Contra la Neuronorma

Como persona diagnosticada con TGD-NE (que no fuí a saber hasta el 2012) mi primera infancia fue un infierno en vida, en una escuela donde nunca respetaron mis necesidades e imponían las suyas propias, mientras por otra parte yo tenía que buscar afirmarme en lo que mejor podía hacer (el estudio) para sin embargo, generar más reacción por parte de mis ex compañeros y las autoridades educativas, que repetían el réclamen de la noventera Concertación (de la transición) del trabajo en equipo y la apertura a las habilidades sociales y el respeto a los derechos del niño, pero de la boca para afuera. Masones todos ellos, varios de ellos de la época del paro de Federici, suponían conocer del desarrollo humano. Terminé “escapando” de mi ciudad natal a Santiago prácticamente por la misma razón, y (entre otras cosas) también fue la razón por la que me vine de vuelta.
 
En estos tiempos de denunciar al patriarcado, a la heteronorma, a la xenofobia y al chovinismo falta un invitado que nadie se toma la molestia de invitar a procesar: la neuronorma. Mi vida como persona con TEA de alto funcionamiento ( y con sobredotación ) fue parar a lugares de coerción que esta me deparaba por no ser lo que esperaba la neuronorma de mí. Que ante cualquier muestra de talento lógico fuera de lo común venía la reprimenda paternalista de las “habilidades blandas”, de la crítica al racionalismo y monólogos sobre los libros de inteligencia emocional de cuneta pero sin compartir vivencias conmigo, sin construir otredad. Me sentía completamente desvanecido.

Al crecer, tenía que ver cómo por ejemplo en 7mo era despreciado por mis pares no solo desde puntos de vista sociales, sino también afectivos: era duro tener que soportar también cómo era un despojo como posible pareja mientras el grupo de las compañeras hacían sus juicios sobre a quién hablar y a quién no mientras que los hombres lo hacían también desde otras ópticas. Esto también cuenta como poder sexual, incluso aquellos niños que también eran molestados por juntarse “demasiado” con mujeres (y que se escondían de las palizas por manifestar su sexualidad) también participaban del mismo proceso de desprecio desde las compañeras, desde su espacio seguro. Los profes, que no eran adeptos de Binet o Skinner pero sí fanáticos de Vygotsky y Paulo Freire, esos mismos que hablaban del constructivismo y de liberar a los alumnos, eran partícipes y cómplices de todas los maltratos, burlas colectivas y citaciones al apoderado que me llevaba de vuelta por tratar de defenderme.

 
Para más remate, hoy también tengo que escuchar la misma inquisición de cierto sector del feminismo, que bajo el alero de las teorías de Baron-Cohen representamos nosotros, las personas con TEA, un cerebro “hipermasculino” descrito eminentemente y solo desde la psicopatología. Pero cuando por fin se puede hacer desde lo fenomenológico se termina representando como ejemplo cultural de los efectos del machismo como ideología anti-afectiva (las famosas “madres y padres refrigerador”) sin ninguna evidencia empírica o incluso también abundan las explicaciones a lo Gramsci acerca de las personas con Asperger como los intelectuales orgánicos capitalistas que se convertirán en agentes de coerción laboral (desde la administración, la informática o las ciencias duras) pero claro, si apelo a lo empírico, también vienen de vuelta las explicaciones antipositivistas. Todo de antemano, sin dialogar.
 
¿Qué siento yo con todo eso? que sin deconstrucción jamás podré contar en el fondo con esa élite con la que me tocará trabajar y que dice ampararse en los presuntos de la guía y la construcción de conocimiento en base a la inclusión, para luego continuar aplicando el mismo logocentrismo que critica (en ocasiones) tan campantemente. Lo que le queda a uno de todo esto, primero es una necesidad ferviente de ayudar a los suyos en los contextos en los que están siendo aplacados (escolar, comunitario, etc) y educar en la inclusión para destinarlo en los conocimientos que ellos estimen convenientes y superar las indiferencias y problemas comunicativos de enfrentarse al mundo de la neuronorma, con el objetivo de ser capaces de construir (en palabras de Levinas) la otredad.
Pero como desafío, como advertencia al mundo neurotipo sobre un derecho a la autodefensa que termina a menudo siendo negado.

Uno lo que le queda del pasado es un fuerte sentido de la revancha, es tan fuerte como el daño y el dolor que se nos infringió sin siquiera escucharnos. Lo pueden ver por ejemplo en otras comunidades donde la proporción de personas con TEA se sospecha es alta (como los grupos de internet tipo 4chan adeptos a la derecha alternativa o “Alt-Right”), donde existen ganas de desquite al mundo “progre” que habla de la inclusión y se indigna con facilidad de las injusticias sociales. Lo pueden ver en los ataques cibernéticos a grupos feministas, animalistas, interculturales, etc. Lo pueden palpar con cada meme, con cada Troll de Breitbart o Reddit u otros hilos de noticias.

En Cada una de esas personas, posiblemente, descansa en ellos los efectos evolutivos de un “efecto Pygmalion” de años aplicado. ¿Quién puede responder por eso?. 

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¿Necesitamos Lucir Nuestra Solidaridad?

Hacer del voluntariado un escaparate, un pasatiempo de ricos o una oportunidad de hacer currículo jamás acabará, ha sido una constante por décadas y quizás jamás desaparezca.

Al respecto, cuando se trata de un mega incendio como el que afecta a Chile en estos momentos, las ganas de ayudar y visualizarlo a los demás para ganar atención, respeto o estatus pienso están de más, aunque entiendo su función en una generación que depende mucho de su relacionador público interior para mantener sus comunicaciones en alza y su vida de superficie llenas de emojis positivos y frases hechas. La verdad, es que no me atrevo ahora a juzgar que, siendo el fin discutible, los medios llegan y las familias pueden verse beneficiadas…

Pero es la cosificación la que termina por justificar un intento por construir una nueva moralidad de la ayuda, como si la moneda de cambio exigida fuera exponer la imagen de los ayudados (como los nuevos nobles salvajes) para fines completamente narcisistas y así recuperar lo que se pierde (económicamente hablando) realizando voluntariado. Hoy mi imagen es una inversión que se gana a través de las experiencias que gano, “ayudando”. No es mi ascetismo el que gana, sino mi cartera de “amistades” o mi “respeto público”.

Eso quebranta la dignidad de la gente.

No porque aquello ocurra, porque el respeto o el estatus llegan de alguna forma igual, no somos ilusos para pensar en una vida de caridad forzada. Pero la diferencia está en que aquella actitud anteriormente mencionada es deliberada. El fin de la ayuda es el respeto o el estatus en sí mismo, corremos el riesgo de cosificar a otros mediante ese trato, que se expresa y se externaliza hacia los ayudados. Aquellos lo notan, pero por educación o pragmática guardan el silencio respectivo para no parecer malagradecidos, convirtiéndose es una situación más bien forzada. Nadie se siente bien notando que existe un interés de por medio en explotar una situación de emergencia (tu vivencia y tu grado de poder como referente, como “damnificado”, para provecho propio).

Lo puedo ver en los políticos que aprovechan sus descargas para potenciar referentes.
Lo puedo ver en comunicadores sociales que quieren rol y protagonismo a toda costa
Lo puedo ver en supuestos disidentes con actitud pasivo-agresiva, que le dicen “no” a toda propuesta pero no elaboran las suyas propias.
Lo puedo ver en aquellos que filman sin pudor las lágrimas de quienes perdieron todo con fines morbosos

Pero lo veo en nosotros, la sociedad, quienes en una buena porción cometemos el error de convertir en un zoológico al otro bajo pretexto de visualizarlo en la contingencia. Eso es lo más preocupante.

Aun así no necesitamos estampitas para asegurarnos un poco de humildad, a medida que compartan espacios mutuos de conocimiento, de realidad, podremos notar que existe un potencial de cambio social palpable al cual no podemos darle la espalda pero que no justifica su explotación.El conocer la realidad lejana de un grupo de población el cual tuvo que arreglárselas solos por años es el sentido más digno de lo que hoy conocemos como construcción de comunidad. Evitemos alumbrar la solidaridad como fin en sí mismo y evitaremos también escupir en la cara de quienes merecen una construcción digna de comunidad.

 

 

 

 

Los Certeros Ojos del Cancerbero: La Búsqueda de Libertad frente a la Hipersensibilidad

Son tiempos difíciles para quién busca libertad

Tiene a su mano un montón de símbolos y discursos para adquirir y decir (y mostrar) que la está buscando, tiene a su mano un montón de estos (que ya fueron unidimensionalizados, y por tanto, reproducidos sin parar) para pegarse en la mochila, en los espacios de su red social, en sus bicicletas o autos y en el coche de sus hijas. El acceso es fácil y sin embargo, tiene que lidiar con los cancerberos cuando trata de obtener una respuesta, un significado, en algo que sigue en proceso de volverse unidimensionalizado. Pero es hoy donde hace se más consciente de sus limitaciones, porque sabe que ahora de cometer un error, de abrir mal la boca, podría despertar una aireada reacción que puede pasar como políticamente correcta (porque se unidimensionalizó) y dejarlo en la ruina moral. No hay espacio para una dialéctica negativa, todas las proposiciones anteriores del espectro de la izquierda sobre multiculturalismo, género, sexo, cultura y muchos otros relatos que explotaron en su momento han sido adaptados y son menester de adaptación social contemporánea, hechos siguiendo los esquemas neoliberales de transmisión de la información, donde se homologa lo que es más simple de informar y de producir (aunque no creo, sea determinado 100% a priori por esta). Hoy está en la boca de gente que teme afrontar a su propia clase social, que prefiere el mimetismo; ahora le es más fácil adoptar la figura del wn buena onda y adaptar las luchas de otros sin siquiera verlos a la cara, pero tranquiliza a su vez su consciencia mientras más adecuado está a lo que antes se conseguía mirando a los ojos a una represión horrenda, de la cual, irónicamente y con su mojigatería está reproduciendo sin más ante los otros.

La visión ilustracionista del wn al que hay que enseñarle a no ser facho, sexista o xenófobo está acabando, pero a medias. La educación didáctico-moral de la izquierda del siglo XX perdió fuerza por aquella nueva generación que la tomó como directriz moral superficial, de la cual hacer los respectivos agujeros que toma por ventanas para visualizar el mundo. Sin embargo, detrás de esa casa sin frontera, guarda un cancerbero quien se alza hostil a la consulta, a la duda, muchas veces a la ingenuidad de gente que aun no hace el ejercicio de pensar en un país multicultural, multigénero, etc. Esa hostilidad es tal, que cada vez se censura más sobre temas que necesitan continuamente ser debatidos para seguir generando el conocimiento que una sociedad abierta necesita. No hace falta dar referencias, es cosa de ver las redes sociales y darse una vuelta por cualquier hilo de comentarios en diarios y colectivos para darse cuenta de que las reglas de un debate brillan por su ausencia (y tampoco deseo echarle la culpa a la “inmediatez” de las mismas redes) en tanto se observa una peligrosa escalada de actitud reaccionaria, justificada como protección del mundo ante un conjunto de gente catalogada por estos mismos de peligrosa y fuera del marco ético necesario para integrar a los demás que han sido históricamente aplastados y segregados.

Pero la realidad no otorga consenso frente a este manifiesto, básicamente porque no es verdad.

Ocurre que dentro de todo este ambiente intelectualizado de gente que dice defender a otros, donde se supondría habrían las habilidades comunicativas más básicas puestas en aplicación pasa lo contrario, todo lo contrario. En la realidad, esta gente escasea en los contextos donde son necesarios para construir nuevo tejido social, más bien abunda en otros contextos donde las ideas se retroalimentan en burbujas discursivas fuera del contacto con gente “no iniciada” en los temas que ellos mismos manifiestan son abiertos y necesarios. Por ejemplo,  el ingenuo que no otorga crédito a una mujer con vello en las axilas, sorprendido de lo que acaba de ver, debe también sortear al cancerbero que comienza a adjudicarle actitudes que él aun siquiera no ha podido demostrar, debiendo retirarse sin entrar en conflicto alguno ya que fue acabado sin más.

Son tiempos difíciles para una dialéctica “negativa”. Impera todavía una visión de solución a problemáticas que aparecen formuladas como enfermedades que hay que subsanar, buscando el establecimiento de grupos que velan por curarlas, a una manera casi positivista pero con la publicidad de decirse “antipositivista”. La razón instrumental de buscar formar gente porqué sí para el mantenimiento de un estado de las cosas mutó, se coló en las manos de quienes ahora dicen que son tolerantes bajo el halo de la buena onda y lo politicamente correcto. Tan grande fue su arrogancia que el facho pobre del cual se burlaban, prosiguió en su búsqueda de un representante de sus ideas nefastas hasta que dio con alguien lo suficientemente poderoso y estúpido para aplicarlas con el rigor del poder que anhelaba tener de vuelta. El “partido del orden” del cual Marx hablaba tanto en su “18 de Brumario” buscó una nueva vuelta en la historia como farsa de una posmodernidad que la engendró primero como lucha consciente, como tragedia para quienes “se salían con la suya” en su pensamiento de facho. Se adueñó de un discurso del cual no era fácil teorizar sin llegar al resquemor.

Ese mismo componente era el necesario para sacar en limpio las ideas que podían hacer pensar en una emancipación. De eso se trata la dialéctica “negativa”, no ve en sí misma como una solución para los tiempos, se desapegó de su respectiva visión que pudo haber terminado por heredar del contexto histórico donde se engendró. Hoy, en pleno siglo XXI la dinámica es defender con hipersensibilidad lo que se cree ingenuamente se ha ganado, salvo por las alas más grandes de los idiotas tolerantes que tratan de ejercer de intelectuales orgánicos, recordando que la tarea “no está terminada” pero pecando sin embargo de hacer culto a la tarea misma en vez del catastro de situaciones que demuestran lo contrario, propagando el mismo exceso de pragmatismo que arruina su búsqueda ante los ojos de los demás, quienes los ven como arrogantes.

Mientras tanto, la oleada fascista de reacción resiente esta hipersensibilidad aunque la adora en el fondo, porque fetichiza sus objetivos y los infantiliza, los menosprecia hasta que se vuelven imperceptibles al ojo crítico para luego colarse en las decisiones de los colectivos, quienes se ven fuera de las burbujas dialógicas de los nuevos intelectuales hipersensibles. La visión de construir una realidad basa (aunque no lo determina) en su intercambio comunicativo. El hecho mismo de una sociedad hiperreaccionaria comunica la idea de armarse ante la catástrofe de un debate que quiere explotar pero no encuentra interlocutores. Son tiempos difíciles para la libertad más allá de lo unidimensionalizado solo que ahora los nuevos enemigos son quienes abogan aficionadamente su defensa.

Las aparentes contradicciones que son fáciles de concernir mediante la dialéctica y que otorgan sentido y razón a los relatos cotidianos se van silenciando con la hipersensibilidad política, en cuanto esta impide siquiera su referencia. Si esto sigue así no nos va a extrañar encontrarnos con más Trumps deseosos de vencer lo “políticamente correcto”, a la pragmática ilustrada. Aquel que quiere la libertad de manos de sus cancerberos o de sus esclavistas está acabado, no logró superar la prueba de someter a crítica sus postulados ingresando en el juego político de entablar consensos con otros, fuera de otra visión “buena onda” de hacerlo y tomándole el peso a salir de su zona de confort. Son tiempos difíciles en un mundo Habermaciano de búsqueda de la verdad sin acción comunicativa.

La visión de luchar por un espacio igualitario de comunicación no puede pasar siempre a manos de una turba enfurecida que solo se acuerda circunstancialmente de lo que es correcto para luego reafirmar que son lo politicamente correcto, ese cinismo es fácil de detectar por lo delatable que es, no debemos dejar que se ciña como reacción casi teológica ante lo que considera y determina, con toda la performatividad que implica, en herejías. Esta bien, existe un montón de injusticias que merecen el espacio que la hiperreacción consigue a través de los medios de comunicación por su fuerza, pero no puede permitirsele fetichizarla para conseguirlo, es la misma dinámica ilustrativa de empaquetar las cosas que provocó las más horrendas de las represiones, hoy parecen volver del infierno que nos vendieron no vendrían jamás.

la “Friendzone”: Cuando Decir Machista no es Suficiente Análisis.

La “Friendzone” aterra hoy casi como aterraba la Inquisición hace muchos siglos atrás.

Aterra como ejemplo de exacerbación del miedo al fracaso en una sociedad que no quiere conocerla jamás a la cara . Aterra porque decir “no” se vuelve pragmáticamente más difuso en una era donde “dejar en visto” resulta más fácil y cínicamente apropiado. Aterra porque quienes viven el proceso, deben hacerlo desde un contexto de intimidad donde las competencias comunicativas están reducidas gracias a los otros factores mencionados, volviendo más difícil algo que debería ser conciso…

Y aterra porque dentro de su dinámica se encuentra encerrada una abrumante y potente carga de género inventada, producto de los moldeamientos culturales hechos para pensar de antemano que es la peor de todas las noticias afectivas.

Pero llamarlo machista no es hacerle honor a lo compleja de la situación. El verdadero epíteto que debe llevarse es el de sexista. Veamos por qué:

Resulta que una de las críticas más frecuentes al constructo de la “Friendzone” radica en el hecho de que su difusión amplía la idea de que las mujeres deben aceptar obligatoriamente a aquellos hombres que las tratan con cariño, caballerosidad, mimos y actitudes de “buena crianza”. Eso es aunque sepan en el fondo lo hacen con deliberación sexual. ( o sea, hablamos siempre de un interés detrás, algo no genuino).
Como nuevo concepto que se masificó, aceptarlo significa un peligro para la integridad psicológica de la mujer puesto que debe ahora enfrentar la presión social para no ser catalogada de “mala persona” por rechazar a aquellos hombres que eligen “esa táctica” para conseguir fornicar o inclusive una relación afectiva estable.

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El clásico motivo de crítica recae en generalizar todos los casos de “Friendzone”solo desde el prisma de manipulación. (Abajo: Tom y Summer de “500 días con ella”).

 

Otro punto es que, a menudo (por cognición social), percibimos a aquellas personas que continuamente “denuncian” que han sido enviados a la Friendzone como poco agraciados, perdedores y onanistas a los que no corresponde hacer del sexo una cuota democrática (no porque sea machista de por sí sino porque la mayoría de las veces se menciona, admitámoslo, que “no se lo merecen”) . Así como lo percibimos, así lo denunciamos y cada vez que sale el tema a colación cuando a alguien se le ocurre decir que lo mandaron a la “Friendzone” en una página de izquierda universitaria pues llegan de a poco las primeras epístolas: las de la Friendzone como constructo machista y las de la Friendzone como un invento de onanistas que merecen compartir celda con los abusadores sexuales. Ambas, superficialmente referenciadas a las ideas feministas.

Pero se ignora un hecho importante: para hablar que el lenguaje crea realidades (frase que usan en los debates como quién juega cartas Yu-Gi-Oh!) se necesita saber que el lenguaje genera aprendizajes (o si eres Piagetano, al revés), y así hablamos de un presente donde un sujeto machista “llora” porque las mujeres no sucumben al rol de Nice Guy que adoptó para tener (algunas) relaciones sexuales (ojo, más que acto sexual), así hay que hablar de cómo este aspecto externo, superficial, se terminó gestando y manifestando en nuestro espacio.

La heteronorma ajusta los ideales de macho desde tiempos inimaginables, tiene un fuerte componente histórico que también ha mutado en apariencia para mantener nuestros privilegios de macho. Sin embargo, también hace escalas entre estos machos  y ciertamente depara un destino peor para aquellos que bio-psico-socialmente no calzan con los cánones que se van gestando como apropiados para ser un macho vigoroso y merecedor del premio final. Para no calzar con un canon (como acto semiótico) primero se necesita verificar que tal canon no nos calza y es ahí donde entra la sociedad en su conjunto y las comunidades más próximas donde viven los sujetos. Primero, los hombres que sí cuentan con el factor social a su favor o que cuentan con poder, fama, riqueza o belleza conformarán sus propios grupos de privilegiados a los que estas personas no entrarán y serán segregados (directa o indirectamente) por 3 razones:

  1. Por no dar la talla (no ser lo suficientemente o apropiadamente “macho”)
  2. Porque sus ideales de macho son rechazados a priori por el sujeto en cuestión
  3. Porque en su indefensión, el sujeto comprende que nunca llegará lejos aun si acepta esa carrera y, por tanto, comienza a rechazar los ideales de macho o bien, hará del asunto un sincretismo (ocultando en el fondo el interés hacia la mujer como objeto por falta de desarrollo emocional, ignorancia o por aspectos patológicos de la personalidad).

La segunda alternativa, por arte de magia, no la mencionan en los debates. Y tampoco se menciona que aquellos grupos de privilegiados también están conformados por mujeres.

Estas personas no nacen bajo estos parámetros innatamente, se van desarrollando a medida que aprenden los aspectos más elementales de la cultura en la cual viven. Aprendemos también que existen ciertos discursos que se repiten constantemente respecto a cómo (creen que deberíamos) actuar al momento de intentar establecer una conexión afectiva con otros y es ahí donde se menciona ser amable, caballeroso, atento, dedicado, dulce, tierno y un laaaargo etc. Lo aprendemos de niños (y nos los enseñan los hombre y las mujeres también), lo manifestamos en nuestras conductas como actitudes (las que son socialmente aprendidas y son almacenadas en la memoria a largo plazo) y van interiorizándose a la vez construimos hábitos con ellos. Lamentablemente, estos hábitos se nos garantizan que son los más apropiados (por las normas sociales de convivencia y en parte por la heteronorma -que cree que solo son para coquetear-) para realizar tales conexiones muchas veces sin detenerse en los aspectos éticos, un niño o niña sin un desarrollo afectivo apropiado no entenderá un no como respuesta, pudiendo encontrarse en peligro de manifestar esa disonancia en un contexto de género, construyendo así una dominación estructural. 

¿Pero es algo solo machista? ¿vale la pena llenar los Tumblr de fotos diciéndolo? no es simplemente machista, es sexista. Y sigo dando razones:

Cuando crece, ese adolescente que no siente de por sí algo propio ser el macho clásico propuesto por la heteronorma (bello, con poder, fama o riqueza) pero que aun no profundiza en las implicancias, tuvo que mamarse “la alternativa” o bien, decidió que las conductas propuestas como alternativas no deben necesariamente seguir el premio final (lo que puede pasar, sin pecar de iluso). Ese proceso de todas formas fue traumático: desde niño tuvo que aprender que quienes no prefieren llamar la atención no tienen muchas chances de conectar sexualmente con alguien en comparación a los que si se ajustaron a los cánones. Tuvo que aprender que por ser malo para jugar al fútbol no las tendrá muy fáciles con el éxito social, tuvo que aprender que ver animé en algún momento dejó de ser una actividad vicaria y pasó a ser una etiqueta para quienes son los últimos en la fila de los almuerzos. Tuvo que aprender no porque haya visto el manual secreto del éxito social que todos esconden  un congreso donde se determinó que así sea, lo aprendió de la experiencia que ocasiona el rechazo por parte de otros (hombres y mujeres)… y aparte de eso encima sigue escuchando el mismo discurso de ser amable, caballeroso, atento, dedicado, dulce, tierno y un laaaargo etc. O sea, durante el proceso de conformar grupos y en donde resultó más aletargado y vulnerable, aquellos hábitos aprendidos durante la niñez cobran relevancia en la pubertad y adolescencia porque se convirtieron en información considerada como afectiva, y entra entonces en juego para conocer gente y dentro de eso caber la posibilidad de esperar, ingenuamente, algo a cambio porque se sobrevaloriza a una sola persona o se infravaloriza a priori la capacidad de uno de poder establecer los lazos afectivos que queramos.

Y lo peor es que ese discurso te enseñan que específicamente aplica para UNA SOLA PERSONA, la que te gusta, de la que te enamoraste (encima se aprende aun del amor como un poseer del otro, Erich Fromm sigue revolcándose en su tumba). Por lo que de desarrollo afectivo ni hablar, tamos fritos.

En sí esta misma fórmula aplica para que los hombres menos ajustados a la heteronorma zorrona tengan que creer que son una mierda que solo puede depender de su suerte e insistencia para poder conectar con SOLO una persona. De ahí a que la friendzone sea considerada también (idiotamente) una catástrofe porque se ve la posibilidad de tener pareja como nula, como un fracaso en una era de poca tolerancia al fracaso, y en donde este se viraliza (por cuenta propia o por otras personas) y es percibido por las demás personas con un arousal que no se la merece en realidad, haciendo que otras personas vean mal a las personas que son rechazadas y adicionen prejuicios a quienes son rechazad@ por 2 razones:

  1. Porque como personas demasiado insistentes ignoran los derechos de las mujeres a decidir por sí mismas en su afán fatalista de creer en un futuro predestinado (razón comprendida por quienes comprenden los principios básicos de la igualdad de género y que considero correcta)
  2. Porque no se ajustaron, una vez más, a la norma. (Aquí llega el clásico insulto del onanismo, del cual por sí también es sexista porque condena al onanista como ejemplo de un “menos hombre” que nunca consigue minas)

Y en una sociedad sexista (conformada por hombres y mujeres), la segunda, por demografía, es la que más predomina. También, por arte de magia, no mencionan ese aspecto.

Si bien, el aspecto de la Friendzone afecta también a las mujeres, son los hombres que desde pequeños aprenden actitudes que no nacieron necesariamente con un fin cosificantemente posesivo de la mano de sus madres, tías y mujeres de su comunidad para tratar a las mujeres con respeto al género y, a su vez, (e irónicamente) son muchas veces las mismas mujeres quienes afirman que tales actitudes de ser amable, caballeroso, atento, dedicado, dulce, tierno y un laaaargo etc son también discursos válidos para establecer conexiones de interés sexual con otr@s (pudiendo aquellas referentes ser herederas de una tradición machista de la cual no han deconstruido o bien efectivamente hablan con toda la bondad del mundo para satisfacer la curiosidad de ese niño sobre cómo establecer lazos con otr@s)

Y convengamos que establecer conexiones de interés sexual con otr@s NO ES MALO!, muchas veces se comete el error de condenar el interés sexual del hombre hacia una mujer desde un prisma de que buscar a otro con un interés sexual es como si trajera por dentro las ganas de abusar, someter y maltratar. ¿Hay que ser así de maniqueístas?

En tanto ese niño aprende que ese discurso sirve bajo ese propósito, también al crecer y volverse adolescente es capaz de observar la contradicción entre dicho y hecho cuando observa (y cree al observar) que mientras le dicen generalizadamente que tales actitudes de ser amable, caballeroso, atento, dedicado, dulce, tierno y un laaaargo etc son las apropiadas se sienten atraídas más por lo contrario, por los hombres validados por la heteronorma más zorrona: por el “chico malo”, por el poderoso, por el rico el bello y el famoso (y por sus hábitos, explotados por la heteronorma). ¿Qué análisis queda para esa comprobación si además de tener que vivir y sentir el rechazo de sus pares adecuados a la heteronorma observa que sus referentes más cercanos del género opuesto (su comunidad) se calientan por lo general (no va a faltar quién me critique por usar esa palabra) y por “libre decisión” de aquellos que la heteronorma celebra como referentes genuinos? pues entonces (y luego de una decepción) se entra en una disonancia cognitiva y se comienzan a compartir visiones de ambas posturas para que al final quede la última. Así ocurre y, por lo general, no se admite que los referentes más cercanos al ideario heteronormativo (que comúnmente asociamos como machos alfa) calientan, por lo que esa contradicción que vive la tendrá que rumiar en silencio, a veces sin el apoyo de pares (o por el contrario, el apoyo de pares llega a conclusiones simplistas y condena la contradicción desde el machismo, reforzando esta conducta al final en el adolescente). Por lo que su desarrollo afectivo tendrá de todas formas una dificultad grande, como de esas etapas psicosociales de las que hablaba Erik Erikson.

En la adolescencia uno está impaciente por lograr una conexión con otros no solo en lo sexual, sino también en lo fraterno. Es fácil dentro de esta contradicción, analizarlo superficialmente y decir que las mujeres tienen la culpa (actitud ya de por sí machista) pero también es fácil achacar el proceso de llegar a la culpa machista si dentro de ese contexto no existe apoyo y consejo o el apoyo que hay refuerza la conducta machista y terminan por construir juntos un concepto de género distorsionado.

Y para qué decir del concepto de buscar lo único, de pretender que hay una única y especial que merece el pedestal, que es lo más preciado por sobre el resto, que hay que luchar hasta el final por demostrar que eres lo suficiente para el/ella… por lo general ambas actitudes van de la mano y son nefastas para quien las asume porque la limitan a una mentalidad de escasez. Hacen que la persona se centre empedernidamente de una sola persona en vez de cuestionarse la actitud y decirse a sí mismo que tiene la capacidad suficiente para conocer a las personas que quiera y sentirse cómodas si lo desea. Centrarse en una mentalidad de escasez te cosifica a ti mismo y a tu afectividad, te amaraña en un lenguaje donde te obligan  a buscar un complemento que encaje dentro de esa construcción distorsionada de los sentimientos y termina por cosificar a otr@s en el camino.

El problema es que, para los hombres, aun no existe un discurso de liberación ante esta forma coercitiva de crianza que se explique y se construya desde un nuevo concepto de la masculinidad explicado desde adentro de estas comunidades (ya de un punto de vista más neutro). El feminismo ha logrado y desarrollado teorías, prácticas históricas que han llevado a repensar las cosas desde la prisma de un punto de vista de género femenino pero los hombres no hemos hecho lo mismo desde los aspectos más unidos a lo que es la construcción genuina de nuestro género, no hemos hecho aun algo denominado como masculinismo.

Entonces, ¿qué puedo criticar de la crítica de considerar machista el concepto de Friendzone entonces? varios puntos a enumerar:

  1. No mencionar que dentro de esta enseñanza de actitudes de Nice Boy, pueden existir al principio intenciones manifestadas por las mismas mujeres a través de la enseñanza (lo que no implica negar toda la maquinaria machista paralela a eso)  y que pueden perfectamente ser consideradas como inocuas por ellas mismas manifestando, eso sí, de antemano que el asunto va por el respeto y no por tratar a toda costa de conseguir novia
  2. Olvidar que existe cierto personaje de personas que presentan estas conductas de manera espontánea, a veces sin la intención de subyugar a otros y muchas veces porque aprendieron una “especie de discurso igualitario” hacia el trato de la mujer, entendido así en sus propias comunidades.
  3. Tratar a quienes demandan que “están en la Friendzone” solo como victimarios, olvidando que el proceso formativo de aquellas actitudes recae también en aspectos históricos y sociales, que los hombres viven de manera distinta y a menudo con dificultades, unas producto de la heteronorma (por condenar la construcción de grupos con diversidad de género)  y otras por las mayores dificultades biológicas y psicosociales que los hombres tienen al aprender a desarrollar adecuadamente su afectividad (principalmente la comprensión de las emociones).
  4. Olvidarse que la heteronorma juzga por categorías y que dentro de estas categorías, aquellos que no dan la talla en los cánones considerados más atractivos, deben recibir la violencia discursiva correspondiente para ellos desde que son niños, hasta que terminan por aprender alternativas (las que terminan por hacer creer que su éxito en el placer de gustar y hacerse gustar depende fundamentalmente de su insistencia o centración en una sola persona, o bien terminan deformando los principios mencionados en el punto 1, lo que es aun más traumático).
  5. No mencionar que mucha de la crítica actual hacia los “Friendzonados” recae en su incapacidad de establecerse en los cánones clásicos de la heteronorma, sin deconstruir un carajo y no previniendo el posterior rencor de estos a una ideología que supone, busca la igualdad, pero que se suma con más presión (y sin saberlo) en alianza con la heteronorma clásica.
  6. No mencionar el aspecto de la intolerancia al fracaso como un proceso social de formación que puede estar deformando el desarrollo afectivo de los demás y más aún en los niños (biohombres), menos resilientes en este aspecto. Y juzgar esa peor resiliencia solo de manera determinista (el patriarcado no genera las instancias suficientes de aprendizaje) cuando se trata de más que eso.
  7. No considerar que dentro de aquellas personas que apelan al discurso asociado al “buen chico” existe gente más intrínsecamente segura con ella sin necesariamente sentir que deben poseer al otro pero por neurotipo. Ejemplos como las personas con síndrome de Asperger, que por lo general ocupan un discurso idiosincrático de la lengua (más fácil de juzgar en la pragmática como “caballeroso”) son notables para graficar este aspecto.

Todo esto para mí no pasa desapercibido, los hombres la tienen también muy difícil para luchar contra esa dinámica y construir una visión de género más igualitaria si se toma en consideración lo anterior. Se pasa muchas veces esto solo, no se tienen referencias y las que se hacen tienen que pasar por el escrutinio proselitista de un discurso que se dice feminista, pero que en este caso no avanza más allá de lo superficial porque la denuncia se centra en ser meramente performativa (cuando en realidad puede tomar estos antecedentes, abrir nuevas significaciones como dice Judith Butler).

Por eso, el enfoque debe, a mi juicio, centrarse en establecer una explicación causal al fenómeno y sus múltiples aristas de género, no solo decir que es machista sino considerar a los que hoy vemos como victimarios como personas en formación de las cuales no se ha hecho mucho por comprender su problemática. Queda un trabajo muy grande por hacer.

La infancia “Rata”: Consecuencias Culturales del Mal Uso de los Videojuegos

“Eso ofende viejo”

En el año 2014, y si bien no nació exactamente en esa fecha, la utilización del término “niño rata” para designar a aquellos niños pre-púberes con una notoria muda vocal y con malos modales a la hora de hablar por micrófono en los multiplayers eclosionó y comenzó a masificarse entre personas más jóvenes, en diferentes contextos fuera de lo “gamer” (palabra que ya comienza a sonar snob).

Ante una grupo etario que se inmiscuía cada vez más en contextos donde la buena crianza amerita que no estén ahí (como los juegos para mayores de 17 años -hablemos del GTA-)  los jugadores más maduros y experimentados, cansados de sufrir constantes abusos verbales y recordatorios de las abnegadas profesiones de sus mamás “batallaron” por encontrar un término encasillatorio que fuera mucho más certero que simplemente decir “pendejo” o “malcriado”. Dentro de foros de internet, comentarios en blogs, hilos de Facebook, la Deep Web… y a través de los años. Algo que sonara mucho mejor que un simple insulto que revelara a esa infantil mente lo irritados que estaban y los parara en seco, algo que les molestara pero que fuera difícil de sacarse.

Los encasillamientos son algo común y poco deseable; precisamente tratar a un niño (con justa razón o no) de “niño rata” es una manera de mantener fuera del círculo (de placer, hablamos de jugar videojuegos) a aquellos que son una molestia, molestia que se traspasa al mundo gamer por una obvia razón: Son jugadores de videojuegos pero también porque son consumidores de un espacio cultural que los espera sin reglas, sin obstrucciones morales, sin cuestionamientos, fuera de la realidad física que sus padres o la carga horaria de los mismos les restringe. Aceptémoslo, cuando hablamos que los videojuegos son una niñera, no lo hacemos intentando demonizar al videojuego per se. Lo que molesta es precisamente la falta de consciencia social que se tiene a la hora de tratar al videojuego como un mero consumo, cuando dentro de sí agrupa diversas culturas, lenguaje y formas de pensar que son cognitivamente más complejas.

A lo que me refiero es que los videojuegos son una potente plataforma de comunicación. Un niño de 10 años que pasa todo el tiempo encerrado jugando en el pc y engordando, sin interactuar con otras personas de carne y hueso en contextos ecológicos físicos más que en la rutinaria escuela (donde ya pasa la mayor parte del tiempo encerrado), que tiene que aguantar cómo sus padres llegan a las 9 de la noche sin tener tiempo para criarlos o incluso de amarlos como debe ser, que siente miedo de salir a la calle a jugar porque lo esperan iracundos los delincuentes, los drogadictos y los narcotraficantes que ve por las ventanas o por la televisión, va a convertir en los videojuegos – en lo que lo acoge y refugia del mundo exterior – algo significativo en su vida. Lo utilizará para expandir su conocimiento del mundo y lo hará muchas veces sin medir las consecuencias. Es por eso que estos problemas desatendidos comienzan a expresarse ante situaciones recreadas donde pueden aparecer los productos de estas carencias afectivas o evolutivas generadas por la deprivación de experiencias ambientales significativas: la poca tolerancia a la frustración, el deseo impulsivo de ganar siempre, la poca empatía, la xenofobia… y quienes tienen que recibir eso son otros jugadores que también tienen que lidiar con esos problemas en mayor o menor grado, convirtiéndose todo esto en un hábito.

Los videojuegos no deberían ser un vector de transmisión de las malas costumbres instauradas y validadas por la sociedad o al menos no debería ser tan fácil, pero lo es. Los niños que expresan estas carencias son el producto de estas interacciones complejas que pocos se toman la molestia de subsanar, de hacer evidente. No podemos culpar a los vídeojuegos de algo que tiene su núcleo en los discursos que la sociedad maneja a la mala, pero si podemos comprender que el mal uso de los videojuegos generó a la larga un hábito de conductas descalificadoras que se ven reforzadas de manera progresiva conforme avanzan las generaciones. Son esos niños quienes mañana exterioricen eso hacia los demás en la vida real y aunque la presión social no te permita burlarte de los niños con progeria o de los admiradores de My Little Pony, la base de esa conducta seguirá.

Es ahí donde existe la consecuencia cultural. El videojuego entonces se convierte cada vez más en un aparato de situación de aquellas molestias que no son abordadas en lo real y que son relegadas a una instancia placentera que las hace olvidar, validar o cosificar. El videojuego entonces, como diría Marc Augé, es también un NO LUGAR cuya identidad y comunicación sin embargo, dado la enorme carga simbólica que los niños y adultos que juegan hacen ante una construcción cognitiva más compleja, dotan de significancia a lo que anteriormente fue considerado una comunicación sintética, como de Check-In de aeropuerto. Los seres humanos se las ingenian para dotarlas de mayor complejidad y no debería de sorprendernos.

Y sin embargo, aunque se subsanase lo que menciona Marc Augé, sigue siendo un no-lugar del cual poco se sabe su impacto empiricamente hablando. Muchos se resisten todavía a hablar de adicciones a los videojuegos dentro de lo cotidiano, es más, tanto sirve a la sociedad este No-Lugar que cuando la psiquiatría tome cartas más serias en el asunto en los países en vías de desarrollo (en Corea del Sur ya se tiene registros oficiales de la gente que muere por ser adicta a los videojuegos) habrá un notable quiebre generacional, que obligará a confrontar este problema de una forma más directa y hablar de lo que sigue en el tapete y se trata de evidenciar con cada “niño rata” que se elicita.

Y es que es una palabra precisa, ningún niño quiere que lo asocien a un animal así pero en vista de los antecedentes antes recabados, sorprende que la palabra haya nacido del simple análisis perceptivo de la muda vocal, va para mucho más. La actitud escondida de las ratas bien puede ser emulada en este fenómeno social tanto de los niños rata que tienen que ser resguardados en las madrigueras acondicionadas de recompensas y dopamina y de aquellos adultos que también le temen a exterior y reproducen conductas que refuerzan el resguardo hacia este. El lenguaje también se altera, se vuelve más aprosódico y monointenso, más dispragmático. Con el tiempo se convertirá en variable sociolingüística y tendrá resguardo para que no sea discriminada.

Si no me creen… 

Es por eso que estoy en contra de esta generación, tan resguardada, sin calle, sin consciencia de los otros pero que no responde más que a las nuevas exigencias de una sociedad que rinde culto a la individualidad e intenta en vano convertirles en seres humanos indolentes. Ante estos antecedentes la idea de buscar culpabilidad en un montón de bits parece tonta, pero como dije antes, si se sigue pensando que un No-Lugar nace de la nada estamos mal. Se diseña adrede por una comunidad.

Por último, no está de más decir que los niños son las principales víctimas de todo esto, el abuso de los videojuegos fabricará a los hombres del mañana, quizás esa frase resuma la consecuencia cultural de la cual intenté ahora explicar.

 

¿Por qué Las Habilidades Sociales?: Una Visión Crítica Sobre su Papel en la Cultura y en los que Producen Cultura

Introducción

Hoy quiero cocinar un banquete de ideas y declarar con ímpetu el menú del día forjando este trabajo que tenía pensado hacer por años, pero con el que siempre me topaba con ideas y concepciones nuevas atascadas unas a las otras, las cuales eran menester tomar en consideración para no dar con la sensación que estaba descuidando sus aspectos esenciales, bueno, el tema es en sí mismo muy grande, de gran impacto en nuestras vidas pero de percepción simple, blanda y positiva en sí misma. Hablo de las Habilidades Sociales, muy en moda hoy en día y diseminada como objetivo dentro de un montón de disciplinas, motivo de evaluación de personas, culturas y subculturas, tópico de estudio para cuanto hombre moderno decida hacerse con cierto éxito en la vida y gratificación por conseguirse un lugar y sentirse realizado (algo en lo cual coopera también la sociedad, exigiéndote ciertos niveles para hacerte de su gracia). También ha sido un móvil importantísimo en la evolución del ser humano como tal a lo largo de su homínida historia y sin embargo, el uso social que este concepto trae para sí muchas veces esconde intenciones y propuestas que son irónicamente opuestas a la imagen positiva que se tiene de lo que se toma por lumbrera de la nueva época. Veamos un poco porqué las Habilidades Sociales arrastran un sin fin de fenómenos que vale la pena analizar para poder dar con eso que a mi, por ejemplo, no me deja indiferente.

Cuando se habla de habilidades sociales, se imaginan muchas cosas. Aparecen los textos de autoayuda de John Maxwell, los libros de Programación Neurolingüística, la imagen publicitaria de los jóvenes cool conversando con sus smartphones a través de Facebook o Whatssapp, el desarrollo curricular de los profesores en un aula llena de niños recién enfrentados a la rutina escolar, en fin, son muchas las imágenes que se evocan tras la palabra pero lo que encierra es interesante, se ha vuelto cada vez más importante y “decisivo”. Quién las tiene y quién no son motivos de discernimiento y de un llamativo control por parte de las estructuras sociales y cada vez siento que se explota  más como imagen y como concepto. Las habilidades sociales han venido a reemplazar como “deseable” a otros aspectos del carácter como el trabajo duro, la honestidad y la intelectualidad (la cual desde mediados del siglo XX ha sido puesta en tela de juicio filosóficamente hablando pero cada vez más es el público en general quien la enfrenta). Los individuos “cuadrados de mente”, los “nerds” los “antisociales” los “introvertidos” y las denominaciones hacia los grupos sociales que no acusan un dominio “suficiente” o “esperable” de habilidades sociales (que siempre van cambiando como cambia también la historia) han sido abordadas en películas, series e historias narradas para un público que se ve enfrentado y a la vez desea mostrarse al mundo y demostrar que está apegado a él lo suficiente, aunque cuando se les pregunte siempre digamos que no somos demasiado apegados a la idea. Teniéndolo en consideración, aun así, es hoy cuando invaden las mallas curriculares de las universidades y sus carreras; es hoy cuando las empresas capacitan a sus empleados y en sus manifiestos explicitan la importancia de contar con “personas que demuestren domino de las habilidades sociales”; es hoy donde es posible objetar al intelectual de su Olimpo con una frase de Cohelo o acusarlo de una supuesta “falta de empatía”.

Es hoy donde las Habilidades Sociales son tu pase de acceso, tu pasaporte y es posible seguir con la analogía y encontrar refugiados, exiliados y prisioneros listos a por un análisis, una crítica y un programa de trabajo listo para ellos cosa que puedan ingresar sin detenernos por un momento ante ese frenesí de ilustracionismo (ironicamente, el más “blando” de ellos) que se expresa como capacitación, como autoayuda, como terapia y como tratamiento. Y con esto me refiero a que las “habilidades sociales” se hacen parte ya de las estructuras sociales más altas jerarquicamente y se erige en tanto logra una simbiosis con ellas y sus mecanismo de control y formación de un tipo “ideal” de personas.

Un niño introvertido en nuestros días no la tiene para nada fácil, es cosa de contar cuantas veces se insiste en sacarlo de su espacio.

Un niño introvertido en nuestros días no la tiene para nada fácil, es cosa de contar cuantas veces se insiste en sacarlo de su espacio.

Ese tipo ideal de persona descansa bajo la aprobación de una nueva ilustración. Una nueva visión que nace de tomar las “habilidades sociales” como un ideal que se yuxtapone a los anteriores valores y los enfrenta: ya no se urge de gente talentosa intelectualmente o de gente lógica, sino de personas empáticas, resilientes, proactivas. Se erigen nuevas características para quien enfrenta la necesidad de buscar un empleo, un puesto o una oportunidad administrativa y lo que hoy se propone es asegurar la integridad de las organizaciones buscando que las personas que las conforman, actúen en consecuencia y sean lo suficientemente funcionales socialmente hablando. Se acusan evidencias que favorecen esta visión, se erigen nuevas investigaciones y por tanto, programas de investigación para fundamentar estas prácticas y proponerlas como una mejora disponible para su uso por las personas. ¿Es esto malo?, no, las habilidades sociales como había mencionado antes son un pilar fundamental de nuestro modo de vida, nos permiten ser lo que somos como humanos insertos en una sociedad y también con ellas logramos prevalecer este constructo para perfeccionarnos. A eso quiero yo llegar pues este concepto va de la mano con el de “ilustración”, la actitud de promover su transformación de idea a objeto y a los demás como modelos de la idea.

Sin embargo, ¿que ocurre con quienes no manifiestan interés en pertenecer? ¿o bien sin las capacidades necesarias? ¿cuales son los mecanismos de control que ejerce la sociedad sobre el introvertido?

Ya desde pequeños, los niños que no disponen deseo de buscar grandes grupos con los cuales conversar y pasar parte importante de sus vidas en descubrimiento son puestos en escrutinio, son rechazados, son vistos en menos. La ciencia ofrece alternativas para que nuestros hijos dejen de ser “ensimismados” y salgan al exterior (no a un exterior físico, hablo de ser parte de los otros). Para ello es necesario un punto de comparación: el niño que siempre sonríe, travieso y móvil motormente hablando; que sale a jugar con todos sus vecinos y que goza de popularidad en la escuela. El niño típico y difundido como tal. Aunque esta idea más estadística tiene que convivir también con otros puntos de vista relacionados, que se enfocan más en estereotipar ese tipo de niño como objeto deseable o ideal alcanzable a través del consumo, a veces confrontando la visión científica. No hay duda alguna que este ejemplo existe y muchas veces parece que son la mayoría y por tanto, no deja de haber un sentimiento de “normalidad” cuando queremos hacer realmente un punto de comparación con otros niños que actúan de manera diferente. La cosa comienza ya a volverse más compleja cuando ese niño al cual estamos haciendo imagen actúa ya no como comparación sino como material hegemónico de “formas ideales de ser”. Los científicos producen material cultural para evaluar, buscar falencias desde diversos ámbitos (lo social-comunicativo, lo social-cognitivo, lo social-emocional) y de pronto, la comparación alcanza el estatus de “vital” y es preciso adaptar los currículos escolares y pediátricos para formar niños socialmente inteligentes para la sociedad pero también los otros puntos de vista relacionados analizan la introversión desde otras ópticas relacionadas con la moda, los juguetes, las normas de comportamiento, el vestir, lo religioso, los videojuegos y los modelos adultos para seguir. A veces se abraza el anti-positivismo y se pone en duda la pertinencia científica “excesiva” sobre la infancia de los introvertidos para “dejarlos ser” o mencionar que son un problema espiritual, un dejo parental que puede ser solucionado consumiendo, buscando tranquilidad espiritual, acudiendo a lo natural como tratamiento, etc. Aun con todas estas diferencias, acá ya parten los “de lo contrario” (como una tal vez molesta actitud de advertencia) y se expone ya una predestinación (en base material que no siempre necesita de evidencias) el futuro para quien no atiende la norma y prefiere observar en vez de hablar. Comienza por tanto, el desarrollo de las “habilidades sociales” como discurso por parte de estructuras diferentes, pero que abrazan el mismo fin pragmatista en cuanto son en sí mismas hegemónicas.

¿hasta que punto uno puede disponer de una autonomía de trabajo para sí mismo sin que exista una norma moral que dispone a acusar, a tomar por anómalo o poco deseable un aspecto de la personalidad? pues cuando existe una apreciación significativa del concepto a nivel de sociedad  se dispone a ser comunicativamente intencionados con quienes demuestran salir de esta tangente. Lo que si, esta intención no es que descanse coartando u obligando a los niños a desarrollar sus habilidades sociales a manera dictatorial sino que actúa de maneras sutiles o implícitas  fuera como sugerencias, exigencias laborales o pre-requisitos a través de situaciones y juegos que reflejan las diversas interacciones que las estructuras sociales tienen con los niños o adultos en pos de diversos cánones que guardan relación con las habilidades sociales tales como el éxito en la vida, la fluidez comunicativa, la oportunidad de un ascenso social y la inteligencia. Son las personas quienes ante este trato social tienen la oportunidad de seguir esto o no (nadie te pone la pistola en la sien para que vayas a una fiesta) pero no siempre se cuida que esta oportunidad sea igual para elegir ser parte de esta dinámica, por lo que no desaparece por completo esa sensación que podemos experimentar cuando, por ejemplo, vamos a una fiesta pero “obligados” y sentimos que no somos parte de ella ni de los que participan en ella.

Me explico, por ejemplo cuando hacías un trabajo en grupo en la escuela y en cierto momento manifestaste disconformidad con el grupo asignado por tu profesor, normalmente te explicaban que durante el transcurso de la vida trabajarás con personas muy distintas y que aprender a tolerarlas es fundamental para poder integrarse, aunque en realidad eso se traducía en obligarte a enfrentar esa situación de antemano como un designio. Es esta característica de predestinación lo que hace de las habilidades sociales una estructuración puesto que las personas en algún momento de sus vidas requieren de ellas pero para lograrlo, deben aceptar un contrato social (en la línea de Jacques Rousseau), aceptar las reglas del juego las cuales hoy, disparadas constantemente por los medios de comunicación son “se sociable” “ten un montón de amigos” “no causes conflictos con el grupo” “adáptate al contexto”

Y cuando me refiero a “estructura” no lo hago de forma antojadiza.

Puesto que las estructuras sociales basan su existencia en su transmisión como icono y lenguaje (y con ello se toma también en cuenta los niveles del lenguaje como la semántica y la pragmática) formando parte de los sistemas que se nutren de ellas como los medios de comunicación, la publicidad, la tecnología. Ya se está apelando a la pragmática cuando se les pide “adaptarse al contexto” y por tanto, se establece una arbitrariedad con fines comunicativos. Necesita también que se aprendan, necesita de las escuelas y universidades o los centros de formación laboral. No sirve de nada sistematizar una economía sin personas que se comporten de forma sistemática y aseguren por tanto el ritmo y vida de ella. Por eso, si ocurre una carencia se dispone de material cultural masivo para que todos tengan la oportunidad de buscar enmendar el camino y comportarse de la manera más efectiva y eso significa asegurar un lugar en la industria cultural: la autoayuda y la terapeútica son dos grandes ejemplos de producción e intervención de aquella idea.


Cuando no se trata solo de “pedir por favor y gracias”…

Sheldon-Cooper

Con la “inteligencia emocional” socialmente se abre la oportunidad de apuntar a “tontos emocionales” y por tanto al uso de mecanismos como el estereotipo, aunque no fuese el objetivo de este concepto. (En la imagen: Sheldon Cooper de TBBT)

Desde Daniel Goleman que las habilidades sociales cobraron importancia académica y lograron encontrar un nicho dentro de las ciencias humanas y duras. Junto con Howard Gardner y su “inteligencia extrapersonal” (extrapolar a la “inteligencia emocional” de Goleman) estas ideas tomaron en consideración las demandas por un desarrollo más humano del talento humano aduciendo una mejora en las relaciones sociales dentro de las empresas, de la calidad de vida y de la efectividad de la comunicación. Así rezan semánticamente hablando los prólogos de sus libros y así lo pienso yo también, aunque claro, no puedo eso si pensar ingenuamente sobre el concepto de “inteligencia”. No lo digo desde el sentido de buscar un constructo psicológico basado en evidencias, sino más bien en cómo la sociedad ocupa estos constructos con fines segregatorios o distanciadores. Cuando hablamos de “inteligencia”, hablaremos tarde o temprano también de “inteligentes” y “poco inteligentes” (no es que la crítica apunte al hecho de buscar mas y menos, sino la falta de un uso ético de estas cualidades). El estereotipo, por ejemplo, reduce la carga cognitiva que las personas tienen que hacer por tratar de dilucidar aquellos grupos de personas particulares, aduciendo cualidades preestablecidas en ellos. Ocurre también que el concepto de “inteligentes emocionales” puede prestarse también para añadir cualidades adicionales a estas personas relacionandolos con comportamientos y recompensas (materiales o no) de la misma manera que se hace con las etiquetas de “deseable” y “no deseable”. Un “inteligente emocional” sabe como reconocer el dolor ajeno, sabe como construir su vida y ayuda a otros a hacerlo con las suyas y disfruta el momento; esta misma definición en vez de ser una mera descripción psicológica puede ser representada semióticamente como un musculoso jugador de rugby que arenga a su equipo o un fotógrafo cuidando la proxémica tras apuntar su objetivo con la cámara o un feliz terapeuta saliendo del trabajo con su van recorriendo los suburbios en donde vive armónicamente. Nosotros, al ver estas imágenes podremos evocar ese sentimiento y asociar ese significado a diversos hábitos y formas de ser que acompañarán entonces a ese concepto de “inteligente emocional” que ahora democráticamente se erige y se promociona a sí mismo como derecho para todos quienes deseen alcanzar un “pleno desarrollo” en sus vidas. Esta idea la aprovecha la economía, la administración, la publicidad. También las modas buscan en algún momento habilidades sociales como saber disfrutar el momento, leer los estados de los demás pero también incurren en posturas disruptivas moralmente hablando como promover la manipulación de las personas con fines narcisistas, tener el mayor número de relaciones sexuales posibles o anticipar las jugadas de los demás dentro de un contexto específico. Desprendiéndome de los dilemas morales, estos comportamientos requieren también de “habilidades sociales” y aunque algunos sean calificados como “malos” por los demás, han demostrado ser fundamentales para no quebrantar normas sociales y arriesgarse a sanciones peores que el remordimiento (como el alejamiento social por ejemplo, nadie quiere decirle a su pareja que se ve gord@)

Entonces, hablar de “habilidades sociales” no significa para nada referirnos solamente a saber “pedir por favor y gracias”; no son solo normas de etiqueta ni intentos por leer el estado de los demás para evitar pasarlos a llevar. Se trata de ser aptos, preparados para enfrentar los “juegos del lenguaje” (que tanto hablaba Wittgenstein) que son inherentes a la convivencia del ser humano, que están ahí y que debemos enfrentarlos con gracia, con ahorro cognitivo (ojo, ahí también hay un intento hegemónico por adecuar los demás a lo típico y de un tipo más complejo pues involucra lo científico, tema que desarrollaré más adelante con la idea de terapeútica), con soltura y flexibilidad sin sacrificar tanto lo moral a su vez. Todo esto lo habla, por ejemplo, Paul Grice (si lo complementamos con Wittgenstein, Paul Grice se enfoca más en la pragmática mientras que Wittgenstein habla del proceso de manera más pragmatista, dos conceptos en el fondo diferentes).

Entonces, lo inherente positivo encierra a su vez aspectos controversiales que igualmente deben de ser manejados. Estos conviven con los positivos y muchas veces, a su vez, tratan de buscar frenarlos o ponerlos entre dicho como puede ser, por ejemplo, prevenir en una empresa el favoritismo aduciendo conceptos como el “ganar-ganar” de Stephen Covey aunque lamentablemente esto no ocurra en la práctica. La manera de manejar las habilidades sociales en la sociedad es dialéctica, aprovecha sus pro y sus contras de manera que un puede buscar una retroalimentación, pero esto ocurre normalmente fuera de lo oficial, si existen personas que ponen entre dicho lo adecuado de esta dinámica arriesgan a ser escrutinados o ser vistos como “demasiado complejos” y de nuevo se presupone la liviandad de estas en pos de dejar al margen a organizadores críticos que denuncien estas dinámicas (aun si cumplen con los preceptos de las habilidades sociales, que irónico, no?).

¿Qué ocurre con los niños típicos y no típicos? ( o Hasta qué punto las Habilidades Sociales deben suponer una obligación)

El tópico de las habilidades sociales, como mencionábamos antes, reviste de un amplio uso desde diferentes disciplinas. Cognitivamente hablando, las habilidades sociales tienen un correlato con diversas funciones psicológicas que permiten al ser humano adecuarse al medio y le disponen de herramientas para desarrollarse y vivir. Nos permiten ponernos en el lugar de otros, nos permite comunicarnos (efectivamente), nos permite ingresar en dinámicas sociales con un importante valor enriquecedor del aprendizaje, de lo motor, etc. Vygotsky menciona acerca del “aprendizaje mediado” donde los niños acceden a los códigos y signos que rigen la cultura con el fin de aprender junto a un guía (con más conocimiento de base que ellos) en todo un proceso de construcción social, entonces, las habilidades sociales (ya no referidas inequívocamente como manuales de autoayuda) pueden ser entendidas de este modo como importantes para muchos de los procesos cognitivos del ser humano,. En específico, los procesos cognitivos superiores según Vygotsky se adquieren primero en un contexto social para luego interiorizarse como relaciones entre los seres humanos.

Sin embargo, no todos los niños manifiestan intereses sociales muy marcados, muchos tienden también a la introspección. Cuando se habla de currículum en las salas de clases,  estos se estructuran buscando no perder de vista lo constructivista aunque eso signifique acoplar lo más posible en la sala de clases un método que parta con ese presunto modelo conductual de construcción epistemológica como una máxima, por lo tanto, menos personalizado a las necesidades de otros niños que aprenden de manera diferente. Actuar así podría significar perderlos de vista, no considerar potenciar otros procesos cognitivos más individualistas que pueden ser desde ignorados, hasta ser considerados “malos”. Aquí la actitud de promulgar las habilidades sociales como motor de aprendizaje debe tener detrás una buena fundamentación ética que no pierda de vista al ser humano que está adelante tuyo, o de lo contrario, podríamos estar aseverando de que solo existe un modo inequívoco de aprender válido, lo cual es inverosímil. 

Susan Cain en su libro “Quiet”(callado) habla también de este fenómeno como desmoralizador de la imagen del introvertido, llegando a extremos como, por ejemplo, en una escuela de aplicar una política de aula donde no se le puede pedir ayuda al profesor a menos que todo el grupo tenga la misma pregunta” (imperativo es ver su charla TED sobre el tema)

Y así podríamos también abordar el tema desde los sujetos no típicos. ¿Qué ocurre con las personas con trastornos del espectro autista?

Como individuos que presentan variadas dificultades en las habilidades sociales, las personas con autismo/Asperger/TGD pasan un buen tiempo de sus vidas en tratamientos de tipo rehabilitatorio ligados a las relaciones sociales . Hay que recordar que con esto también se establece una dinámica que gira en torno a las habilidades sociales como objetivo meritorio, lo que podría significar una vida entera escuchando reproches sobre su forma de ser y, sin embargo, no molestarnos una vez siquiera de valorar aspectos de la personalidad autista que si pueden legitimamente ser respetadas y valoradas como por ejemplo ser metódico, honesto, estructurado, etc. En casos de autismo de no alto funcionamiento, donde los padres tienen que esforzarse notablemente más por conseguir progresos en sus hijos, a veces hablar de habilidades sociales con tanta propiedad pudiera suponer una superioridad moral encubierta, que bien puede sumir en culpas innecesarias a las familias y adicionarles un estrés dentro de tantos por demostrar que sus hijos merecen incluirse en la sociedad como cualquier otro niño, y claro, una batalla que no se admite y que sin embargo prevalece es que la frase insignia de la inclusión “todos somos iguales” puede ser tomada desde ángulos demasiado formalistas para construirse sesgos cognitivos relacionados con extender las verdaderas habilidades de los niños a límites que sobrepasan la (a veces dura) realidad. Eso tiene que ver también con una exigencia social, es un sesgo que se retroalimenta entre el deseo jurídico de asegurar plena autonomía y derechos a un sector menos favorecido de la población y la creación de una imagen ficticia y homogénea de las personas con discapacidad pero positiva a su vez para un fácil manejo de esta comunicacionalmente e intencionalmente hablando. Y de nuevo caemos en los estereotipos: es más fácil querer o tolerar a un niño con síndrome de Asperger cuando se piensa que son genios o personas sumamente inteligentes y sin embargo, al menor error relacionado con desobedecer el canon de las “habilidades sociales” esta virtud se convierte en un defecto por el cual sacar en cara. En el caso de los padres, el derecho de ser visualizados como iguales puede ser también deducido desde la inocencia de minimizar estas dificultades (más allá de cuidar no exagerarlas o condenarlas) y mostrar al mundo a un niño “tan normal como los demás”, aun con los posteriores conflictos que nacen de la interacción que ocurrirá ahí. No los culpo y tampoco debiésemos ser duros con las familias que hacen todo lo que está a su alcance para no sucumbir en una sociedad que a ojos nuestros solo pone exigencias pero cada vez menos se compromete a cumplirlas para nosotros.

La inclusión de personas con discapacidades apunta, según la ley 20.422 a promover el disfrute de sus derechos e impedir cualquier tipo de discriminación a través de la creación de la SENADIS. Aquí, sin embargo, chocamos con un paradigma. La discriminación puede comenzar ya desde el momento en que se cataloga cierta forma de ser como patológica (aspecto que afortunadamente no persigue la SENADIS); es cierto que existen aspectos del espectro autista que impiden que la persona por si misma pueda lograr plena autonomía de sus funciones, pero al momento que logra disponer de herramientas para mitigar esta situación, ¿su condición seguirá siendo tachada como patológica? ¿ellos necesitan siempre verse como pacientes para recién ser incluido en la sociedad?, ¿es acaso un requisito para respetar la ley que el niño cause poco o nada de conflictos a sabiendas que no será fácil? ese aspecto hipócrita del área educativa en los Proyectos de Integración Escolar lo vienen acusando desde hace mucho tiempo en Chile: aun siquiera existe una ley específica que trate el tema.

Es por eso que el término reviste una ambigüedad: no es solo que necesiten aprender habilidades sociales para poder (indicamos capacidad para) incluirse en la sociedad, sino que es la sociedad también la que pone el requisito en aspectos que no tienen que ver fundamentalmente con alteraciones orgánicas de la sociabilidad sino en restringir formas de ser,  estilos cognitivos. De ahí que nazca el concepto de “neurodiversidad” para promover el respeto por otros estilos de pensamiento que traspasan la barrera de lo “patológico” impuesta por el modelo biomédico y de la clínica, del que tanto hablaba Michel Foucault cuando se refiere a ellas como mecanismos de control social.

Y así pasa en las habilidades sociales, pasa en otros modelos de exigencia cognitiva como la atención, la obediencia, el sentimiento de soledad, etc.

El advenimiento de la “inteligencia” emocional como una nueva dialéctica de la ilustración

Nuevos conceptos de “ingeniería” que hace 40 años solo hubieran estado en la mente de Gregory Bateson

El “lado izquierdo” del cerebro como he mencionado al comienzo ha sido constantemente criticado esta década. Mucho de lo que se plantea en estudios organizacionales enfatiza en cambio el uso del “lado derecho” del cerebro: Más sintético, más globalista e intuitivo. La parte racional y analítica no encuentra hoy un punto del cual afirmarse como lo hacía hace décadas pasadas puesto que se ha construido una imagen de persona que insta a desarrollar “esa otra parte del cerebro” (hablando como si estuviéramos haciéndole una callosotomía), para evitar ser en demasía lógico y perderse en un mundo que te pone a prueba como ser social, como persona que no solamente se la pasa calculando. Incluso, algunos van más allá: Teorizan acerca de la “culpa” de un sistema que cosifica a los demás representándolos como números y cosas, en vez de acotarse a este lado que vendría siendo el bueno y el que “nunca se tomó seriamente”.

En sí, esto vendría siendo una herramienta para la construcción del progreso del ser humano, esta nueva inteligencia vendría a ser la luz de una ilustración que no está embebida de propósitos jurídicos o densamente filosóficos y que viene de la mano con la idea de desarrollo humano que tanto se vende con la imagen del hombre de corbata con su tablet en la mano.

Aquello es muestra que el maniqueísmo que caracterizó al ilustracionismo no se ha superado, o se ha recurrido a él como se hizo a finales del siglo XIX, el cual originó muchos de los esfuerzos positivistas por argumentar la idea de progreso de la humanidad, lo que a la larga terminó en algo totalmente opuesto a lo que se buscaba y materializándose en los horrores de las dos primeras guerras mundiales. ¿Teodor Adorno y Max Horkheimer hoy podrían crear otra “Dialéctica de la Ilustración”?, a mi juicio pienso que sí, puesto que la idea del progreso de la humanidad es un metarrelato que aparece siempre como una proyección de los alcances del avance del pensamiento y así como puede mutar en formas o discursos, también se podrán hacer análisis para cada uno de ellos. Si ayer fue el racionalismo, hoy puede hacerse en base a este sociocognitivismo que puede dividirse y simplificarse en capas más próximas a los deseos y proyecciones de los seres humanos y sus culturas.

Pues entonces, no cabrían dudas que las “habilidades sociales” pueden ser también un ejemplo de inteligencia, entendida desde el punto de vista sociológico. Aquella concepción puede que le cause un montón de dolores de cabeza a aquellos científicos que no quieren ocupar la palabra “inteligencia” en sectores cognitivos más acotados, como si la lógica no fuera también una parte de todo el crisol de características de la cognición humana pero en fin, para que aquello resulte como metarrelato tiene que ir en contra de algo que está declarado “malo” u “obsoleto” o “incompleto” por consenso o arbitrariedad y es entonces que la imagen de lo introvertido, lo analítico, lo racional se ve puesta en entredicho para un discurso de bienestar que pudiera estar manejado por aquellas facciones de la sociedad que siempre han ostentado el poder y sin que nadie se tome la molestia de pensar en ello. En vez de eso, preferimos consumir la cultura del “lado derecho” sin prestar mucha atención a quien la produce y en qué reglas se basa. Es como lo que hablaba Thomas Kuhn acerca de que los científicos no tenían idea de epistemología aunque supieran ocupar el método científico al revés y al derecho, acá es lo mismo, aducimos ventajas y valores positivos a un discurso que se muta para propósitos muchas veces tomados a la ligera como intervenir la introversión de un niño de por sí y sin una base más sólida que el “sentido común” que dictan tiempos como estos. Pero es lo que se toma por importante a la hora de trabajar, a la hora de proyectarnos hacia las personas, es como un libro rojo de Mao pero para quien asume el desafío de trabajar en la sociedad de redes actual.

No diré que lleguemos al ejemplo de las guerras mundiales, en realidad, esto podría producir cambios y un impacto bien fuerte en aquellos quienes por dificultades físicas, geográficas, psicológicas o psiquiátricas o teológicas inclusive no pueden calzar con las expectativas y se les toma por antemano como sujetos lejos de lo que nos hace “buenos”. El impacto por tanto, es interno. Por esta y otras razones hay que ver siempre lo que es aparentemente bueno desde un punto de vista deconstructivo, para no caer en cosificaciones y es así que el”¿porqué las habilidades sociales?”nace como un análisis que intenta evitar los abusos de una sociedad que se jacta de ser más social y sin embargo se ve más ensimismada y encerrada en sus propios asuntos, compitiendo a destajo por tratar de sacar a otros del camino y glorificando aspectos culturales que apelan a la propia individualidad pero que tienen que convivir también con el menester de no ser un ermitaño fuera de onda o un incapaz, o, por lo menos, que sepa usar el Facebook o Whatsapp.

La Pragmática de Las Causas Sociales; ¿Cuando Vociferar una Causa Puede Volverse Cancino?

Internet es un crisol de posturas de las más variadas vertientes e ideologías, a su vez, personificadas en usuarios que  toman su espacio y lo convierten en una extensión de sus formas de ser y hacer, ligadas intrínsecamente a un motivo comunicativo; informar al resto sobre lo que tu consideras esencial, vital o correcto. Desde el acoso callejero hacia la mujer, pasando por la liberación animal y el fomento al deporte o a medios de transportes como la bicicleta, existen diversos temarios (cada cual con particulares simbolismos predominantes y discursos extendidos) que hacen gala de sí en Facebook, Tumblr, Twitter y aglutinan modos y estilos de vida que pueden y son visualizados por un montón de gente.

No es anormal entonces que, como cualquier postura, existan adherentes y disidentes. La mayoría de las veces se evalúa y revisa esta oposición desde el discurso mismo, el cual argumenta un patrón general de reacción (y de reaccionarios) y se preocupa de buscar estrategias para convencerlos de que están en lo incorrecto o bien, se toma esta reacción, se le recrea y se hace mofa y se le analiza entre el humor y el rigor que ofrece y aparentan las ciencias sociales para recalcar su equivocación y ofrecer entonces el camino “correcto” (que vendría siendo el de ellos). Lejos de retratar la lucha ideológica que se ciñe en las redes sociales quiero hablar de un tema en concreto, que tiene que ver mucho con la empatía y con la capacidad de visualizar lo que piensa el otro (aunque esté “mal” o piense diferente a ti a niveles molestos): la pragmática de las posturas políticas, de presentarte.

Esa reacción que las personas manifiestan, a veces, no tiene que ver SOLO con lo ideológico sino también con un tema de cortesía, de manifestar cansancio ante un bombardeo de información que lo emplaza a inferir (fuera correcto o no) una carga connotativa en la persona que vocifera sobre aquello, y así con quienes hagan lo mismo. Se forman visualizaciones indeseables para quienes ocupan los espacios de las redes sociales para difundir sus mensajes, comienzan a aparecer términos aglutinantes como “feminazis”, “vegangélicos” “ciclista furioso” “abajista” “problemas de primer mundo” y otros tantos que aparecen como contrarrespuesta a esta transgresión que sienten hacia ellos, y paradógicamente los que promulgan tolerancia son acusados de intolerancia, de no aceptar críticas ni bromas. Veamos si eso tiene al menos una parte de razón (mal que mal estamos hablando de procesos cognitivos, que pueden ser estudiados y analizados sacando una conclusión en tanto se observe el mismo fenómeno)

¿Que ocurre por ejemplo con la/el feminista que sube (o comparte) constantemente material (y no hablemos de libros o manifiestos sino) como imágenes, frases y ejemplos típicos como “mi vida no gira alrededor de tu pene, supéralo” o “ni sumisa ni devota, te quiero libre, linda y loca”, más provocativos o afirmativos que expositivos? ¿que opinión se forma la persona de a pie? ¿como respondo yo, como hombre ante este juego de lenguajes? ¿consideraré también el hecho de que soy hombre pero tendré la madurez suficiente para no asumir el “palo” donde no lo hay o ignorarlo en el caso de que sea así? ¿o realmente si capto un dejo de resentimiento en esa persona?. El problema es que si yo hablo de resentimiento (sobre todo en ese momento), ese resentimiento que se acusa a la feminista generalmente ya está caricaturizado como una contrarrespuesta patriarcal tan común como preguntarle a una pareja de lesbianas “quien es el papá y quien es la mamá” o acusar a quienes se dejan el pelo “como los hombres” de marimachas. Entonces, cuando llega la contrarrespuesta de que la heteronorma hace que la gente piense que por llevar el pelo corto te “crees hombre” se combate efectivamente esa ídea pero la inquietud de la persona que hizo el comentario sobre si persiste en la lesbiana “marimacha” comportamientos imitativos de lo masculino por un tema de identidad se ahoga, no se corrobora y se pasa por alto. Para poder reconocer eso, para poder asumir que efectivamente dentro de tu postura política se esconde resentimiento (fuera por venganza, sentido de justicia o moral) se necesita una buena dosis de pragmática, pero también de madurez y autoaceptación. También, irónicamente, significa bajar la guardia; algo que en los contextos comunicaciones de un debate pocos quieren asumir para no dar la idea de que el otro “pueda ganar la disputa”.  En mi opinión, la gente que “baja la guardia” confesando un móvil o una forma de ser que puede ser criticable (u objeto de críticas, cosa que a veces representa situaciones comunicativas distintas) para demostrar empatía con su otro interlocutor no necesariamente tiene que “perder” el debate, la pragmadialéctica, por ejemplo, propone que además de una tesis exista una contratesis donde el punto de vista contrario se mencione también con el objetivo de visualizar los defectos de nuestra propia tesis para, paradógicamente, presentarla como la más elaborada y sólida.

Tonces, llega el término “feminazi” a colación

https://www.evernote.com/shard/s292/sh/581c7406-a02c-44db-b692-e30d791cb85b/79528e8bf99222f7e07f08d1ed0b8924

El tan famoso y recurrente término “arena”o “arenoso” se pone de manifiesto: no se puede hacer un post de feminismo sin herir la susceptibilidad de personas acostumbradas a ver lo que quieren ver, que acusarán transgresión, moda y descalificaciones ahora de antemano. Ante una situación que es aprendida (con los sesgos propios de cada persona pero pudiendo ser comunes entre personas que no les guste el feminismo) como la de una persona que no reconoce algo que cree que no es evidente para los demás, que cree solo es una generalización o una caricatura, se forma una imagen donde caberán todas y todos los feministas habidos y por haber que se les ocurra poner alguna “frase hecha” para ese nuevo reaccionario, comienzan las generalizaciones (que las personas detestamos cuando se nos hacen, pero que como estrategia cognitiva hacemos a diario sin arrepentimientos) y las burlas, entonces, ese juego tonto de descalificaciones alcanza otro nivel y la oportunidad de clarificar esa ambiguedad se pierde en la indolencia. Eso seguirá pasando si no se reconoce o se pueden revelar a esas personas que buscan cambio social no por motivos revolucionarios de peso, sino más bien por pose, por goce estético, por hedonismo o arribismo o deseo de desmarcarse de los demás augurando ser único y especial. Una lucha más bien egoista, manteniendo eso si el estandarte de una lucha colectiva por un colectivo en particular, que pasará siempre sea cual sea el movimiento social que se abrace. A veces, el hecho de constantemente difundir información sobre tu postura ideológica no indica necesariamente un deseo oculto de aceptación o de exhibicionismo sino un deseo auténtico de dar a conocer tus ideas a los demás, aquí corre el mismo factor de no adecuar bien la pragmática.

Eso es tan evidente que para cualquier machista, carnívoro, facho pobre o conservador promedio es reconocible y usable para discutir en contra de los colectivos sociales, para cada caso determinado.