Contra la Neuronorma

Como persona diagnosticada con TGD-NE (que no fuí a saber hasta el 2012) mi primera infancia fue un infierno en vida, en una escuela donde nunca respetaron mis necesidades e imponían las suyas propias, mientras por otra parte yo tenía que buscar afirmarme en lo que mejor podía hacer (el estudio) para sin embargo, generar más reacción por parte de mis ex compañeros y las autoridades educativas, que repetían el réclamen de la noventera Concertación (de la transición) del trabajo en equipo y la apertura a las habilidades sociales y el respeto a los derechos del niño, pero de la boca para afuera. Masones todos ellos, varios de ellos de la época del paro de Federici, suponían conocer del desarrollo humano. Terminé “escapando” de mi ciudad natal a Santiago prácticamente por la misma razón, y (entre otras cosas) también fue la razón por la que me vine de vuelta.
 
En estos tiempos de denunciar al patriarcado, a la heteronorma, a la xenofobia y al chovinismo falta un invitado que nadie se toma la molestia de invitar a procesar: la neuronorma. Mi vida como persona con TEA de alto funcionamiento ( y con sobredotación ) fue parar a lugares de coerción que esta me deparaba por no ser lo que esperaba la neuronorma de mí. Que ante cualquier muestra de talento lógico fuera de lo común venía la reprimenda paternalista de las “habilidades blandas”, de la crítica al racionalismo y monólogos sobre los libros de inteligencia emocional de cuneta pero sin compartir vivencias conmigo, sin construir otredad. Me sentía completamente desvanecido.

Al crecer, tenía que ver cómo por ejemplo en 7mo era despreciado por mis pares no solo desde puntos de vista sociales, sino también afectivos: era duro tener que soportar también cómo era un despojo como posible pareja mientras el grupo de las compañeras hacían sus juicios sobre a quién hablar y a quién no mientras que los hombres lo hacían también desde otras ópticas. Esto también cuenta como poder sexual, incluso aquellos niños que también eran molestados por juntarse “demasiado” con mujeres (y que se escondían de las palizas por manifestar su sexualidad) también participaban del mismo proceso de desprecio desde las compañeras, desde su espacio seguro. Los profes, que no eran adeptos de Binet o Skinner pero sí fanáticos de Vygotsky y Paulo Freire, esos mismos que hablaban del constructivismo y de liberar a los alumnos, eran partícipes y cómplices de todas los maltratos, burlas colectivas y citaciones al apoderado que me llevaba de vuelta por tratar de defenderme.

 
Para más remate, hoy también tengo que escuchar la misma inquisición de cierto sector del feminismo, que bajo el alero de las teorías de Baron-Cohen representamos nosotros, las personas con TEA, un cerebro “hipermasculino” descrito eminentemente y solo desde la psicopatología. Pero cuando por fin se puede hacer desde lo fenomenológico se termina representando como ejemplo cultural de los efectos del machismo como ideología anti-afectiva (las famosas “madres y padres refrigerador”) sin ninguna evidencia empírica o incluso también abundan las explicaciones a lo Gramsci acerca de las personas con Asperger como los intelectuales orgánicos capitalistas que se convertirán en agentes de coerción laboral (desde la administración, la informática o las ciencias duras) pero claro, si apelo a lo empírico, también vienen de vuelta las explicaciones antipositivistas. Todo de antemano, sin dialogar.
 
¿Qué siento yo con todo eso? que sin deconstrucción jamás podré contar en el fondo con esa élite con la que me tocará trabajar y que dice ampararse en los presuntos de la guía y la construcción de conocimiento en base a la inclusión, para luego continuar aplicando el mismo logocentrismo que critica (en ocasiones) tan campantemente. Lo que le queda a uno de todo esto, primero es una necesidad ferviente de ayudar a los suyos en los contextos en los que están siendo aplacados (escolar, comunitario, etc) y educar en la inclusión para destinarlo en los conocimientos que ellos estimen convenientes y superar las indiferencias y problemas comunicativos de enfrentarse al mundo de la neuronorma, con el objetivo de ser capaces de construir (en palabras de Levinas) la otredad.
Pero como desafío, como advertencia al mundo neurotipo sobre un derecho a la autodefensa que termina a menudo siendo negado.

Uno lo que le queda del pasado es un fuerte sentido de la revancha, es tan fuerte como el daño y el dolor que se nos infringió sin siquiera escucharnos. Lo pueden ver por ejemplo en otras comunidades donde la proporción de personas con TEA se sospecha es alta (como los grupos de internet tipo 4chan adeptos a la derecha alternativa o “Alt-Right”), donde existen ganas de desquite al mundo “progre” que habla de la inclusión y se indigna con facilidad de las injusticias sociales. Lo pueden ver en los ataques cibernéticos a grupos feministas, animalistas, interculturales, etc. Lo pueden palpar con cada meme, con cada Troll de Breitbart o Reddit u otros hilos de noticias.

En Cada una de esas personas, posiblemente, descansa en ellos los efectos evolutivos de un “efecto Pygmalion” de años aplicado. ¿Quién puede responder por eso?. 

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