar cualquier demanda social, como si tuvieran que estar condenados a ver de por vida teleseries y chismes que dejaron de ser algo malo y, por tanto, deben dicotómicamente ser considerados como necesarios por aquellos con mayor acceso a la educación o al poder que ellos sin ningún sentido crítico (lo cual es paternalista), cuando se hace de la vida del pobre una industria cultural que la cosifica y la vuelve un cuadro en la pared (no es irónico que toda esta búsqueda de aspectos culturales se realice profundizando en la televisión, en lo que los grupos más aventajados fenomenológicamente construyen sobre los pobres y no los pobres mismos), ahí, ahí sí que se convierte en un problema.

Es ahí cuando el abajismo resulta ser una falta de respeto.

Y no lo digo defendiendo al otro sector que se jura más auténtico con sus frases diarias de Julio Cortazar en Facebook o sus poleritas del Che Guevara y sus cánticos revolucionarios que no salen aun de las cuatro paredes de sus universidades, hablo desde el corazón de alguien que vivió y convivió en un barrio que sin embargo tiene que mamarse toda la gentrificación porque de a poco llegan estas personas a vivir con sus ideales santos a purificarse de la cuiqueria anterior de sus vidas, subiendo el valor de las casas, atrayendo a otros como ellos y destruyendo la anterior configuración cultural que se resistió a los nocivos cambios del presente que la erigieron como “vida de barrio” por la que ellos traen de vuelta de las aulas, sin conocer un carajo de la realidad pero ansiosos por descubrirla para ostentarla después piolamente.

Pero eso es solo una arista

El abajismo es una falta de respeto porque es como un despotismo ilustrado, un “con el pueblo pero sin el pueblo”. Su carácter, como dije antes, es superficial, toma del habitus de los sectores sociales bajos que ellos seleccionan (como el sector norte o San Bernardo) lo que ellos consumen y lo consumen ellos también perdiendo de vista cómo esto se desarrolló como una búsqueda cognitiva de ellos mismos para construir sus costumbres de manera que fuera significativo en sus vidas (y que el arribismo, la contraparte, siempre quiere negar y desaparecer). Algunos, sin embargo, sí logran comprenderlo pero no deconstruyen, hacen de su propiedad la contienda en el sentido de tener y no de ser.

Por eso, cuando algún abajista diga con orgullo que “es periférico”, desconfía y di en tu cabeza que en realidad “tiene periferia” como quién tiene un celular o una camiseta. Es mejor ínstalo a que con humildad reconozca que puede hacer apreciaciones beneficiosas para su comunidad, de maneras mucho más trascendentes que acongojándose de cada uno de ellos por tener un cuadro de Felipe Camiroaga en la pared del living de sus casas.