La Inclusión en la Época de la Negación del Otro: La Lucha contra la Indiferencia.

Es un hecho innegable que la inclusión hoy es tema y nadie se ha visto fuera de la discusión actualmente en Chile.

Es precisamente hoy donde se habla más acerca de “políticas de inclusión” o del “lenguaje inclusivo” y se escuchan más denuncias de los colectivos históricamente invisibilizados, es hoy donde las figuras públicas comienzan a sufrir fuertes cuestionamientos de la ciudadanía cuando abusan de alguna condición de privilegio para burlarse de otros más vulnerables. Es hoy donde se ha estado alcanzando cierto grado de furia que desborda en cuanto la defensa de la inclusión como derecho y deber tomó protagonismo y se toma partido por décadas de silencio y falta de preocupación de la sociedad hacia ellos…

Pero esa misma sociedad que ahora abiertamente condena y censura es la misma sociedad ensimismada en una actitud de negación al otro como forma de funcionar en la vida. Y prueba de eso tiene que ver con aquellas percepción que tenemos de los fenómenos psicosociales que están aconteciendo en Chile (la inmigración, los derechos fundamentales de la infancia, etc) donde la vieja guardia está tratando de retomar su protagonismo y, sin embargo, aquellos que dicen defender los principios fundamentales acogen para si mismos una burbuja donde sentirse seguros de algún tipo de cuestionamiento, en vez de adquirir la suficiente resiliencia (esto es, no solo cuestionando) ante un mundo cada vez más quisquilloso y cambiante (en parte, gracias a ellos). El otro no cuenta con esa ventaja.

Pues ese mundo cada vez más quisquilloso tiene, a pesar de eso, suficientes ganas de reformular sus principios jurídicos (vale decir, de normación) y bueno… ¿qué ocurre abajo de lo jurídico? ¿qué ocurre por ejemplo en las interacciones cotidianas donde los valores humanos se ponen en juego y ocurren los procesos de significación que afectan más la vida de las personas? ¿Qué ocurre, por ejemplo con los niños con Necesidades Educativas Especiales (NEE) que terminan siendo otro ejemplo de caridad forzada cuando les piden abandonar (porque justamente por esta reformulación no pueden echarlos) sus establecimientos a punta de acosos? ¿qué ocurre con esas personas que recién están comenzando a dilucidar el origen de sus problemas de salud (ej: Parkinson, diabetes, etc) luego de décadas expuesto a diversos peligros sin haber mejorado su calidad de vida en el proceso? ¿que pasa con el trato de la gente hacia los funcionarios, los trabajadores y de estos hacia ellos en las esferas del ciclo vital?.

Porque cuando se trata de enumerar estas cosas nos da por volvernos nostálgicos

Tratamos de encontrar ejemplos morales donde apoyar un proceso que creemos degeneró completamente, cuando en realidad son signos históricos de adoctrinamiento que hoy apelamos más a ellos cuando, irónicamente, estamos comenzando a abrirnos más a temas que no lograron consistentemente ser puestos en la palestra (de lo violentamente que fueron callados tal vez).

Ese proceso tiene que ver con el hecho de que, siendo la sociedad que somos, estamos comenzando a descubrir al otro.  Y lo hacemos desde una vereda de inseguridad.

Descubrir al otro no es simplemente descubrir más sobre la vida de quienes son similares a mí sino que también significa descubrir aspectos sobre grupos que no lograron la adaptación que la sociedad considera necesaria y que, por años de adoctrinamiento o por cognición social, su información significa para mí un estrés, una molestia o un desajuste de mi propia adaptación a un medio que explota lo más que puede de mí. Comprender a ese “otro” significa comprender primero mis propios sacrificios para ponerme en el pedestal de ser considerado un sujeto productivo y normal, del cual siento debo resguardar de los demás (de la envidia, de los peligros propios y ajenos) y de sus críticas. Resalta el esfuerzo por tratar de comprender en tanto existe una reticencia a adoptar un discurso que suena ajeno (porque va en contra de lo hegemónico, que es resistente a la crítica del contrario) y a su vez, de ponerme en el lugar de desafiar mi disonancia cognitiva para recién pasar de “ese niño está alterando la educación de los demás niños” a un “hay que encontrar una manera de que ese niño siga aprendiendo”, de “nos invaden estos extranjeros de mierda” a un “¿de qué manera podemos convivir?”

Algunos toman caminos violentos para reafirmar su posición, pero lo más común de ver es la indiferencia. Es, por tanto, la lucha por la inclusión una lucha contra la indiferencia en primer lugar. Es con la incomunicación que se batalla mientras se tiene el rótulo de “complejo de comunicar” etiquetado por la misma sociedad que incomunica, siendo este un problema dialéctico. Para poder acceder a comunicar, se necesita un suficiente alero comunitario que pueda luchar por ti o bien, se necesitan años para curtirse intelectualmente y tener la capacidad de salir a la superficie de alguna forma u otra. Y en ambos procesos se tiene que soportar la negación de tu propio papel dentro de la sociedad.

Esta época viene negando al otro en tanto sentimos que tenemos el deber de acabar con un mayor número de amenazas externas de la cual adquirimos consciencia, en tanto aumentaron los cuestionamientos hacia nuestro estilo de vida clásico y también por el hecho de que la economía enfatiza siempre en hacerte sentir empoderado para consumir y acceder a lo que tú quieras, lo que inevitablemente se traslada hacia otras esferas de la vida donde pones a prueba estos principios (la educación, la búsqueda de estatus, etc). No sé que tan inocente pueda sonar que el desconocimiento ayude en todo esto, que la invisibilización ocurra por un desconocimiento genuino sobre los aspectos que los que no pueden o no quieren adaptarse a una forma enajenada pero funcional (en términos político-económicos) tienen que convivir a diario.

La capacidad de empatía podría sufrir en realidad un proceso de rarificación que nos haga pensar ilusamente que esta se perdió o se extinguió y que por eso ocurren estas cosas. Lamentablemente pienso que acudir a esta primicia sería una excusa puesto que muchas de las decisiones que terminan por cosificar al otro pasan primero por un análisis de cómo supuestamente se desenvuelve, en el contexto que tenemos que vivir. Ese es un grado primitivo de empatía, donde se carece del concepto de alteridad.

Faltan muchas cosas más por las cuales luchar cuando se trata de inclusión.

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Sobre La Colonización de Cisjordania que Continúa Ahora con Donald Trump, a Propósito de…

“Ya no tenemos las manos atadas”

Así comienza Israel una nueva jornada de construcción de colonias en territorio palestino ahora bajo la venida del recientemente electo presidente de los Estados Unidos Donald Trump, quien en el último tiempo ha fortalecido sus lazos con el sionismo y recuperado parte del ánimo que se perdió con la anterior decisión de Obama de no vetar a la ONU y su resolución internacional que condena los asentamientos, considerándolos ilegales.

Si bien, el apoyo de Estados Unidos a Israel ha sido una constante histórica, la mencionada decisión de Obama de no interferir en la resolución cayó como un balde de agua fría en las autoridades israelíes el pasado diciembre, quienes se sintieron interpelados desde un flanco al que no acostumbraron nunca contener y que abría al mundo una cierta esperanza de discusión en un tema donde existen opiniones bastante acaloradas pero infructíferas. En cambio, ahora, la geopolítica está volviendo al sitio cómodo acostumbrado y esta vez, con un poder tras bastidores aun más poderoso de la mano de Trump y su círculo íntimo de asesores ligados al judaísmo.

La estrategia de visualizar al estado israelí como un ente difamado al que hay que otorgar el “respeto que se merece” ahonda en la nueva retórica de quien, amparado en una derecha alternativa que condena al migrante (pero en ciertos sectores, excepto si es judío y con dinero), restablece las anteriores relaciones rotas, contradiciendo una vez más al derecho internacional y las convenciones que justificadamente repudian a Netanyahu y su constante en considerar Cisjordania como un territorio del cual Israel tiene todo el derecho de usar para sus propósitos. Actos como evaluar el traslado de la embajada de Estados Unidos desde Tel Aviv hasta Jerusalén o  decir desde el primer minuto post-abstención que “esperen hasta el 20 de enero (fecha de su inicio en el cargo)” son referentes del esfuerzo del hoy mandatario estadounidense de blindar a Israel más que nunca de las críticas internacionales y de aquellos sectores en el cual confluyen las ya clásicas acusaciones de antisemitismo (pero que en el electorado de Trump, irónicamente, son empíricamente comprobables, expresados en los grupos supremacistas blancos o en otros grupos asesores).

Que Estados Unidos “haga lo mismo de siempre” no debería de sorprender, pero lo que ahora resulta tragicómico es que existiendo una fuerte comunidad (judeo-americana) dentro del mismo país, que está gozando del privilegio comunicativo de no ser interpelado como etnia o religión, quede ahí mientras que otros grupos étnicos o religiosos con los cuales convive en Estados Unidos (país de inmigrantes) están siendo víctima de notorias difamaciones y actos xenofóbicos y racistas por parte de Trump y su administración (ahora siendo la autoridad estatal), quien no ha escatimado recursos comunicativos en dejar en claro lo que piensa de los latinos y de los grupos multiculturales en general. Es una vejación que ocurrirá con más fuerza a medida que la administración Trump avance (desde la supresión de la página de la Casa Blanca en Español hasta cuatro años más) y desarrolle las planificaciones que fueron expresadas durante su campaña, que tuvieron el visto bueno y fueron asesoradas al detalle también por parte de personas pertenecientes a un grupo étnico diferente al del blanco protestante anglosajón, pero que hoy no está siendo difamado ni discriminado por él, sino todo lo contrario.

Dentro de ese escenario, debería existir una pronunciación tajante por parte de esta misma comunidad contra las políticas xenofóbicas aplicadas a las comunidades migrantes y que atentan contra el punto de vista multicultural, poniendo en jaque a un segmento importante de la población estadounidense. Ha comenzado una persecución abierta, que hoy solo recibe críticas ácidas de un segmento elitista y “politicamente correcto”, ahogado en una imagen pública que la condena con revanchismos y espera poner sus ideas en práctica, apelando a la expulsión de los latinos tal y como ocurrió antes en aquel influido pueblo alemán de 1936 hacia quienes, en su momento, dominaron el mundo técnico-profesional germánico y que hoy deberían dar una respuesta al respecto, que haga justicia a su presunta búsqueda histórica de aceptación y no-discriminación.

De no hacerlo, el mismo revanchismo ante lo “politicamente correcto” podría tomar el derecho de hacer referencia ante esta actitud pasiva y hermética que pudiera estar mostrando la comunidad judeo-americana en general y ser vilipendiados por ello. Hoy comienza a estar fuera del contexto la hipersensibilidad acusada por la misma alt-right y resultaría contraproducente para una comunidad que intenta blindarse constantemente de las referencias del mundo gentil el desaparecer aquellas normas que mantienen fuera de la órbita las acusaciones de apartheid y otros desenlaces hacia el pueblo palestino.

Esta encrucijada tiene una fácil solución, apoyar lo que éticamente corresponde y condenar las acciones de Trump, indiferentemente del lobby que aplica para continúen anestesiados de la realidad, claro, si es que quieren y son lo suficientemente valientes, en reconocer sus errores como también su papel dentro de la política del hoy mandatario. Porque de algo es seguro, si no somos nosotros, serán los pueblos.