El Peso del Circunstancialismo: la Violencia Escondida Entre el Discurso Anti-Violencia en Relación con el Caso Sophia

Es una pena enorme que Chile nunca aprenda la lección respecto a los derechos de la infancia y de la mujer.

Es una pena histórica que tengamos todos los años casos como los de Sophia y es aún más penoso que ocurran desde edades tan tempranas, pero así como los casos no cesan y no se toma en consideración siquiera el origen histórico de toda esta violencia también se elabora un discurso que la niega y la reprime en tanto son sus argumentos, irónicamente, los pilares básicos de cualquier convivencia social bajo los aleros de la ética.

Es inevitable que exista oposición a la pena de muerte en casos donde nadie quiere bajar de nivel, en llegar a ocupar las mismas herramientas de quien hace daño. Solo puedo decir que, en relación con esta, se está volviendo más común oponerse a ella y elaborar un discurso ilustrativo (o derechamente ilustracionista) sobre la protección de la infancia a través de la educación como si esta estuviera desprovista de todo tipo de violencia y fuera eminentemente pura. En el contexto actual, sin embargo, la forma en cómo se expresa resulta hasta clasista puesto que deposita el peso de la instrucción (como una responsabilidad más en tanto no se menciona como derecho universal) a personas que no tienen o no pueden aún lograr el acceso suficiente a esta (y no hablo solo de escolaridad) y son, a su vez, victimas de otros tipos de violencia pero de tipo administrativa. Sin embargo, algo que es igual de violento como cualquier proclama de pena de muerte es la situación comunicativa en la que se encuentra la crítica en contra de la violencia en Chile durante décadas, porque quien elabora esa crítica, al parecer, se encuentra desconectado de cualquier vivencia a vista del resto y lejos de ayudar parece en quienes lo escuchan reaccionar mal y furibundamente a ella escuchándola, a juicio ellos, desde una larga distancia. ¿Por qué?

Por lo general, el acto de desacreditar el poder individual de aplicar justicia en Chile radica en una visión jerárquica del poder jurídico sobre la población o en una visión humanizadora de los problemas sociales, en tanto atacar a la misma a través de la muerte implica una ruptura con tal visualización y, por tanto, se le tacha de inútil o excluyente de cualquier principio de civismo.

Para la primera, tenemos exponentes bastante elitistas que pueden dar cátedra de haber pertenecido por décadas a los poderes que pueden aplicar la violencia controlada de la que tanto hablaba Hobbes y no dejarían tener en sus manos jamás a la chusma o a los iletrados un derecho que podría traer consecuencias nefastas al orden o, tal vez “peor”, hacia otras formas de violencia que sí están instauradas desde el derecho (chileno), en tanto estas leyes funcionen como veladoras de ciertas prácticas que solo a los más poderosos o a los privilegiados les sean convenientes y que generan violencia en sí mismas.

Para la segunda, tenemos de exponentes principalmente a una parte de la masa universitaria que trata de extrapolar la zona segura que le dan las fotocopias de ciencias sociales o los anchos pasillos de la facultad (y lo que se genera productivamente en ellas) a una visión optimista del desarrollo humano o, en el caso de los profesionales de la salud y de la psicología, usar los datos duros y la evidencia a su favor para volver a llamar a un cuidado respetuoso de los demás (y en este caso, de la infancia) a través de la educación y el empoderamiento o dar con un montón de causas robustas sobre cómo la sociedad forma a los asesinos y cómo es nuestra culpa por ser parte de ella.

Quizás sea este el argumento más elaborado para prohibir cualquier visión vengativa en casos como los de Sophia, pero lo tristemente cierto es que así como ocurren casos como estos, ocurre también que todo este discurso es elicitado principalmente, es dicho, solo cuando el problema ya aconteció, cuando la circunstancia obliga y llama la atención de los demás (incluidos ellos). Pareciera que en Chile se tuvieran claro los riesgos de la violencia tanto como causante de infracciones a la ley como en su aparente uso “legítimo” para impartir justicia, pero su puesta en práctica es casi imposible de referenciar, los expertos parecen fuera de cualquier foco comunicativo de masas, sus logros se esconden en lo profundo de las poblaciones o derechamente no están. Irónicamente, los llamados a la educación y al cuidado comunitario, sin embargo, los podemos encontrar siempre.

Este peso circunstancialista de la crítica a la violencia que se elabora en Chile es nefasta y completamente cínica, en tanto es así mismo (y creo que sin que ellos sepan) servida como un instrumento de legitimación de otros tipos de violencia (más institucionalizados) y, cuando la consecuencia de estos aflora, viene este discurso anti-violencia expresado con críticas a la opción de quitar la vida o vengarse o negar las garantías que toda persona que infraccione la ley merece por constitución (en tanto es una crítica también hacia, más que nada, a la masa enardecida que la pide) con el objetivo de encausar la rabia hacia el sistema mismo que la forma y por tanto, ocurre lo que hablaba Walter Benjamin:

“Podría tal vez considerarse la sorprendente posibilidad de que el interés del derecho, al monopolizar la violencia de manos de la persona particular no exprese la intención de defender los fines del derecho, sino mucho más así, al derecho mismo. Es decir, que la violencia, cuando no es aplicada por las correspondientes instancias de derecho, lo pone en peligro, no tanto por los fines que aspira alcanzar, sino por su mera existencia fuera del derecho”
Para una crítica de la violencia

Estamos claros que buscar linchar como un comportamiento universal no llevará a nada productivo ni aquí ni en 1000 años más de civilización pero asusta un poco la nula autocrítica añadida de quienes elaboran el segundo discurso en tanto son espectadores de cómo la masa de gente se convierte en una masa de simios bajo su percepción para posteriormente dejar el mensaje de advertencia, como los que daban en Simcity para terminar bien la ciudad pero que uno nunca leyó porque estaba por acabar el juego con el millón de habitantes pero llenos de contaminación. Y lo digo no porque yo crea necesariamente que es así, sino que así es percibido por quienes no tienen la noción de que su labor existe (y lo triste es, que ahí sí tenemos culpa si no ayudamos a crear una visión de comunidad con ellos).

¿Por qué ocurre la violencia entonces bajo ese prisma ético? ¿no será (solo) que en vez de una sociedad que niega al otro (la alteridad) somos nosotros quienes en nuestra negligencia la negamos tanto que la misma sociedad se está tomando las respectivas atribuciones (con violencia incluida)?. ¿Por qué no se puede percibir que detrás de quien elabora el discurso de la violencia dirigida a quienes cometen los crímenes más atroces existen diversas percepciones sobre los problemas sociales que en ellos (sienten o derechamente) no se consideran lo suficiente por lo que se dice que es justicia? ¿por qué no se puede ver detrás del típico “facho” que aboga por el estado policial un intento por revelarse de aquellas imposiciones de las cuales no ve ningún avance? ¿No será que este extremo individual solo está consiguiendo aumentar más y más en relación a la poca visión que existe sobre formas asertivas de autoridad y cuidado, a estos llamados circunstancialistas? ¿no será que, en realidad, el problema no va por la semántica sino por la pragmática del asunto?.

Porque si hay algo que favorece la inclinación hacia formas autoritarias de justicia es la negligencia en la adopción de otras formas de visualizar la realidad y el circunstancialismo de la comunicación de estas otras formas de visualizar la realidad terminan por poner a la defensiva a los demás; no les cuaja bien y aunque no lo puedan expresar con las palabras que puedo yo expresar, ellos sienten lo mismo y lo expresan en estas aparentemente bárbaras formas de pensar.

Que cosificante puede llegar a ser elaborar discursos en cuanto son hechos luego de las consecuencias por no tomarlos y no antes, tardamos tanto que no queremos que se cosifique al producto final de toda esta violencia pero perdimos el rumbo (la esperanza) respecto a la alteridad, al resto. Lo del Sename, por ejemplo, ocurrió en una época de grandes avances en los estudios de la infancia como es la nuestra y, sin embargo, todo ese esfuerzo intelectual se ha traducido principalmente en denunciar casos que ya ocurrieron y la gente lo ha estado percibiendo de esta forma durante mucho tiempo, tal vez porque ellos no tienen interés de participar de una construcción comunitaria… “más comunitaria” pero dentro de su discernimiento moral no puede haber más rabia inmediata de la que ya sienten en tanto esta se mezcla con la rabia que sienten contra el cuerpo de expertos.  Como decía Benjamin también:

la violencia mítica es fundadora de derecho, la divina es destructora de derecho. Si la primera establece fronteras, la segunda arrasa con ellas; si la mítica es culpabilizadora y expiatoria, la divina es redentora

Por tanto, esta aparente vuelta hacia métodos más barbáricos de justicia en realidad no es una mera degeneración moral de un país atascado en los valores neoliberales, pienso que es, en realidad, más profunda. Así como exista gente que, desde la academia, el abajismo o desde el punto de vista cristiano de colegios jesuitas o desde el mero sentido común abogue por explicaciones elaboradas (aunque culpógenas) del origen de la violencia en la sociedad, en tanto sean ellas guardianas del orden del discurso existirá también un intento “divino” por arrasar con ellas para instaurarse en la nueva violencia mítica, una institución de lo que ya venía siendo institucional pero se negaba como quien niega en los extraterrestres pero estará abierto a verlos cuando hipotéticamente lleguemos a encontrarlos. Es así cuando estos dos tipos de violencia se encuentran y creo que si no se llega a una solución definitiva (romper con el cascarón del espacio seguro y adentrarse en la alteridad, sin juicios de antemano) estos encuentros serán mucho más frecuentes y perniciosos.

 

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