El Miedo a la Referencia

El miedo de por sí exige una referencia, algo compartido en las mentes de los hablantes de una cultura. Puede existir y sin embargo no por ello ser específicamente concreto. El miedo es igual de grande cuando nos apuntan con una pistola que cuando escuchamos los desastres cada vez más extensos del cambio climático. Uno lo puedo reconocer empíricamente y el otro basta solo de una capacidad imaginativa para reconocer los alcances y consecuencias de lo que significa.

La referencia, entendida por el maestro de la semiótica Charles Sanders Peirce es precisamente lo “real”, eso de lo cual podemos aseverar que existe y que viene a complementar al significante (representación física) y el significado (representación mental) de la lingüística moderna. Cuando hablamos entonces de un “miedo a la referencia”… ¿a qué nos referimos?.

A algo del cual está prohibido apuntar en nuestra cotidiana existencia, hay muchos ejemplos de eso, mentalmente podemos no pensar en ciertas cosas que son tabú y que cada cultura define y ha estado definiendo y estructurando en instituciones, normas y lenguaje pulido y dirigido para cada ocasión, incluso legando días o momentos donde es posible distender toda esa presión que se acumula ante la tentación o estrés de caer en lo “prohibido”. Es a nivel discursivo, sin embargo, donde el control puede ser ejercido por muchos más y sus efectos pueden verse a si mismo replegados a condicionar la forma en que nos comunicamos y abstraer a otros grupos en el más kafkiano de los silencios. Por eso es que Peirce aparte de contribuir enormemente a la semiótica, contribuyó a la pragmática.

¿Que ocurre por ejemplo con los distintos grupos culturales?  Que acontece en cada hilo de noticias en Facebook cuando aparece una noticia sobre un palestino muerto a tiros por el ejército Israelí? pues llegan primero mensajes de desaprobación, mensajes de indignación para quien no tiene lazos que defender sobre la ideología que sustenta una ocupación. Luego aparece esa palabra cada vez más habitual, antisemitismo, antisemita. El celo que un gentil provoca ante un judío hablar acerca de un problema del que “no entiende y no entenderá” es tan grande que ya es normal que exista una reacción, es normal y a la vez necesario decirlo cuando estamos ante un xenófobo típico, o contra un nazi ¿pero es correcto aplicarla hacia una persona que se sintió moralmente llamada a criticar algo que cada vez es más difícil de criticar debido al mismo celo del cual me estoy refiriendo y que se extiende al acto de referir mismo? ¿sin xenofobia de por medio, ni insultos ni nada, solo comentar?.

Que ocurre cuando un blanco quiere usar la palabra “nigga” como la usan en el rap, en el reggaeton o en las instancias de compartimiento que la comunidad afroamericana (del cual tengo que evitar decir “negra” porque también existe un celo hacia esa palabra, de la cual hace 20 o 30 años era poco común que no viniera acompañada de un insulto) también desde un contexto no discriminatorio? que ocurre cuando un rico cae preso por alguna estafa y en el momento que sale en cámara se le nombra con iniciales mientras que al peruano o ecuatoriano por haber cometido un delito no se tiene problemas en mencionar su nombre completo, edad, ocupación y comuna de residencia?

Es el exceso de celo, combinado con la inusitada inclemencia con la cual comentamos en las redes sociales la que origina o sirve de experiencia para que ciertos grupos culturales eviten a través de declaraciones o restricciones que las personas se refieran a aspectos de su cultura o incluso demográficos, y de esta forma, blindar cualquier tipo de localización fuera esta o no xenófoba. Otra fuente para adoptar esta actitud es mucho más simple y ha venido siendo así desde los principios de la civilización: los grupos privilegiados buscarán la forma de impedir su cuestionamiento y adoptarán conductas socialmente valoradas o, por el contrario, satanizan otras para protegerse de los dimes y diretes de los demás.

El problema es, cuando otros grupos no gozan de ese derecho a resguardo y tienen que sufrir los comentarios de una masa que capta el problema, pero que no es capaz de irse contra los que controlan el estado de las cosas y por tanto se descargan con aquellos grupos que no cuentan con esa protección. Normalmente quienes se llevan el blanco de las críticas por este “miedo a la referencia” son los grupos más proselitistas (veganos, evangélicos, comunidades LGBT  o feministas, etc), quienes al exponer sus ideas de manera más continua, también se ven expuestos a una frecuencia de  intercambio de información con otros, que podría no gustarles, recelándose con el paso del tiempo y repitiéndose el fenómeno tan descrito en las redes sociales.

“cuidado, te van a demandar” “cuidaó, van a venir los del …” “apuesto que ya van a alegar los…”

Tal actitud no es racional, no se basa en una defensa de la adecuada comunicación sino en una actitud de tachar rápidamente a otro de “…fobo” convertirlo en un sujeto con miedo al otro grupo cultural, buscar socialmente opacarlo para que su opinión no sea lo suficientemente fuerte para causar el impacto comunicativo que el emisor desea. Táctica que lamentablemente no se deja en evidencia, porque para describir el problema sin abocarse en peleas estúpidas primero hay que identificar las herramientas discursivas que subyacen a este fenómeno, cosa que no todo el mundo sabe.

Por ejemplo, cuando se alega sobre el uso del “nigga” o del “queer” o “loca”, se habla de vocablos que sufrieron una reapropiación de las comunidades que son discriminadas y que hoy forman parte de su léxico habitual para describirse a si mismos sin la anterior carga. La gente común no puede usarlos, solo el grupo cultural y ante una sociedad que busca una democratización de la comunicación tal acto parece no tener sentido. Eso puede explicarse desde la sociolingüística y no hay mucho drama en relación a este fenómeno.

Pero en el caso de los grupos privilegiados lo que restringen no es solo un vocablo, es un discurso. El judío sionista o el evangélico sionista que no tolera que se refieran siquiera al conflicto en Palestina y saca su “antisemita” del bolsillo o la persona de la clase alta que se enoja cuando alguien menciona donde estudió o vive cuando aparece una noticia que afecta a otro semejante a él y sin embargo no mueve siquiera un pelo cuando le hacen lo mismo a otra persona más desfavorecida, lo que hay es un mero miedo a ser criticados y expuestos. Muchos grupos sociales basan su poder en su hermetismo, y es ese hermetismo el que se pone en entredicho cuando un ciudadano aplica su poder de opinión y sobre todo cuando conoce de esa cultura y conoce también lo suficiente para realizarlas sin caer en la xenofobia.

De ahí nace el miedo a la referencia, de ahí que un grupo que basa su aura y poder en esta dificultad comunicativa de la cual habla tanto Habermas tema a que otros refieran, pues es el momento donde comienzan a exponerse. Incluso, pienso que esta forma de actuar comienza a acentuarse más con la impersonalización de las comunicaciones: estamos expuestos a discusiones, comentarios más directos y menos dosificados por herramientas comunicativas que favorecen la empatía dentro de estas interacciones, no podemos vernos a los ojos, no podemos dar mensajes no verbales para direccionar nuestros dichos, dependemos de una teoría de la mente más desarrollada para leer los estados mentales de quien  nos “habla” cuando se comunica solo con la palabra escrita y a eso sumémosle la pobre comprensión lectora que hay en el país.

Que otros se refieran a nuestros defectos y salir resilientes depende fundamentalmente de la tolerancia. Y la tolerancia no se desarrolla con la incomunicación.