Educación y Burocracia: Perspectivas del Niño en el Tablero.

¿Que ocurriría si de la noche a la mañana, un sistema educativo propusiera que los niños pueden elegir que ramos les interesaría cursar, en vez de seguir una pauta obligatoria uniforme e inflexible?

¿Que pasaría en un sistema donde se inculca desde la niñez a que todo niño debe de pasar 9 horas (sin bromear) de su día, durante casi toda su infancia encerrado en una sala, obedeciendo la instrucción de una persona que tal vez no tiene el talento suficiente para despertar emoción por lo que enseña?

¿Que pasaría con los profesores si comienzan a ser enfrentados por cada uno de los estudiantes cuando estos manifiestan que temas o que aspectos de la vida sienten que les pueden ser enseñados?

¿que pasaría si de repente los psicólogos evolutivos o los psicopedagogos se enfrentaran a la interrogante de dar chance de que un niño que no le gusta las matemáticas, decida no estudiarla con profundidad durante todo su periodo escolar, sabiendo lo mermante que sería para el sistema social no tener “cierta base”?

Simple… no habría burocracia educacional, o si hubiera una pretensión de ella, tendría que ser muy poderosa como para preocuparse de cada aspecto en común que hubiera en el aprendizaje entre un niño que prefiere las letras y una niña que prefiere cultivar la tierra o aprender rutinas de ejercicio. Las sociedades necesitan cierta plana que cumpla los requisitos básicos que estas culturalmente tienden a inculcar o a preferir para el posterior desarrollo de sus actividades diarias. Irónicamente mucho de este aprendizaje tiene que ver más bien con los hábitos posteriores de la vida laboral, como el pasar 8 horas sentado (fuera en el trabajo o en el transporte), ser minimamente empático, tener apenas 1 hora de recreo, vestir de uniforme y ser lo suficientemente creativo para rendir en el trabajo y no opacar el desempeño del resto. Tales hábitos se refuerzan por el número de veces que se realizan al interior de un espacio sistémico que las promueve por ser su razón de ser, rodeado de pares con los quienes pasas buena parte del día y con los cuales te desarrollas y puedes llegar a entablar largas amistades, y que construyen sociedad en base a esas herramientas burocráticas.

Los países se juegan su prestigio en cuanto a la formación educacional, algunos como el nuestro (Chile) sin embargo siquiera cumplen con los ideales de esa búsqueda; terminan siendo parte de una burocracia de medio pelo que no investiga ni se desarrolla tanto. Prefiere seguir aplicando la impronta de una nación que necesita más bien de mano de obra barata y con cierta inteligencia que no moleste a nadie (los que manejan esa burocracia). No es una exageración considerando muchas veces como a lo largo de la historia han terminado muchas de las iniciativas políticas que trataron de exigir más instrucción en el pueblo, con resultados dispares y con consecuencias nefastas, que muchas veces duelen recordar. Pero aun si el sueño de los jóvenes políticos de una nación culta  lo basan en ser los mejores dentro de toda esa maquinaria, sería entonces un triunfo más de la burocracia más que del trasfondo docente con el que pintan el asunto: de aquellos que miran siempre a Singapur y solo en los aspectos más industrialmente creativos a Finlandia. Que un ingeniero civil industrial sea uno de los estandartes de aquella fuerza de cambio revela parte de esa búsqueda por un Chile con un sistema educativo más sólido.

Pero de educación misma, yo lo dudo, y afirmo que tal búsqueda no se concentra en la educación más trascendental que los intentos burdos de aumentar las horas de clases (o las horas de “tal asignatura”) para alejar a los niños de unas familias más bien ausentes por la larga jornada laboral. Estos 2 aspectos confabulan en una tradición por desprender a los niños de la influencia familiar de la cual se desconfía o no se le pone la suficiente atención positivamente.

La educación como constructo es moralmente intrigante para un montón de visionarios (algunos dentro de las estructuras burocráticas, otros en proceso de crearlas y unos cuantos fuera de ella) que sienten con el deber de promover a un chico el mínimo fundamental de saberes que debe de manejar. Esa es una visión ilustracionista, la palabra “debe” revela el mandato de un poder que actúa hacia la integridad infantil que espera aprender a su manera, en un mundo adulto que luego se torna más y más aburrido para su pesar y que lo asfixia con conocimientos que el no eligió aprender y que pueden resultar aburridos tanto por la materia en sí o por el poco talento del profesor que vela por su “educación”. Se piensa desde la óptica tablarrasista, de la de los niños en blanco absorbentes de información. Información que por cierto es controlada, seleccionada y adulterada por un montón de burocracias que esperan que los demás aprendamos lo que ellos designan que es pertinente aprender para “mejorar el país”. ¿Cuanto de ese discurso no se ha observado desde los inicios de la patria? ¿cuantos de esos colegios que si son ejemplo de adaptación a la exigencia no adolecen de tener a los chicos más ordenados, que sacan los mejores puntajes de las pruebas estandarizadas? ¿cual es el grado de influencia que puede tener en la formación de una cultura que un colegio se muera por enroscarle a otros colegios que compiten por el dinero de las mensualidades de sus padres cuan “buenos niños” tiene formando?.

Entonces esa burocracia también tiene componentes elitistas que terminan por cosificar lo más que se pueda al alumno en pos de su educación, lo cual no es ninguna novedad.

Sin embargo, aun con la pedagogía progresista tipo Paulo Freire proponiendo su humanización me temo que tal óptica de la mejora (como sistema burocrático) obvia un detalle muy importante. El discurso que se esconde en la palabra “mejora” integra todo una tradición dentro de las burocracias que son las innovaciones y metodologías a que estas recurren para mejorar unas por otras (no es ningún cambio). Estoy seguro que en estos momentos se lee a Freire en cada escuela de gestión educacional para ponerlo contra Freire o a Vygotsky para enfrentarlo a Vygotsky. Las burocracias son expertas en tantear y descubrir estrategias para instrumentalizar el saber que han propuesto un montón de científicos y revolucionarios, cosa que puedan aplicarse hasta cierto punto de manera adaptada al mismo sistema, que luego se luce como humana. ¿que malo podría tener a 45 niños en una sala de clases enseñándoles lo que nosotros queremos enseñarles, ya que tenemos que tragarnos toda esa caricaturización neohippie? Si tal estructura (la de las escuelas) es la misma, el cambio (y las personas que proponen ese cambio) que critique a la misma y aun así no sepa deconstruirla (vale decir, que considere a la educación como un tipo de industria cultural y aparato de control social) terminará sirviendo de alimento para ese sistema, porque le dará chance de innovar si es que dentro de esa burocracia existe gente con talento (y fíjense como suena de siniestro) dispuesta a adaptarlas.

En otras palabras, se unidimensionalizará (como dice Marcuse) y terminará siendo parte de la misma industria cultural que les prohibía usar los pantalones por debajo de su trasero, ahora con la chance de ser los nuevos agentes de cambio que extiendan el poder de esa burocracia. Tal aprovechamiento de innovación puede explicarse desde el estudio que estas mismas hacen de las teorías propuestas por los intelectuales para homologarlas dentro de la hegemonía o bien de la experiencia histórica, de las coyunturas de los movimientos sociales, cuando estos culminan y ciertas burocracias terminaron viviendo (y sobreviviendo) ese proceso y pudieron observar que cosas adquirir para si mismos (y con el peso de la experiencia como factor decisivo) y que exigencias de tales movimientos sociales pueden elegir de ser consideradas “razonables”.

El proceso de todo ese trabajo lo terminará recibiendo el niño. Un peón de ajedrez que puede moverse hacia cualquier lado aun si solo puede moverse una casilla.

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