Los Certeros Ojos del Cancerbero: La Búsqueda de Libertad frente a la Hipersensibilidad

Son tiempos difíciles para quién busca libertad

Tiene a su mano un montón de símbolos y discursos para adquirir y decir (y mostrar) que la está buscando, tiene a su mano un montón de estos (que ya fueron unidimensionalizados, y por tanto, reproducidos sin parar) para pegarse en la mochila, en los espacios de su red social, en sus bicicletas o autos y en el coche de sus hijas. El acceso es fácil y sin embargo, tiene que lidiar con los cancerberos cuando trata de obtener una respuesta, un significado, en algo que sigue en proceso de volverse unidimensionalizado. Pero es hoy donde hace se más consciente de sus limitaciones, porque sabe que ahora de cometer un error, de abrir mal la boca, podría despertar una aireada reacción que puede pasar como políticamente correcta (porque se unidimensionalizó) y dejarlo en la ruina moral. No hay espacio para una dialéctica negativa, todas las proposiciones anteriores del espectro de la izquierda sobre multiculturalismo, género, sexo, cultura y muchos otros relatos que explotaron en su momento han sido adaptados y son menester de adaptación social contemporánea, hechos siguiendo los esquemas neoliberales de transmisión de la información, donde se homologa lo que es más simple de informar y de producir (aunque no creo, sea determinado 100% a priori por esta). Hoy está en la boca de gente que teme afrontar a su propia clase social, que prefiere el mimetismo; ahora le es más fácil adoptar la figura del wn buena onda y adaptar las luchas de otros sin siquiera verlos a la cara, pero tranquiliza a su vez su consciencia mientras más adecuado está a lo que antes se conseguía mirando a los ojos a una represión horrenda, de la cual, irónicamente y con su mojigatería está reproduciendo sin más ante los otros.

La visión ilustracionista del wn al que hay que enseñarle a no ser facho, sexista o xenófobo está acabando, pero a medias. La educación didáctico-moral de la izquierda del siglo XX perdió fuerza por aquella nueva generación que la tomó como directriz moral superficial, de la cual hacer los respectivos agujeros que toma por ventanas para visualizar el mundo. Sin embargo, detrás de esa casa sin frontera, guarda un cancerbero quien se alza hostil a la consulta, a la duda, muchas veces a la ingenuidad de gente que aun no hace el ejercicio de pensar en un país multicultural, multigénero, etc. Esa hostilidad es tal, que cada vez se censura más sobre temas que necesitan continuamente ser debatidos para seguir generando el conocimiento que una sociedad abierta necesita. No hace falta dar referencias, es cosa de ver las redes sociales y darse una vuelta por cualquier hilo de comentarios en diarios y colectivos para darse cuenta de que las reglas de un debate brillan por su ausencia (y tampoco deseo echarle la culpa a la “inmediatez” de las mismas redes) en tanto se observa una peligrosa escalada de actitud reaccionaria, justificada como protección del mundo ante un conjunto de gente catalogada por estos mismos de peligrosa y fuera del marco ético necesario para integrar a los demás que han sido históricamente aplastados y segregados.

Pero la realidad no otorga consenso frente a este manifiesto, básicamente porque no es verdad.

Ocurre que dentro de todo este ambiente intelectualizado de gente que dice defender a otros, donde se supondría habrían las habilidades comunicativas más básicas puestas en aplicación pasa lo contrario, todo lo contrario. En la realidad, esta gente escasea en los contextos donde son necesarios para construir nuevo tejido social, más bien abunda en otros contextos donde las ideas se retroalimentan en burbujas discursivas fuera del contacto con gente “no iniciada” en los temas que ellos mismos manifiestan son abiertos y necesarios. Por ejemplo,  el ingenuo que no otorga crédito a una mujer con vello en las axilas, sorprendido de lo que acaba de ver, debe también sortear al cancerbero que comienza a adjudicarle actitudes que él aun siquiera no ha podido demostrar, debiendo retirarse sin entrar en conflicto alguno ya que fue acabado sin más.

Son tiempos difíciles para una dialéctica “negativa”. Impera todavía una visión de solución a problemáticas que aparecen formuladas como enfermedades que hay que subsanar, buscando el establecimiento de grupos que velan por curarlas, a una manera casi positivista pero con la publicidad de decirse “antipositivista”. La razón instrumental de buscar formar gente porqué sí para el mantenimiento de un estado de las cosas mutó, se coló en las manos de quienes ahora dicen que son tolerantes bajo el halo de la buena onda y lo politicamente correcto. Tan grande fue su arrogancia que el facho pobre del cual se burlaban, prosiguió en su búsqueda de un representante de sus ideas nefastas hasta que dio con alguien lo suficientemente poderoso y estúpido para aplicarlas con el rigor del poder que anhelaba tener de vuelta. El “partido del orden” del cual Marx hablaba tanto en su “18 de Brumario” buscó una nueva vuelta en la historia como farsa de una posmodernidad que la engendró primero como lucha consciente, como tragedia para quienes “se salían con la suya” en su pensamiento de facho. Se adueñó de un discurso del cual no era fácil teorizar sin llegar al resquemor.

Ese mismo componente era el necesario para sacar en limpio las ideas que podían hacer pensar en una emancipación. De eso se trata la dialéctica “negativa”, no ve en sí misma como una solución para los tiempos, se desapegó de su respectiva visión que pudo haber terminado por heredar del contexto histórico donde se engendró. Hoy, en pleno siglo XXI la dinámica es defender con hipersensibilidad lo que se cree ingenuamente se ha ganado, salvo por las alas más grandes de los idiotas tolerantes que tratan de ejercer de intelectuales orgánicos, recordando que la tarea “no está terminada” pero pecando sin embargo de hacer culto a la tarea misma en vez del catastro de situaciones que demuestran lo contrario, propagando el mismo exceso de pragmatismo que arruina su búsqueda ante los ojos de los demás, quienes los ven como arrogantes.

Mientras tanto, la oleada fascista de reacción resiente esta hipersensibilidad aunque la adora en el fondo, porque fetichiza sus objetivos y los infantiliza, los menosprecia hasta que se vuelven imperceptibles al ojo crítico para luego colarse en las decisiones de los colectivos, quienes se ven fuera de las burbujas dialógicas de los nuevos intelectuales hipersensibles. La visión de construir una realidad basa (aunque no lo determina) en su intercambio comunicativo. El hecho mismo de una sociedad hiperreaccionaria comunica la idea de armarse ante la catástrofe de un debate que quiere explotar pero no encuentra interlocutores. Son tiempos difíciles para la libertad más allá de lo unidimensionalizado solo que ahora los nuevos enemigos son quienes abogan aficionadamente su defensa.

Las aparentes contradicciones que son fáciles de concernir mediante la dialéctica y que otorgan sentido y razón a los relatos cotidianos se van silenciando con la hipersensibilidad política, en cuanto esta impide siquiera su referencia. Si esto sigue así no nos va a extrañar encontrarnos con más Trumps deseosos de vencer lo “políticamente correcto”, a la pragmática ilustrada. Aquel que quiere la libertad de manos de sus cancerberos o de sus esclavistas está acabado, no logró superar la prueba de someter a crítica sus postulados ingresando en el juego político de entablar consensos con otros, fuera de otra visión “buena onda” de hacerlo y tomándole el peso a salir de su zona de confort. Son tiempos difíciles en un mundo Habermaciano de búsqueda de la verdad sin acción comunicativa.

La visión de luchar por un espacio igualitario de comunicación no puede pasar siempre a manos de una turba enfurecida que solo se acuerda circunstancialmente de lo que es correcto para luego reafirmar que son lo politicamente correcto, ese cinismo es fácil de detectar por lo delatable que es, no debemos dejar que se ciña como reacción casi teológica ante lo que considera y determina, con toda la performatividad que implica, en herejías. Esta bien, existe un montón de injusticias que merecen el espacio que la hiperreacción consigue a través de los medios de comunicación por su fuerza, pero no puede permitirsele fetichizarla para conseguirlo, es la misma dinámica ilustrativa de empaquetar las cosas que provocó las más horrendas de las represiones, hoy parecen volver del infierno que nos vendieron no vendrían jamás.

Perspectivas Críticas sobre la “Rehabilitación” de los Presos

Hace algún tiempo, en mis primeros días de anarquista, mi opinión acerca de las cárceles fue bastante negativa por el hecho de limitar la libertad de la gente y de ser una burla de si misma al prometer “rehabilitación” pero ofreciendo espacios mal cuidados y negligentes que difícilmente podrían admitir alguna esperanza de convertir criminales en individuos “activos” para la sociedad (jajajaja, activos). Era una visión bastante idealista del asunto, pero aun así he seguido conservando algunos aspectos positivos de la crítica anarquista hacia las cárceles y el sistema carcelario, teniendo en cuenta eso si, un hincapié en tocar otros temas que abordan críticamente el tema de la “rehabilitación”.

Las cárceles muchas veces ofrecen programas de “rehabilitación” para sus presos, que lamentablemente se alzan como fachada ante los organismos internacionales que las monitorean puesto que en países como Chile, la cárcel se le considera como un centro de aislamiento de criminales potencialmente peligrosos para la sociedad y no como un centro donde aquellos que siguieron caminos delictuales puedan volver a comenzar. Descuidando aspectos como el hacinamiento, la arquitectura, el ofrecimiento de espacios recreativos o de reencuentro con sus familiares o amigos dado que no se ven como prioridades a la hora de construirlas. La cárcel como estructura inspira terror para quien está potencialmente expuesto a ingresar allí como para quienes trabajan en ellas o quienes viven cerca de sus instalaciones, mientras que en otros lugares donde se habla de “rehabilitación” (como los hospitales, las clínicas y los centros comunitarios) las cosas son muy distintas.

Sin embargo, esa “rehabilitación” (propuesta como una alternativa al “saneamiento” de los criminales) cae en contradicciones y es discutible.

Quienes pueden optar a “rehabilitación” por lo general solamente son convictos con antecedentes de buena conducta, que para lograrla, deben sortear la hostilidad de la población carcelaria así como también el hacinamiento y un montón de otros factores que alteran la conducta de quienes viven en ellas (puesto que los estresan). Se escoge con pinzas solo a quienes son vistos con la potencialidad necesaria para dejar el camino del crimen, y sin embargo, de estos escogidos son pocos los que continúan con los programas y logran efectivamente “rehabilitarse”.   Por tanto, tal concepto no es universal ni representa la base del sistema penitenciario mismo.

Hablar entonces de rehabilitación, es ambiguo (y hasta de cartón). Tanto por el hecho de que la mayoría que ingresa a la cárcel no solo no puede optar a estos programas sino que sigue reincidiendo como también por el hecho de que la “rehabilitación” misma encierra inconsistencias con sus propuestas. ¿Rehabilitar en torno a que? ¿a que el preso deje el camino del crimen y trabaje? ¿en que tipo de trabajos podría desempeñarse alguien con antecedentes penales? ¿que tipo de sueldo ganará alguien que presenta tales antecedentes? ¿sera posible con eso romper los círculos de segregación y pobreza de donde estas personas provienen? ¿pesa como alternativa reingresar supuestamente a la sociedad y observar que la alternativa de seguir dentro del lumpen es inclusive más segura para ellos cuando los mismos organismos que promueven la rehabilitación no hacen nada para introducirse en las raíces mismas del lumpenaje y corroborar todo el nivel de segregación en donde se encuentran?

Entonces, esa característica de la “fachada” cobra aun más protagonismo y sentido en un sistema donde a la par de retener individuos que resultan peligrosos por su forma de actuar, suelta a los “rehabilitados” en las mismas zonas donde deberían potenciar ciertos cuidados y derechos primordiales de las personas que viven ahí para evitar que reincidan. Solo podría aumentar el número de personas escogidas y hacer gala de la estadística de una forma lo suficientemente poderosa como para tapar el problema y no dar la impresión de que se les está escapando de las manos. Lo mismo sucede con las medidas de tolerancia cero al interior del poder judicial que a vista del público general parecen medidas ejemplares pero que a la larga incrementan notablemente la población penal, no teniendo necesidad de publicitar sus programas de rehabilitación dado que son medidas populistas. ¿Para que si la gente está feliz cuando meten más gente presa?

Además, la rehabilitación como concepto está anclada a un concepto platonista que antiguamente fue muy utilizado, el cual es el encierro del hombre para educarlo. Concepto que proviene desde los tiempos de los monjes de la edad media que se retiraban lo más posible de la población para realizar sus investigaciones.  Existen similitudes entre el sistema penitenciario y la antigua pedagogía por el hecho de que una prisión es un lugar que se enclava lejos de la población, donde las diversas organizaciones aplican su ortodoxia con la plena libertad que les da el hermetismo. Parte de esa filosofía la podemos ver también en las clínicas mentales y en las escuelas, o en cualquier otro lugar que requiera moldear al individuo.

Pero el hecho mismo de necesitar acabar con la libertad, no es sencillamente poniéndolos en una celda. Es su aislamiento del mundo exterior lo que potencia la creencia de que la cárcel los reformará y les dará todo lo necesario, dado que es una filosofía de corte platonista donde la importancia radica en aislarse de aquellos lugares que potencian los “malos comportamientos”. (el barrio, las amistades, la familia y las drogas) y privilegiar el acercamiento de las personas a una “verdad” (que sería en este caso los programas de rehabilitación”). Pero como en toda filosofía platonista, no hay mucho interés por preocuparse por lo “mundano” (en este caso, las familias y los barrios que viven sumidos y segregados en la pobreza).

Es por eso que todos estos programas están atrapados bajo un cierto idealismo, y tal vez, considerando lo que les espera de vuelta, en una actitud ilusa. Aquello se puede romper considerando el libre albedrío y la autodeterminación tanto fuera como dentro de la misma cárcel. El darse cuenta que existe un estado que constantemente vigila a sus ciudadanos y de acuerdo a ciertas actividades los catalogan como personas de bien o como potencialmente peligrosos y en el que burdamente existen personas que creen que pueden transmutar el plomo en oro.

No dudo en que dentro de la cárcel puede haber gente que desista del camino del lumpen (sin intermediación burocrática) puesto que este es funcional al capitalismo, a tal punto de ejercer terror y sumisión en lugares donde la mayoría de los capitalistas y burócratas tendrían una feroz resistencia (como puede ser un barrio obrero) o más cómicamente por el hecho de que les da miedo (dado que han estado más aislados del resto de la población también). El dejar que el lumpen se engrandezca es una estrategia hábil por el hecho de que reduce la conciencia de clase al interior de las poblaciones a su ves que produce que la gente dependa más de los organismos de seguridad y por tanto, ofrezca más apoyo a los poderes fácticos que les vendrán a “salvar de la delincuencia” (claro que solo hasta cierto punto).

Por eso, no me atrevo a hablar de rehabilitación, salvo si ese esfuerzo es genuino y la lucha posterior les sea recompensada. Nótese que todas las palabras en comillas son irónicas.